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domingo, 13 de enero de 2013

Trece

Hoy es el decimotercer día de dos mil trece y si alguna vez he tenido obsesión por algo, aparte de por los colores en general y por todas las tonalidades de naranja en particular, es por los números. Ahora que es dos mil trece, uso una colonia que no le gusta a mi madre, así que creo que eso, sumado a que bebo tónica, me convierte en adulta. Sigo sin rumbo y no dejo nada para indicar el camino de vuelta, porque la cosa está muy mal para ir dejando nada en un camino y mucho menos garbanzos, que simplemente están para comérselos.

domingo, 3 de julio de 2011

Tres

Suenan las campanas, me he equivocado de ciudad. Se cambió de nombre, perdió la conciencia, no era cierto. Se miraban mucho. Como en una de esas fotos viejas en sepia. El vaso estaba muy frío, yo lo pedí sin hielo. No me hicieron caso. Nunca me hacen caso y después las mesas se sorprenden de que sólo una silla se eche hacia atrás. Hay tres palabras que me demuestran que es mentira, que no me lo dijiste.

sábado, 8 de enero de 2011

Ocho

No sé si es que mañana es domingo o que ya no somos los mismos de antes, pero va a ser hora de irse a casa y yo me quiero marchar. Deberías estar atento por si llueve y tienes que cerrar las ventanas. Es lo de cada día. Nunca creí dar vueltas alrededor de una estrella, así que cierro los ojos y confío en que los niños no digan mentiras. Porque los niños no mienten, y tú, tampoco.

martes, 30 de noviembre de 2010

No más canciones de amor

A veces todo huele a vainilla. Y vienes tú, que hueles a café y champú, con el pelo mojado todavía. No tuviste tiempo. Yo me mareo de repente, pero esperándolo, quizá. Muchas veces me monto en el autobús y me siento hacia atrás. Ahí sí me mareo y al bajar te pregunto por qué, si no me pasa nunca. Entonces dejo de entender por qué a veces el doce va antes que el nueve y no es al revés, como suele ser siempre. Y las tres, las cinco, las diez... Llega el otoño, caen las hojas y se va con ellas hasta la próxima vez. En la próxima vez que abras la puerta, los ojos, las piernas. La próxima vez que llegue la razón. ¿Sabes que ayer llevaba las uñas de color rosa? Se han estropeado, como cuando no usas lejía de color. Y hay algo que me dice que sí, que esto está empezando a doler. Dentro.



domingo, 21 de noviembre de 2010

93

Buenos días
Informo amablemente de que este blog, anteriormente conocido como Inspiración Irregular, ha devuelto ese nombre a su dueño y ha pasado a ser definitivamente noventaytres (con letra) o 93 (con número), como ustedes gusten.
Disculpen las molestias.

miércoles, 27 de octubre de 2010

97% de cacao

Buenas noches, monito blanco, ¿cómo está usted? Yo no voy a volver. Dormir me cuesta diez euros. Cada noche. Pero ya no se me caen los trozos de pimiento cuando los echo a la sartén. No, no voy a volver. Y lo que no me sé aun, en estos quince minutos no me lo voy a aprender. Yo no quería contarte nada. Ni cantarte canciones de amor, ni comer yogures de manzana, ni nada. Había niñas en el parque, de estas niñas rubias del catálogo del corte inglés. Yo lo hago y a ellas no les parece mal. No miro hacia detrás, me duele el cuello de llevar una bufanda. Por la mañana hace mucho frío, y si no la llevo me acatarro. Y el jueves pasado nos fuimos a emborrachar después de cenar pescado. Mi trozo no tenía espinas. El huracán se las llevó, y este juego, este juego lo empezaste tú.

lunes, 18 de octubre de 2010

¿Y si nos vamos a vivir alli? Miden veinte centímetros más, pero no dan miedo.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Comienzo de la segunda parte

