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domingo, 29 de agosto de 2010

Hoy, hace un año, o más bien hace más de una vida, que me enfadé. Y lloré. Y pataleé. Era un verano azul celeste, en el que en los ratos muertos escuchaba al gran Enrique González por unos auriculares de no más de siete euros. Y escribía líneas y líneas pensando en quién sería el que cantaba eso de quién me ha robado el mes de abril. Pero no había tiempo para pensar en primaveras, porque septiembre estaba ahí a la vuelta de la esquina. Y yo qué sé. Ya dije más de una vez que septiembre era un mes de estrenar cosas. Puede que por eso nunca encontraba en mi bolso mi mechero de ovejas blancas. Y una buena tarde, en la parada del 23, apareció uno rosa, porque los camareros son algo rencorosos. Eso no me lo dices tú en la calle.
Y nació. Y creció. Y está a punto de soplar la primera vela. Ai, qué dilema. Yo habría tardado más de una vida entera o eterna, ya no me acuerdo. Sólo me acuerdo de autobuses y llantos. Y de tu risa cuando te das la vuelta y caes en el otro lado de la cama. Esa risa es importante. Después, yo me voy a dormir antes de que sea la hora de irse a casa.

miércoles, 21 de julio de 2010

No me gusta utilizar el blog como diario, cual quinceañera enloquecida por el dieciochoañoero de turno, pero he de confesar que hoy el día ha sido raro. Hoy fue uno de esos pocos días en los que no soy puntual. No lo soy al principio. Y también se me da por llegar tarde al final. Él me prometió algo así como el interespacio, pero a mi me da vergüenza confesar que lo que haya allá fuera, sea lo que sea, tiene pinta de ser demasiado grande. Tan grande que me pueda dar miedo. La luna del coche estaba algo sucia, pero acertábamos a mirar la luna, la de verdad, la redonda que nos mira desde detrás de las nubes. Hoy las nubes eran gris oscuro. Demasiado grises para ser julio. Y salía humo allá, cerca del horizonte. No pude brindar porque no tenía sed, y no compré nada que beber. Lo que sí compré fueron palabras absurdas, para ponerlas una detrás de otra. Una detrás de otra, así sucesivamente, hasta llegar al final. Y así, volver a empezar en la página siguiente. Las rosas de madera no las he puesto en un jarrón con agua, no les hace falta. Se saben cuidar por si solas.

sábado, 17 de julio de 2010

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Al viejo John no le gustan las mentiras. No, no, no, no le gustan las mentiras. Su mujer miente con ganas. Corre por campos de hierba mojada. Cierra las ventanas. Una nana y a dormir.
No, no, no, al viejo John no le gustan las mentiras.


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lunes, 5 de julio de 2010

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Si no fuera por mi gusto por trasnochar, no sabría contar hasta diez.


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viernes, 30 de abril de 2010

Verde jade

Me acabo de dar cuenta de que las paredes de la habtiación de mis padres son del mismo color del esmalte de uñas de I. A mí antes no me gustaba escribir con iniciales, ni tampoco el color verde, para qué negarlo. Pero es que él escribe en color verde y yo no puedo evitar leerlo. También dibuja en servilletas de papel, de estas satinadas, que en realidad no sirven nada más que para que el servilletero de propaganda de algún refresco capitalista parezca un poco más lleno. Dibuja en servilletas, si. Pero eso no cuenta, porque yo también lo hago. Y entonces todo es perfecto y raro. Y lo raro no necesariamente es malo. Simplemente raro. No digo diferente, digo raro. No sé, esta mañana todo es bonito, y debería sospechar. Pero ah, qué bien se está cuando se está bien. Cuando hace sol. Cuando ya tengo la maleta hecha y voy por la página sesenta y tres de setenta y cinco. Más bien, debería decir vamos, pero a la otra parte ya le han borrado todo lo que le podían borrar y no se podía hacer nada. Y mucho menos llorar.
Por la otra parte, la de verdad, la que ayer no estaba en la silla de al lado, queda demasiado trabajo. Por primera vez en tanto tiempo, queda demasiado trabajo. Son las ventajas (tardías) de ser el hijo de la profesora.

lunes, 1 de marzo de 2010

No tengo muy claro si debería hacer más planes de los que ya tengo. No sé si me va a llegar la vida para todos ellos. Lo peor de todo es que lo pienso con el cepillo de dientes en la boca, y debería atender a lo que estoy. Llevaba tanto tiempo sin hacerlo, que parece que si tengo la pasta en mi boca mucho rato, me da náuseas. En el fondo es porque pica y duele, como casi todo últimamente. No sé si es que va a llegar la primavera dentro de poco y me pasa lo de siempre, que me da a alergia aunque no estornude. Podría ponerme a escribir canciones para probar, pero sé que no me van a salir. Y creo que ya dije más de una vez que él no sabe cantar. Sería tontería. Sobre todo esa parte en la que me dice que el gran error de los grandes guitarristas es que creen que saben cantar, pero es mentira. Con un gran guitarrista ya llega. A mi se me da mejor eso de callar la boca y romper las medias.

domingo, 7 de febrero de 2010

Lo que no me está gustando de estos días rojos es que lo blanco de ellos es un fondo de papel. Por lo demás, la última vez que estuve dentro de una lámpara, nadie miraba. Y eso lo hacía altamente genial.

