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sábado, 5 de diciembre de 2009

Mi madre me ha comprado un abrigo negro. Yo no tenía ningún abrigo negro hasta ahora. Y teniendo en cuenta mi fanatismo por los abrigos, por el negro y por los abrigos negros en general, tendré que ponerle la etiqueta de cosa rara porque si, y pasemos a otro tema.
Fuera llueve, como de costumbre. Pero no es un llueve como los de las otras veces, de llueve y qué bien que estoy en casa, debajo de la manta, que se moje la calle si quiere que yo no le mandé a nadie que la pusiera. No es un llueve así. No. Es un llueve de por qué tiene que llover tanto, que me mojo, los pies me quedan fríos toda la mañana y así no hay quién coja sueño pasadas las doce.
Ahora aun quedan tres horas. Y mañana el seis va a tener que ser más impar que nunca, más singular.

domingo, 22 de marzo de 2009

Por ser, será.



Y será
la más guapa de mis sueños,

la más guapa de todo el reino.
Por ser, será que yo la ame hasta que me muera,
hasta que me reviente la cabeza.

Por ser, será mi peor pesadilla,

la Eva de mi costilla.

Por ser, será la dulce niña de papá.

Y sólo por ser, las ratas neoyorquinas
saldrán de las alcantarillas.

Sólo para verla.

Algún coche chocará
y a nosotros nos dará igual.


Y después por ser, será todo una mierda.
Más grande que la vida.



Y no habrá quién la entienda.

viernes, 10 de octubre de 2008

Desayuno

Suave. Muy suave. Lento. Dulce. Con leche desnatada. Mi respiración al ritmo del tacto de tu piel. Es por la mañana. Amanece. Apetece. Se huele. Se siente. Se palpa en el ambiente. Las letras se me desordenan en el tazón de cereales. No me salen las palabras.
Tengo una espina. Dos. Tres. Cuatro. Cien mil. Clavadas en el corazón, en la médula, en la mente. Más allá del cuerpo. Tiritas de frío. Tiritas pegadas en el alma. Tus dedos en mi pelo. Estrellas en el cielo. La luna. Muy llena. Muy vacía. Tu cara. Mi vida.
Y he de confesar que muchas mañanas que me quedo durmiendo en la cama, sólo tengo los ojos cerrados. Mientras, las ideas van pasando ordenadas en fila india. Letras. Números. Fotos borrosas. He perdido el norte mientras intentaba contar hasta cien. Pero dos más dos son cuatro. Y más dos, son seis. Por la mañana, es de buena educación decir buenos días. Y poco más sé. Si alguna vez caí fue para conseguir la satisfacción de levantarme por mi misma.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Miedo (II)

Sigo teniendo miedo. Mucho miedo. Escucho canciones en inglés y no las entiendo porque me dejé olvidado el vocabulario en el cajón del pupitre del colegio. ¿Y ahora qué? Pasé la mitad de mi vida queriendo buscar una cosa por la que nunca me atreví a preguntar y en pleno ecuador de mi no tan lejana adolescencia la encontré, sin pedirla ni pensarla. Y aun así, sigo teniendo miedo. No es que yo naciese así, es que me tuve que hacer así a mi misma para sobrevivir y ahora ya no hay remedio, porque soy un animal de costumbres y me acostumbré a temer. Tengo miedo de seguir convirtiéndome en lo que siempre odié y no poder remediarlo. ¿Sabes? Yo creía que esta vez si que era posible, que tal vez, que quizá, que podría ser. Pero no eran más que tiempos verbales en un futuro hipotético que los dos sabíamos que nunca llegaría. Mi miedo y yo dormimos con el enemigo y seguimos sin saber nadar. Tu teléfono comunica y las gotas de la lluvia hacen ruido en mi ventana. Sigo teniendo miedo. Y no es cosa que se solucione hoy o mañana. Me llevará toda la vida. ¿Ves porque tengo miedo? Mi droga particular pasa detrás de mi las horas para apretarme el cuello cuando me despiste y no dejarme vivir. Mi droga personal. Los últimos años de mi vida. Mi furia momentánea, mi rencor acumulado. Los cristales de las gafas, siempre empañados. Todas las palabras que te dije. Y las que no te dije. Y las que quise decirte. Y mi miedo. Mi miedo de no poder salir nunca de algo tan grande que me sobrepasa por momentos. Y no lo acepto. Y me persigue. Y me asfixia. Y me ahoga. Y sabe dios cuántas cosas más. Y sigo teniendo miedo. Mucho miedo.