Aquel viernes yo no quería dormir sola. Aun no era hora de irse a casa y nos sentamos en un banco. Por si venían palomas. Aunque no teníamos migas de pan. Después ya era tiempo de coger trenes y ponerse las medias. Aun así, el viento me seguía levantando la falda, día si, día también, aunque llevase vestido. Teníamos un profesor de inglés (muy poco) particular. Y por lo bajo yo te explicaba una gran parte de los dobles sentidos. Ahora los dominas y no hay giro que valga. A mí me gusta así, porque siempre me paso del límite de palabras.
A las cuatro de la mañana suena el despertador. A mi, en esos momentos, se me suele parar el corazón. Y hay que hacer tiempo, hasta las seis, como mínimo. Entonces es cuando yo me doy la vuelta y dejo de dormir. No por el despertador. Nos acostumbramos a estar entre lo individual y el metro y medio. Aunque si siempre fuese primavera, quedaría poco para el amanecer. Yo leía incendios, y nunca pasaba nada. Al televisor le cuesta un poco cambiar de canal. De todas formas, me gustan los armarios cerrados y las sábanas azul claro. Y all the night, y along the street, lo canturreas una y otra vez y no te importa que no rime. Ni siquiera sé si está bien. De vez en cuando, al coche le pasaba algo. Maldita máquina callejera. Hasta una vez lo miraron dos policías, sin porra y con cara de enfado. Pero sólo la cara, al fin y al cabo. Porque pasaron de largo. No les gustaban las cuerdas de tu guitarra. Lo siento, tenía que haber escrito algo hace quince días. Lo siento, yo sólo sé tocar la primera estrofa de El patio de mi casa.

Te cambio un lápiz de número cero por un bolígrafo rojo.
No acepto un no por respuesta.
Feliz año, Óscarpenedo

martes, 29 de junio de 2010

Vacaciones de un minuto

Me gusta que junio se termine. Junio nunca me ha gustado. Tengo demasiado calor para que sea junio. Ah, qué calor. Y qué despierta estoy. Quiero pulsar la tecla de fin del teclado, pero sin querer pulso la de inicio. Será cosa de esta linea, que nunca me va a terminar de convencer. A pesar del resfriado, me comí un buen helado, porque es verano y aun no me llené de salitre. Y volvemos a la costumbre de comer patatas fritas después de portales cerrados. No sé si me gusta esta costumbre. Se fríen patatas después del adiós. Antes supongo que no habrá aceite. Tampoco otro combustible.Son más de las tres, otra vez. Maldito calor, maldito verano, no me dejas dormir. Quizá es culpa mía. El año pasado cogí la costumbre de marcar el toque de queda con el despertador de papá. Y aquí estoy, a una hora de la alarma, rock en castellano y botella de agua de Portugal.

jueves, 1 de abril de 2010

Dos por cuatro, igual a siete


Alguien me quiere robar el mes de abril, como a los poetas que un buen día se convirtieron en cantantes, de voz rota y guitarra española. Este abril viene lleno de primavera. De días, de risas y canciones. De lluvia de madrugada y de mayúscula al principio de los nombres propios. Con esto de adelantar las horas, las tardes se me hacen eternas. El sol se atreve a entrar por la ventana y se me pasan las horas sin darme cuenta. Parece que la noche no quiere llegar nunca. Pero aquí está. Y la recibo en la misma posición de siempre. Sentada. Y cansada de la vida y de dormir por las mañanas. Cansada de esperar y de tachar días en el calendario. Cansada de estar lejos.

jueves, 18 de febrero de 2010

Veintidós años y dos días. Cinco meses y medio. Un examen. Seis botellas de cerveza enfriándose en la nevera. Y ya.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Veintitrés

Hace unos seis meses me compré un vestido bastante bonito que mi madre decidió bautizar como el vestido para una ocasión especial. Y no sabía si dicha ocasión iba a ser en día cinco o treinta y uno, pero lo guardé igual. Tú lo habías entendido mal, pero te gustaba. Y ahora pasan de las dos de la mañana es invierno y me he puesto ese vestido, después de llevar todo el día en pijama. Con cualquier motivo, me da igual. Será que no hay sitio para otro, que hoy no es noche de sábado. Será que en todo el día he tenido la sensación de que hoy se acaba la semana.

