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sábado, 14 de marzo de 2009

Pequeño Vals (Marlango)



Todo es tan GRANDE que se me viene PEQUEÑO



Una vez leí que no hay que llorar los días de lluvia. Pero es que hoy, precisamente hoy, hacía sol. Tus piernas inquietas me recuerdan que llegamos tarde. PACIENCIA pequeña, mucha paciencia. Queda mucho por llover. Y por llorar.





sábado, 17 de enero de 2009

La búsqueda del rol


Mi pequeña, hace nada nadabas entre luciérnagas y mariposas. Y ahora tu secreto mejor guardado es que pasarás la noche bajo luces de neón, habrá más de una copa para dos y desayuno con diamantes con una resaca importante. No importa, tenemos todo un mundo por delante. Tokio ya no nos quiere, y yo creo que es que nunca nos quiso. Ahi pasan dos hombres con sombrero, que pretenden vestirse de superheroes. ¿Y qué más da? Hay un cúmulo de propósitos por cumplir, comprar sus nuevos zapatos, ver la televisión, planear un viaje de estudios, ir a Canadá y mil cosas más. Dime, ¿dónde están mis maletas? Yo no estoy contento, soy el aprendiz del mejor de sus trabajos y nada más. Me voy a coger la caravana para no reconocer que no tengo razón. No te preocupes, funcionará. Estoy seguro.

domingo, 12 de octubre de 2008


Estamos vivos, del bando de los vivos. Y vamos a pasar este enero en la playa. Y a las seis de la mañana, la luz en la ventana, luce el sol y desde el este nos quiere iluminar. Y no lo consigue. El monstruo de las ramblas nos persigue. La fuerza lo destruye, al monstruo, al sol, al gigante, a los niños que corren. Sólo con combates cotidianos, que al verlos me tiembla el alma. Pasan las luces, y los coches y, poquito a poco, vuelve el sol. Me echas crema solar, que más que sol, lo que hay aquí es mar. El poder del mar. Del mar Mediterráneo. Me cuentas historias, son sólo palabras, poesía, pronombres. Y tras una buena ducha, una capa de after sun y a la cama. Yo lo que quiero es dormir solo. A tu lado.

martes, 16 de septiembre de 2008

Love of lesbian


Ayer me metí en mi cápsula de albal a no pensar. Una niña imantada me dijo que las noches son reversibles. Y los días también. Y que podría recordar un día en el parque en cualquier momento de reflexión. Tanto en el 1 como en el 2. Todos sabemos que repetiría debido a mi personalidad. Después, por teléfono escucharé la historia de una hache que no quería ser muda. Me amo, me diría toda orgullosa de su grafía. Y yo la escucharía como quien escucha la parábola de un tonto.
Querida mía, mon petit cabroin, quiero que recuerdes que dios más dios son cuatro. Aunque a mí siempre me gustó eso de que uno más uno es igual a dos. A día de hoy los niños del mañana escuchan música de ascensores dentro de limusinas. Y Marlene, la vecina del Ártico, usa maniobras de escapismo para que cuando tienda las sábanas mojadas no se les noten las manchas que aun quedan de aquel domingo astromático.
Estoy pensando en escribir una carta a tus catástrofes. A todas. Sobre todo la primera. Mi primera combustión, donde te atreviste a confesar eso de que (Houston) tenemos un problema. Y es que me llaman octubre y a mi me da vergüenza. Creo que voy a empezar a romperme. A no importa qué dice la gente. No hay manera humana de escapar.

domingo, 24 de agosto de 2008

La habitación roja


Nos metieron en cárceles caseras de la vida moderna. De esas en las que acabas cuando no hay dinero. Ella dice que son agujeros negros lejos de la gran ciudad. Y cada vez está más claro que París está ardiendo en la mente de un fotógrafo del alma que nos acompaña. Y cuando ya no quede nada, sólo la destrucción y el adiós, saldremos en busca de los amantes y la paz. Ellos nunca lo sabrán.
Y mañana, al anochecer, si me dejas, pintaremos las paredes de la habitación de color rojo.

Iván Ferreiro


Cuando pude conocerte querías navegar en un velero con bandera negra. Cambiaste de velero a un barco más grande, por la magnitud de la situación, y lo quisiste llamar segunda parte. Después te convertiste en romántico. Hablabas de amor como si fuese lo único que existía en el mundo junto a tu música. Y lo rodeabas de playas desiertas, de lunas llenas y de guerras que nunca quiso ganar nadie. Lo rodeabas de tiempo y de distancia.
Luego se te antojó ser barroco y adornarlo todo. Todo. Adornar el paso del tiempo y los muebles de madera, ya destartalados, con palabras que decían mucho y nada a la vez. Adornabas para ocultar el significado de las cosas, empezando por la primera y más importante: la tristeza. Otras seis y media iban detrás de ella. Y no menos importantes.
Ahora se te da por mentir. Por mentir descaradamente y admitiéndolo en público. Eres muchos en uno solo y cada uno hace lo que cree conveniente. Mientes. Y aun así consigues que siga escuchándote.
Enhorabuena.