domingo, 24 de agosto de 2008

Miedo

Me da miedo que cualquier mañana o cualquier noche, el coche se me pare cuesta arriba y tenga que salir de él porque me asusta la luz o la oscuridad, y en vez de correr hacia abajo, para que me sea más fácil, corra hacia arriba y cada vez más lento, para conseguir demostrarme a mí misma que no soy capaz ni de aguantar una carrera contra el viento, que en la primera curva me pararé a descansar porque las subidas son demasiado grandes y el arriba está cada vez más lejos. Me da miedo que algún día deje de tener curiosidad por el mundo y deje de escuchar conversaciones ajenas en el autobús. Me da miedo que algún día no recuerde qué cifra va después del catorce en el número pi, porque hubo un momento en el que estoy segura que lo supe, que lo aprendí de quien quiso enseñármelo. Me da miedo que pueda llover sin parar, tanto, que tenga que aprender a nadar para seguir adelante y no tragar agua continuamente. Que llueva tanto, que el agua suba el nivel del mar y se borren los cuentos de los libros, las sonrisas de las fotografías, tu imagen de mi cabeza. Me da miedo el olvido porque una vez leí que las últimas neuronas en desaparecer son las del recuerdo, y si no puedo recordar nada, no quedará dentro de mi algo que merezca la pena.

A la intemperie

Declaro no ser de nadie y me considero ciudadano del mundo. Cuatro paredes no podrían encerrar mi cabeza. Mientras pienso eso, voy por el mundo como quien no quiere la cosa y me dedico a escuchar. Y cuando cae la noche, maldigo una y otra vez por qué no he encontrado el sitio adecuado para dormir. Yo, habitante de ninguna parte. Yo, ser humano. Yo, orgullo.
Pronto me llevarán y no le importará a nadie. Porque no son ellos los que serán llevados. Seré yo. Y ya no habrá remedio.

Butacas de cine

Sin quererlo se vio en medio de una cola. Venga, dame una para la que antes empiece, porque total, para qué seguir perdiendo el tiempo. Podría haber estado allí toda una vida, pero el niño de detrás era demasiado impaciente como para dejarle decidir con calma. Para las siete menos cuarto, la entrada era para las siete menos cuarto y eran las seis y cinco. Si el bus hubiese sido puntual, posiblemente ya estaría dentro y la película ya habría empezado. Y sería otra. Otra que le gustase más. O que prometiera mejor pinta.
A las seis y media se metió en una sala de cine vacía. Y se empezó a preguntar si le iba a pasar, como otras tantas veces, eso de ir a ver una película que ya lleva un tiempo considerable estrenada y que la sala esté vacía. Le respondieron un grupo de señoras que se ocuparon parte de las filas doce y trece. La suya era la nueve. Butaca ocho, para ser más exactos. Según se quitó la gabardina, dudó en qué lado ponerla. ¿Qué asiento se ocupará? se inclinó por el derecho, pero pronto tuvo que cambiarla porque una tierna abuela ocupó la butaca de al lado. Tierna abuela con su nieto, el impaciente niño de la cola de la taquilla. La puso encima de sus rodillas porque estaba visto que no era el día de suerte de su gabardina. Y el matrimonio de las palomitas le dio la razón.
Y comenzó la película. Se oía a un hombre peleándose con un teléfono móvil que parecía no querer ponerse en silencio. Pero qué más daba. Empezó una sucesión de imágenes que hablaban de viajes y de amor. Contaban infidelidades, ilusiones y aventuras de gusanos de seda. Y revelaron el gran secreto (a voces) de los hombres que parten en busca de algo mejor para su familia. La abuela se emocionaba, el nieto no hacía caso de la pantalla. La parte masculina del matrimonio parecía dormido y a su mujer le brillaba la mirada, como si se hubiese enamorado de la película. O como si sintiese algo aun más fuerte. Y en el medio estaba ella. Pensando en la hora qué sería y si habría bus para volver a casa.
Al salir, llovía. Y las señoras que llevaban paraguas se agolpaban en los soportes. Resultaba curioso. Ellas ya tenían con qué resguardarse de la lluvia. Los que iban sin paraguas las sorteaban, pero más de uno se llevó un varillazo. Ella hizo de tripas corazón y se dijo a si misma que venga, vamos a mojarnos, para eso están las gabardinas, ¿no? Y al llegar a la parada del bus pudo encontrar un rinconcito en el que no llovía. Estuvo veinte minutos esperando. Veinte minutos en los que vio pasar tres taxis, un coche de policía, dos hombres en bicicleta, una pareja de adolescentes y un autobús que se dirigía a otro lugar. Y llegó el suyo. Una moneda para el conductor, pasar el torno y buscar un sitio donde sentarse. Los ocho centímetros de tacón eran cómodos. Pero no aguantables, sobre todo si tenemos en cuenta que llevaba poniéndoselos tres días seguidos.
Se empapó al bajar del bus. Pero qué más daba, si estaba llegando a casa. El portal no quería abrirle, pero no hay nada que no solucione un buen forcejeo con la llave. Del ascensor fue directa a la cama. Se quitó la gabardina y lanzó los zapatos. Y tal como estaba, se metió entre las mantas. Mojada. Hundida. Sin aliento. Total, para cuando despierte mañana, ya estará seco…