Ahora me convence menos lo que sale de la tinta de mi pluma. Es bonita. Y negra. Siempre quise tener una pluma de color negro para escribir con tinta azul.
Pero será que ya no es tiempo de escribir.
Será que hay que sumarle uno más.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Setenta y uno

Me he aficionado al muesli con pepitas de chocolate. No sé si es bueno o malo, aunque es probable que los botones de mis pantalones se resientan alguna mañana que otra. Por lo demás, sigue lloviendo y lloviendo y lloviendo cada vez más. No puedo ver cine en versión original, no tengo dinero, me lo gasté en engañarle para que diera cuatro besos. Y ahora me tengo que aguantar. Por lo demás, se me olvidó la letra eñe. Las cartas de amor con caligrafía de niños de parvulario que recibo de vez en cuando en clase, nunca la incluyen y no sé qué decir. No me gusta poner una coma entre el sujeto y el predicado, porque de pequeña pensaba que estaban hechos el uno para el otro y tenía que ser así. Porque ese era el plan. El plan también incluía beber el desayuno en una taza mal escrita, pero no me sobran. Se me rompió una y no encuentro una igual a la que tengo. Malditas! Nunca es tarde para terminar el aire que va quedando y yo uno palabras y palabras que no quieren decir nada y no tienen relación. Y así salen los textos.
Me quedan cinco minutos, cuatro ideas, tres esfuerzos y dos días.
Y ya está.

sábado, 5 de septiembre de 2009

De números va la cosa

El tres empezaba con miedo porque sabía que que todos sus pasos llevaban impresa detrás una fecha de caducidad. Todos, hasta los que nadie sabe que quiso dar. Eran como las bibliotecas, con posibilidad de renovar y volver a empezar de cero. Pero seis después, el nueve se jugó la mitad de sus ahorros a los números pares. En las carreras no corrían ni perros ni caballos. Seguía corriendo el tres. Y supo aprender a vivir con ello.

martes, 1 de septiembre de 2009

Nueve

Septiembre olía a esa sensación de irse a dormir entre sábanas gastadas, pero recién sacadas del tendal. Septiembre olía a verano aun, con mis heridas en el pie derecho. Septiembre olía a anuncios de El Corte Inglés que llevaba diciendo mucho tiempo que ya era septiembre. Mucho antes del día uno. No sé, septiembre olía a lo de siempre. Eran treinta hojas blancas por estrenar tras un agosto apurado. Yo el primer día gritaba sobre el primer folio. Después hice un avión y lo tiré por la ventana. Lo hice volar. El primero voló más lejos de dónde puedo alcanzar a ver sin gafas. Septiembre era hora de ponerse las gafas de nuevo, de empezar a contar las estrellas como si fueran los días que faltan.
En septiembre el mundo siempre se volvía loco. Ni los propios niños podían ponerse de acuerdo.

lunes, 6 de julio de 2009

150 piezas


Cuando era pequeña pensaba que Francia era sólo ese trocito que aparecía en un puzzle que dibujaba un mapa de España. No es que me sienta orgullosa, pero he de confesar que cuando vi por primera vez el mapa entero de ese país vecino sentí mucho vértigo.

Tanto vértigo (o más) que cuando se recibe una llamada de teléfono de madrugada que te sorprende corriendo bajo la lluvia estival, que no debería estar, pero le da igual. Sé que va a llegar un momento en el que le perderé el miedo a los autobuses que van por la autopista porque me pueden llevar hacia un avión. Y el avión a un punto concreto de Francia, cuyo mapa ya no me da vértigo, pero sé que nunca aprenderé a conjugar todos sus verbos, y mucho menos los que ya de por si son difíciles de sentir.

Cambiando de pronombre, diré que un discreto tercer lugar siempre es mejor que el primero. Con sus peculiaridades, con su vocación frustrada y sus ganas de ver mundo. Y, por supuesto, la insistencia de llevarme consigo, aunque a mí me da miedo.

