miércoles, 26 de febrero de 2014

Se va a acabar febrero

Vaya con 2014. No tengo claro qué es lo que va a pasar. Tampoco tengo claro por qué se me olvidan las cosas. A veces se me olvida reír y pensar. Se me olvida la cabeza, todo el cuerpo y el corazón. Casi se me olvida escribir. Casi se me olvida que existe el noventa y tres, que es un libro, pero sobre todo, un número impar. Maldigo entonces los números pares, como mis veintiséis, que aún encima llevan tilde y no me dan más que quebraderos de cabeza. ¿Y si ya no vuelvo a ver el mar? ¿Qué podría pasar entonces?
Sé que pasará que febrero se va a acabar ya, porque solamente lleva veintiocho. Febrero no me está gustando mucho. Porque las cosas importantes siguen siendo eso, cosas importantes. Y las cosas que duelen, siguen doliendo y siguen siendo importantes. Y eso, febrero, no has sido capaz de cambiarlo.

martes, 21 de enero de 2014

Ya es 2014

Es ya 2014, por fin, y si no fuera porque mis pies permanecen congelados, hasta parece que ya ni siquiera es invierno. No tengo ni que corregirme ni llorar.

martes, 31 de diciembre de 2013

Mucho y muy fuerte

Dos mil trece menos mal que ya te vas porque no sé si podría seguir tanto y tan fuerte, porque eso de llorar hay que hacerlo mucho y muy fuerte, que si no la miseria no se va. Probablemente mucho y muy fuerte sean las palabras que más he dicho a lo largo de este año, pero al menos he pasado mucho tiempo junto al mar. Lo tenía olvidado, ya ni me acordaba del frío y la sal y toda la arena que he tenido que sacudir de mis pies. Había olvidado muchas cosas también y tuvieron que llegar a marchas forzadas.

Dos mil trece menos mal que ya te vas, porque todas las galletas de ciruela del mundo no podrán compensar todo el daño que me hiciste. En una larga ola de calor y cuando parecía que la lluvia no se iría nunca. Todo el daño. Que fue mucho y muy fuerte. 


martes, 24 de diciembre de 2013

Veinticuatro

Puedo pensar, y sentir envidia, y destrozarlo todo y volver a empezar. Y ojalá que haya palomitas de colores. Y ojalá un vestido y una camisa, a la vez, si es que entiendes qué significa. Y tú, querido lector, ojalá no encuentres nunca todo el sentido que llevo dentro porque eso significará que me conoces demasiado y no sé hasta dónde me va a gustar.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Lo más bonito que puedes hacer por mí es llevarme a la nieve

Me siento yo muy mayor para mirarme en un espejo que no tenga el marco dorado. Y me siento muy mayor también cada mañana, aunque haya luces de colores y nos hayan buscado sin cesar. Sin embargo, no soy ni me siento mayor para pensar en que este diciembre trae frío, mar y nieve. Ojalá nieve. Y ojalá no se me acaben mis paseos al lado del mar. 
Yo sé que las dos cosas a la vez no son posibles. Pero sí son posibles otras muchas cosas, juntas y a la vez.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Cien, mil o noviembre

Por poder, podría contar, desde el uno hasta cien, o hasta mil incluso. Podría contar todas las veces que me equivoqué, con números o con palabras, depende de qué prefieras. O del tiempo que tengas. O del tiempo que tenga. O qué sé yo. 
Podría contar también las cosas que duelen. Con números, con letras y, si me apuras, con el dedo índice, porque nunca me fiaré de la gente que señala con el corazón. 
Podría contar tantas y tantas cosas, que se me olvidaría contar que se acaba noviembre, que siempre fue un mes gris y ahora gracias a él veo todos los días el mar. Y además de contar, podría pedir. Pedir por favor que no me dejéis estar sin dormir, que no me dejéis volar por el frío, que no me dejéis alejarme del mar. Nunca.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El miedo no se crea ni se destruye

Vuelvo a tener miedo porque si hay algo que lo caracterice es que el miedo no se va. El miedo llega y no se va nunca. Sólo se transforma. Tenía miedo a dejarme la puerta abierta, a que todo ardiese sin sentido, a morir ahogada, a que supiesen que fui yo quién se comió toda la gelatina. Tenía miedo de todo eso y tengo miedo de otras muchas cosas más, que no necesariamente excluyen a las anteriores. El miedo está siempre conmigo. Tengo miedo a la luz y a la oscuridad, a que llueva demasiado y a una sequía excesiva. Tengo miedo de querer, de reír y de escribir. Sobre todo eso, miedo de escribir y que nunca acabe diciendo todo lo que en realidad necesito decir.
Pero al final el miedo es sólo eso, miedo. Por eso le dedico palabras y le dejo que duerma conmigo. Hace tanto tiempo que llegó que le dejo elegir lado de la cama, si hay que cerrar las persianas, si mañana va a querer ser protagonista.

martes, 5 de noviembre de 2013

Hay cosas que sólo pueden ser de una manera

Me pasé octubre entre lluvia y por eso no tuve tiempo ni de pensar ni de escribir todo lo que me hubiese gustado. El problema llega cuando octubre acaba y yo ya no tengo ganas ni de pensar ni de escribir, porque como todo lo apasionante tiene su parte mala, gasto demasiadas horas pensando y escribiendo casi obligada. ¡Ojalá que llegase un tiempo de escribir por completa obligación! Y ojalá también que este noviembre no sea como todos los anteriores, siempre gris y sin calma. Y ojalá que todas las cuentas que tú haces me den a mí el mismo resultado. 

jueves, 31 de octubre de 2013

Podría ser realista

Podría ser realista y pensar que no vale la pena poner el despertador si no es para que entre todo el aire que me rodea, haya algo que me dé calor. Algo que me corrija las tildes que se me escapan sin querer por todos estos años que pensé muy poco y a la vez demasiado. Y ya no hablemos de escribir. Podría ser realista y pensar que hay demasiado ruido y muy poca justicia. Pero para qué, si no van a callarse por si solos y yo no puedo hacerlo. También podría ser realista y, así, agarrarme bien fuerte a un cojín, porque vaya donde vaya, dudo que quede alguno libre si es que hay. El cojín me mantiene en posición horizontal y pegada al suelo, sin tener nada que ver con kilómetros, aviones y cruzar el mar. Por eso podría ser realista.
Ciertamente sí, podría ser realista. 
Podría.

sábado, 12 de octubre de 2013

Octubre, trenes y libros

He llorado mucho y muy fuerte porque posiblemente siempre sobren razones para llorar, como por ejemplo mis catarros de octubre, la vuelta al cole, echarte de menos o mi ya recurrente incapacidad para dormir. Entre tanto, menos mal que éste va a ser un mes de coger trenes, que posiblemente no me acaben llevando a ninguna parte, pero al menos no me quitarán lo que llevo dentro. Porque anuncian el momento exacto en el que podré subir y soñar si así lo creo necesario. Me gustan los trenes porque rara vez me hacen marearme, lo que reduce las posibilidades de decir palabras sin relación alguna. Me gustan los trenes porque me dejan leer y escribir, que son las dos cosas que más me gusta hacer en este mundo, suponiendo claro está que omitamos bajarme tres paradas más allá los sábados a la hora de la cena. Pero sobre todo, me gustan los trenes porque soy capaz de perdonarles su impuntualidad.