-Sabes que te engañé más de una vez
-¿Y qué?

Que me tiembla el alma


Dime si serías capaz de aguantar la distancia. Si la distancia es olvido o es recuerdo. O es sólo distancia. Dímelo y no me mientas. Que mañana me voy a caminar el mundo. Con los zapatos que gasté en caminarte cada noche. Suave. Lento. Deletreando. Cantando. Temblando. Inventando el mundo y el alrededor. Alternando realidad y ficción. Con una manera de hacer las cosas que sólo encontré en el metro y treinta y cinco de tu habitación. Las paredes querían no poder oír. Las sábanas se revolvían. Y el amanecer pedía siempre unos minutos más para seguir durmiendo.
Dímelo. No me valen reciprocidades. Esas cosas no existen. Dímelo.

Golfa



Cuando se me da por volver a las andadas, me mira y yo le suplico que duerma esta noche conmigo para ver si lo engaño y se queda para siempre. Que me he olvidado la manta en la maleta. Y la maleta está en la parte de arriba de cualquier autobús.

un, dos, tres, catorce


Es esa sensación, la de que tus pies de repente, sin avisar, se elevan y no te das cuenta hasta que tu cabeza mira hacia abajo y ves que todo lo que te rodea(ba) está mucho más lejos de lo que nunca creíste pensar. Y la baldosa que pisan tus pies se hace cada vez más pequeña porque el universo entero está en contra de que te alejes, por lo que acabas apoyándote en el dedo de un pie, derecho o izquierdo qué más da. El caso es que pones a prueba tu dotes imitadoras de una bailarina de caja de música. Así, en esa posición, maldices tu suerte, que es una puta con todas las letras. Maldices tu poco equilibrio porque por su culpa nunca has sabido mantener la vertical perfecta. Después tu dedo se rompe. Caes. Y las consecuencias que tenía que traer tu caída, son las que tenía que traer. Y punto.

Inevitable


Inevitable es eso que no se puede evitar, que no se puede parar. Que hay peligro inminente. Inevitable también es que no pueda dejar de mirar tus fotos de camas revueltas entre sábanas blancas. Impolutas… Impuras. Y de cómo hacer que me dejes usar tantas pausas para respirar cuando me apetezca. O cuando lo necesite. O las dos. Para avanzar lento. Muy lento. He ahí el gran secreto para lograr todas las metas propuestas y por proponer. Poniendo todos los asteriscos y anotaciones a pie de página que sucedan, para no olvidar detalle. Inevitable es que yo me pregunte por qué los ingenieros se dedican a escribir versos para enamorar.

Triple concierto


Que no. Que vamos, Simone, esta vez no pudo ser. Pero sabes que son preciosos nuestros besos, aunque este amor se apaga, como se apagan los impulsos de tu amor. Pero siempre podremos echar un polvo en el aire, para que vuelvas a ser mi pequeño rock and roll, mi miss camiseta mojada. Y después todos los pájaros estaremos mojados, fumando en la ventana, con el bolso lleno de pequeñas monedas y grandes mentiras. Así que no le des tus datos a la chica de la lavandería, aunque estés de paso puede meterte en problemas. Yo ya te lo dije. Amor, la casa está vacía y dentro de esa extraña habitación están las gafas de Mike. Pero nosotros daremos un paseo en bicicleta por la playa de Riazor. O saldremos por la ventana hasta Nueva York. Así que adiós corazón, ten cuidado con los números primos, que se dividen entre uno y entre ellos mismos. Yo recordaré los momentos en los que ya no distinguía tu piel de la mia en el colchón. Me voy que ya son más de las tres. Son las siete y media.

Reconstrucción


A veces vivir es simplemente estar. Sin respirar, mirando por la ventana, mirando al calendario. Y siento que se han llevado el mes de marzo, así sin avisar. Y nos dejaron el buen tiempo, pero eso no llega. Se llevaron las noches largas y frías, la cerveza que había en la nevera, la música a todo volumen. Se llevaron mis paraguas de varillas torcidas, el abrigo que nunca terminarás de abrocharte. Se llevaron tus sueños. Se llevaron mi insomnio. Se llevaron la energía que solía tener por las mañanas, las fotos enmarcadas, las ganas de trabajar. Se lo llevaron todo. Hasta la noción del tiempo. Y recordé que alguna vez deseé que todo desapareciera. Ahí supe que hay que tener cuidado con lo que se sueña. Porque puedes tener como respuesta un abril de hierba mojada, un gran calor que marea y un texto que parece no acabar nunca.