Por eso tiré el tabaco a la papelera y después la vacié en el contenedor de delante del portal. Pero hay casas donde el camión de la basura se oye tras el telediario. Y el vicio siempre llama más de dos veces. Así fue que me gasté el dinero de la compra de la semana en trazar un plan del que yo no estaba segura, pero que estaba terminado ya.

Y hablando de terminar, el fin se encuentra en Francia. Ella no sabe beber vino, que no le gusta, dice. Sabe desayunar tostadas y cenar un tazón de leche muy caliente si fuera hace frío. Yo no sé cuánto frío va a hacer en Francia, pero por si acaso haré una bufanda. Porque la voz es importante. Porque su voz es más importante aun. Porque cuando me baje del último autobús, los recuerdos quedarán en la papelera.



Y no vale reciclar.

sábado, 6 de junio de 2009

5 de la mañana

En breves va a amanecer y supongo que lloverá, para seguir con la monotonía del gris que trae implícito junio. Tengo hambre, al final soy tan vaga que ni cené por no cocinar. Y llevo fumando en mi ventana desde poco más de las dos. Sé que no debería, pero no puedo evitarlo. Fumo cada vez que pienso en ella y eso es casi media cajetilla al día. Si sigo así, me voy a arruinar. No me va a quedar dinero, no me van a quedar besos para darte sin que sepan a alquitrán. Y es una gran pena. Por una vez, lo digo sin ironía.
Esta vez tocó cerrar los libros y escuchar canciones de cuna convertidas en versos en inglés. No sé por qué, pero tras escuchar cuatro veces las mismas palabras, no me dan ganas de bailar, aunque lleve ya meses sin hacerlo. Supongo que es que aun me duelen los pies de la última vez que quise ir a buscarte a casa y al final no estabas. Nunca estás en casa. Y para compensarlo, me traes un puñado de margaritas porque un día te inventaste que era mi flor preferida sin que yo te lo haya dicho. Qué fácil soy de contentar. Un puñado de margaritas mal arrancadas y un cigarro por cada palabra que he escrito.

