jueves, 15 de abril de 2010

Al respirar

Hoy es día de lluvia de primavera. A mi me gusta la lluvia. Pero no que llueva. Ya no tengo ganas de agujerearme la nariz. Ni el corazón. Ni nada que se parezca a la piel que todos llevamos dentro de la piel de verdad, la que duele. Yo te echo de menos, ¿sabes? Y ya no es un echo de menos los besos, o las risas, o correr descalza. Es un simple te echo de menos porque llueve aunque es primavera. Y yo no puedo evitarlo. No me vale de nada el sol. Se me cierran los ojos si está. Yo qué sé. Son todo tonterías. Tengo sobredosis de té y me tiembla la barbilla. No por el té, qué va. Por todo lo demás. Lo que está fuera de la taza. Lo de dentro, no me coge el teléfono y no sé por qué.

jueves, 1 de abril de 2010

Dos por cuatro, igual a siete


Alguien me quiere robar el mes de abril, como a los poetas que un buen día se convirtieron en cantantes, de voz rota y guitarra española. Este abril viene lleno de primavera. De días, de risas y canciones. De lluvia de madrugada y de mayúscula al principio de los nombres propios. Con esto de adelantar las horas, las tardes se me hacen eternas. El sol se atreve a entrar por la ventana y se me pasan las horas sin darme cuenta. Parece que la noche no quiere llegar nunca. Pero aquí está. Y la recibo en la misma posición de siempre. Sentada. Y cansada de la vida y de dormir por las mañanas. Cansada de esperar y de tachar días en el calendario. Cansada de estar lejos.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Había flanes de queso y pasteles de coco rallado por doquier. Yo me abrochaba la camisa con cuidado, la azul, de rayas, la que me trajeron los reyes el año pasado. Y según iba abrochando, llovía cada vez más y más, cada vez más deprisa. Yo no quería bajarme del coche.
Realmente yo nunca quiero bajarme del coche.

lunes, 1 de marzo de 2010

No tengo muy claro si debería hacer más planes de los que ya tengo. No sé si me va a llegar la vida para todos ellos. Lo peor de todo es que lo pienso con el cepillo de dientes en la boca, y debería atender a lo que estoy. Llevaba tanto tiempo sin hacerlo, que parece que si tengo la pasta en mi boca mucho rato, me da náuseas. En el fondo es porque pica y duele, como casi todo últimamente. No sé si es que va a llegar la primavera dentro de poco y me pasa lo de siempre, que me da a alergia aunque no estornude. Podría ponerme a escribir canciones para probar, pero sé que no me van a salir. Y creo que ya dije más de una vez que él no sabe cantar. Sería tontería. Sobre todo esa parte en la que me dice que el gran error de los grandes guitarristas es que creen que saben cantar, pero es mentira. Con un gran guitarrista ya llega. A mi se me da mejor eso de callar la boca y romper las medias.

sábado, 27 de febrero de 2010

jueves, 18 de febrero de 2010

Veintidós años y dos días. Cinco meses y medio. Un examen. Seis botellas de cerveza enfriándose en la nevera. Y ya.

domingo, 7 de febrero de 2010

Lo que no me está gustando de estos días rojos es que lo blanco de ellos es un fondo de papel. Por lo demás, la última vez que estuve dentro de una lámpara, nadie miraba. Y eso lo hacía altamente genial.

miércoles, 27 de enero de 2010

Tras cuarto y mitad se puede decir que volvemos. Yo tenía antojo de cocacola, pero tras bajar al supermercado y darle el primer trago, me di cuenta de que no era eso lo que quería, que yo tenía antojo de comer y dormir, y poco más. Mi madre me ha mandado por correo mi nueva taza de desayuno. Teniendo en cuenta que he comprado el mismo detergente que usa ella, con la taza de desayuno, es como si tuviese mi casa reducida en veinte metros cuadrados. Todos los días le llamo, no puedo evitarlo y es mi culpa. Los papeles se me amontonan. Todos están escritos a colores. Yo preferiría que estuviesen en blanco, a ver si de una vez me dejaban en paz pero no pudo ser. Mientras tanto yo aun no estrené enero, y febrero se presenta como más de lo mismo. Qué desgracia.
Yo sé que él podría convertir hoy en algo más que eso, en más que hoy, veintisiete de enero, en un día especial, por ejemplo. No creo que se le de mal, está bastante acostumbrado a hacerlo. Pero mientras espero que hoy sea algo más, me vuelvo a la cama, me duele la cabeza, y entre mi lado de la cama y la pared, hay poco más que aire.
Pobre Cristina, como diría Sabina.
Pobre Cristina, digo yo.