Las ganas que te tengo


Me dan ganas de coger el coche e irte a buscar al portal de tu casa. Para irnos a la ciudad bautizada mil veces. O a la calle donde los enemigos se miran de reojo, que sé que te hace ilusión. Para empezar de cero o de cien mil. Para saber que tu respiración estará siempre detrás de mi oreja. Y podríamos comer salmón con patatas y ensalada. Y el postre lo pondrías tú. Tengo ganas de que vayas en el asiento de al lado, como en el libro que ayer terminé de leer. De copiloto, para indicarme el camino y dejar que no te haga caso. Ganas de reír, de llorar, de robarte el mes de abril y el de mayo para que los pase a tu lado. De aspirar la alfombra del salón, de pasarte una nota por debajo de la mesa, de lavar tu ropa interior y dejarla secar al sol. De estar despiertos por la mañana sabiendo que no hay nada mejor que hacer que estar hasta mediodía tumbados en la cama. De hacer tu imagen digna de ser fotografiada. De que me quites las gafas, de que me mires mientras escribo, de dedicarte un texto. De rodar sobre la hierba mojada, de dormir en el coche, de empezar la barra de pan. De ver cómo el cielo se pone rosa para que sepamos que mañana puede llover. De repasar las tablas de multiplicar. De sentarme en el sofá con los pies en alto, de ver cómo una mujer corre detrás de un autobús, de pensar en la foto de tu carpeta. De darte un beso en la nuca mientras miras el mapa y canturrear esa canción de la que no sabes el título porque no te da la gana. De tirar mi cartera con el carnet de identidad dentro, de romper las fotos en blanco y negro, de pasar página contigo. De poner música para dormirnos. De echarle orégano a todo lo susceptible de ser comido, de morderte una oreja, de tumbarnos en la hierba y que yo use tu vientre como almohada. De pintar de azul tu habitación, de hacerte la cama y desatarte los cordones de los zapatos. De no llevar paraguas, de coger un tren que nos lleva a ninguna parte, de hacerte el amor después de comer. De cenar pollo con zanahorias y pimiento para que escojas del plato lo que quieres dejar. De que no suene el despertador, de que la antena de la radio nunca coja bien las emisoras, de que no pasen los días en el calendario. Sólo leer un par de viñetas. Ansío celebrar que seguimos vivos igual que celebramos en aprobado de aquel examen del uno de septiembre. Después de todo esto, dejarte en los columpios del parque donde te espera tu hermanita. Y que me preguntes que si te doy un beso de despedida. Y contestarte que no.

Vidas cruzadas

Dicen que hay momentos en los que uno se vuelve viejo de repente. Supongo que esa vejez repentina e inesperada no es la que te obliga a calentar la leche por las mañanas, subir a clase alguna que otra vez en bus o ver fotos del año pasado. Seguramente sea el olvidar las viejas costumbres, para cambiarlas por otras nuevas. Malas costumbres, que les dicen. Y no las voy a citar, que el concepto de bien y mal acostumbra a ser bastante relativo. Dicen por ahí también que viejos son los trapos. Supongo que será verdad. Pero el cansancio de vivir es difícil de esconder. Porque la cara es el espejo del alma. Y también del cuerpo, aunque no se diga en alto. También dicen que Compostela me ha cambiado. Y ahí ya no supongo. Ahí sé. Ahí afirmo. Y ese rumor se resume en tildes omitidos, la cama sin hacer, carteles robados y un bolígrafo rojo. Y, posiblemente, a partir del lunes me siente cuatro sillas más allá. Porque siempre se me ha dado mal definir. Porque siempre se me ha dado mal argumentar.

Quique González


La casa estaba vacía. Tal vez invadida por los rusos o por las consecuencias de habitar la ciudad del viento. Decían por ahí que esta noche hay partida, que el dinero estaba caminando en círculos y me dijeron: “vete con cuidado”. Por precaución. Más que nada. No fuera a pasarme lo mismo que a Romeo y Julieta. Y aun así, me agarraste, para no soltarme. Para que viese en tus manos los arañazos de piel roja.
Al rato, sonó un pequeño rock and roll, cuyas notas viajaban como polvo en el aire. Música procedente de un pequeño músico de guardia. enfermo, con 39 grados de fiebre. Esperando una respuesta tan pacientemente como el que ve cómo crece la hierba. Y en el disparadero del rompeolas murió años después, en una tarde de perros con olor a salitre.
Yo ya te lo dije, los conserjes de noche han cambiado. Ya no son como cuando éramos reyes. Que ahora hay pequeñas monedas y grandes mentiras, que nada es lo que parece, que hasta hay que pedir permiso para aterrizar. Y me dijiste que se equivocaban contigo, que hay días que se escapan, días de feria y noches de luna llena. Para compartir conmigo. Y de tanto que lo intenté en ese momento vi que te hice comprender que somos kamikazes enamorados. Y fue ahí cuando me sentí como el campeón, al que no le importan los motivos.

Pereza

..Y despertar, abrir los ojos,
sentir tu piel contra mi cara
mi piel contra tu boca.
Y después describir este amor de medio pelo
en un poema sin rima,
en una canción sin letra.
(Quiero-irme-a-la-cama-contigo-princesa!)

Esquina inferior izquierda


ahora mismo solo hay un disco rallado en la gramola de mi mente

diez canciones que me dan todo lo que siempre quise soñar y nunca me atreví