domingo, 24 de agosto de 2008

4139 caracteres

Una de las peores cosas que pueden pasarte en un viaje de tren es ir en el las 21:20 solo. Es tan frío, tan impersonal, tan puntual. Va tan vacío que asusta. Incluso el siguiente es mejor. El de las 21:20 está marcado por el olvido y la pereza. "Venga, vamos en el siguiente". No hay crucigrama que se resista últimamente. No sé si es que soy muy lista o demasiado estúpida. O es que llevo haciéndolos desde que, a los siete años, se me ocurrió probar y, evidentemente, lo hice mal. Armani dice algo así como que la elegancia no es cara, y Coco Chanel que no hay nada más elegante que una mujer vestida de hombre. Yo le diré a mi madre quiero una americana para presentar telediarios, que así a la hora de la comida encenderemos la televisión y alguien dirá algo como que si me imaginan en la pantalla dando alguna noticia desagradable. Y eso me hace recordar que queda sólo una semana de clase y el viernes que viene no tengo que ir a prácticas. Yeah beibe. Una semana sólo, y me parece que fue ayer cuando decidimos probar los miércoles y llegué tarde a la (no) explicación de la escaleta. Segundo cuatrimestre, ¿por qué pasas tan rápido? Con esa Semana Santa más pronto de lo normal y una Ascensión improvisada, estaba claro que esto iba a pasar. Sigue lloviendo y me niego a ponerme las botas. Por mucha tormenta que haya, estamos casi en junio. Si no me las ponía en febrero, no voy a hacerlo ahora. Las fotocopias de audiovisual y yo nos llevamos muy mal. Los tipos de focos y luces quedaron bien en mi cabeza, pero me gustaría decir lo mismo de las cámaras de video. Con lo bonita que es la fotografía, ya me ven, estudiando video. Maldita vocación. Oh, all that I know, there's nothing here to run from and there, everybody here's got somebody to lean on. He dejado mi vicio de Lost hasta después de los exámenes. Llevo tanto tiempo sin ver esa serie que ya no me acuerdo en dónde voy. 4 8 15 16 23 42. Execute. Mi mente está procesando en modo exámenes y no soy capaz más que de hablar de la vida misma. En general y en particular. De cuántas horas necesito y no tengo, de cuánto podría haber hecho y no hice, de cuánto voy a inventar en esos papeles que me darán el aprobado. Suenan Los Campesinos en mis altavoces y me los imaginaba diferentes. Algo así español, más popero. Básicamente, en castellano. Pero no. It's you! It's me! It's dancing! Qué cosas. Noto las gafas un poco flojas, debería llevarlas a apretar. Pero ya, que llevo diciendo unos cuatro meses lo mismo. La discografía entera de Sigur Ros acaba de bajarse y tengo mucha curiosidad. Cuánto mundo estamos aprendiendo este curso. Quemé todos mis trajes de color, brindé por el blanco y el negro, noté lleno de arena el corazón y vi que hago canciones para ti. David dice que mis textos se parecen a las canciones de Facto Delafe y las flores azules e igual es verdad. Sólo que mis textos no tienen métrica, no tienen ritmo, no tienen poesía. No nací para hacer versos. Lo sé porque cuando lo intenté, tuve que dejarlos libres para que se convirtieran en prosa sin ton ni son. Me pregunto si las letras podrán ser impares. Si de verdad existe la alternativa número A, B o C. Si habrá que salir por la salida de emergencia. Y sólo me doy cuenta de que tengo miles de vicios que confesarte, que necesito una batidora en Compostela, que nunca uso el punto y coma. Sólo el seguido o los suspensivos. Me da miedo el punto final. Y las páginas en blanco. Y la oscuridad de mi habitación cuando me voy a dormir pero aun no tengo sueño. Todos tenemos algo de arte dentro, el caso es vomitarlo, por ejemplo, llenando una página en el InDesing en tiempo record. El tiempo pasa y yo me pregunto si no se cansa de tanto caminar. Porque a mí ir a la facultad por las mañanas, cuando voy dormida aun, me cansa. Y mucho. No me imagino haciendo ese camino toda la vida. El mundo también gira y no se cansa, igual están hechos de lo mismo, del valor de seguir andando. Y yo aquí sentada con la necesidad urgente de un viaje de vuelta en tren. Resacosa, con sueño. Contigo. Sin motivos. Sin sentido. Como todas las palabras que van después de la primera que escribí líneas más arriba.

071110

De cuando yo me sentaba en los sofás mirando al frente, con los pies en alto, y no de reojo.



Hay días que uno recuerda que las noches están hechas para olvidar. Para dar media vuelta en cama y seguir durmiendo. El centro de esta historia se basa en que si al mundo le suena la historia, es que uno no ha aprendido nada. Y así sigue la vida.
Aunque mi voz ya no hace cosas raras, como aparecer por momentos y desaparecer un buen rato, no puedo gritar todo lo que quisiera porque mis cuerdas vocales o vibran tanto. Lo que sí puedo hacer es cantar en la ducha hasta molestar a los vecinos y hablar en bajito cuando yo quiera. Para decir todo lo inconfesable y no digno de publicar en alto. Pero eso no es más que literatura barata.
Y hablando de ahorrar dinero, decía un gran hombre que una vez conocí: "gratis, cueste lo que cueste". Con esa gratuidad, corren malos tiempos para los soñadores. Y así nos va la vida.

06.53 a.m.

Es una de estas veces que una se quita las gafas, las deja en la mesilla y empieza a ver la realidad sin intermediarios ni terceros que la distorsionen. O al menos, que lo intenten. Desde esa perspectiva, se pone a mirar a la luz del techo en la inmensidad de una cama de noventa centímetros. Con ese final eterno que está siempre al lado. Y el blanco del techo incita a pensar en lo rojo que han dejado de ser los autobuses, lo sucia que está su americana blanca o lo bonito que es el color amarillo y lo olvidado que lo tiene. Ah, y que las casualidades no suelen existir. Sólo lo hacen por primera vez. El resto, se busca que parezcan casualidades. Y a veces se consigue.