miércoles, 27 de enero de 2010

Tras cuarto y mitad se puede decir que volvemos. Yo tenía antojo de cocacola, pero tras bajar al supermercado y darle el primer trago, me di cuenta de que no era eso lo que quería, que yo tenía antojo de comer y dormir, y poco más. Mi madre me ha mandado por correo mi nueva taza de desayuno. Teniendo en cuenta que he comprado el mismo detergente que usa ella, con la taza de desayuno, es como si tuviese mi casa reducida en veinte metros cuadrados. Todos los días le llamo, no puedo evitarlo y es mi culpa. Los papeles se me amontonan. Todos están escritos a colores. Yo preferiría que estuviesen en blanco, a ver si de una vez me dejaban en paz pero no pudo ser. Mientras tanto yo aun no estrené enero, y febrero se presenta como más de lo mismo. Qué desgracia.
Yo sé que él podría convertir hoy en algo más que eso, en más que hoy, veintisiete de enero, en un día especial, por ejemplo. No creo que se le de mal, está bastante acostumbrado a hacerlo. Pero mientras espero que hoy sea algo más, me vuelvo a la cama, me duele la cabeza, y entre mi lado de la cama y la pared, hay poco más que aire.
Pobre Cristina, como diría Sabina.
Pobre Cristina, digo yo.

sábado, 24 de octubre de 2009

En los dos años que llevo de carrera, nunca me han enseñado esa gran importancia de ponerle nombre a las cosas. Si me han enseñado (muy a su manera) la importancia del sustantivo y todos sus acompañantes en general. Pero no un por qué.
De eso se ha encargado él. No sé por qué. Igual es porque fuera llueve y yo no hago caso. Y no cojo paraguas. Y me mojo. Y me viene dando igual, como otras tantas veces, no tenía por qué cambiar.
Y así por lo demás, éste es el tercero. El segundo no quiso salir. Yo no le obligué. Cada uno en su cama. Dios en la de todos. Y no hay nada más que hablar.

martes, 29 de septiembre de 2009

Mi vida en maletas

A tan sólo un día de lo que tenga que pasar, vuelvo a comer patatas bravas, me escondo en portales y escribo sobre teclas planas que tienen letras que nunca quieren decir nada.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Se me va la fuerza por la boca cuando intento poner títulos. También me pasa cuando me despierto con los primeros acordes de un solo de guitarra. Especialmente el de su canción favorita. Despertar así es como oxidar de un golpe todos los amaneceres anteriores y dejarlos inservibles bajo una manta. Despertar así es una llamada perdida, un coche blanco, un beso de ascensor, las cinco de la tarde, siete rodajas de tomate natural.

martes, 15 de septiembre de 2009

Nunca me había preocupado de si eso que yo hacía creyendo que era mejor, era realmente lo mejor, y no algo que lo sustituía por puro placer. Por lo demás, me atoro siempre pintando la misma uña. La novena. El marrón oscuro no le gusta, y siendo sinceros, a mí nunca han terminado de convencerme los colores indefinidos. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.
Volviendo al nueve, el nueve es eso, un número, masculino singular. A veces, sólo a veces, en mi cabeza, al nueve le sobran cinco, pero esa es otra historia. Realmente él no tiene nada que ver con los nueves, ni con ningún número en general. Pero más en particular tiene que ver con atardeceres con viento, llaves de colores y patatas fritas bastante frías, aunque a mi me acaban gustando igual.

Despacito y buena letra. Para la primera y tercera del singular.
Y para todas las demás.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Escucho éxitos de los 90 y pienso en ella. En ella y sus palabras en francés y sus canciones en castellano. Por lo demás, me dedico a estudiar pronombres y cambiarlos de género porque así igual es mejor. Pero quién sabe. No me termina de convencer eso de comer patatas fritas los martes por la tarde. Bromas y comida basura aparte, ahora escucho de fondo la melodía sin llegar a entender la letra porque no puedo subir el volumen, que mamá está durmiendo y no puedo despertarla. Por lo demás, nada está de más, hay demasiadas cosas de menos, fuera ya no hace ni sol, ni luna, ni nada que se le parezca. Y las estrellas…En fin, las estrellas son otra historia, siempre lo fueron. Se esconden detrás de las farolas en las ciudades y saben hacer más de mil cosas más, pero no sé cuáles, porque eso no iba a caer en el examen.

Esto no puede acabar bien.

jueves, 28 de mayo de 2009

Nunca quise escribir poesía por lo que pudiera pasar, y ahora, a tan sólo dos días, me arrepiento más que si hubiera pasado la vida hurgando versos en tu espalda, dejándolos olvidados en cualquier hotel barato perdido en una carretera, y que alguien se hubiese aprovechando de ellos.

Recuerdo cuando dormíamos en colchones prestados, en el más impuro sentido de la palabra, de cualquier palabra digna de salir de tu boca. Ahora ya da igual pasar de largo. Fumo cada día pensando en eso que siempre quise decirte y que al final te dije. Y tú te fuiste sin dejar ni el último cigarrillo a medias, en un coche robado, o yo qué sé. No supe más allá de aquella puerta. Fuera ahora llueve y hace frío. Mi manta tiene un gran agujero, yo no lo sabía, se lo acabo de ver. En el colegio me enseñaron que el suelo me mantenía pegada a él porque había una fuerza que no me dejaba volar. Creo que la llamaban gravedad, pero no me hagas mucho caso. Puede que el sofá también venga con ella de fábrica, porque llevo horas y horas en él y no me canso de la estúpida posición semihorizontal que mi cuerpo intenta mantener sin quejarse. Yo antes creía que tus noches a mi lado no sabían contar amaneceres y cuánto me equivocaba. No era cosa del destino, era todo mi culpa y no supe ni guardar el DNI en la cartera para escribirte unos baratos y estúpidos versos. No llevaba suelto. Tampoco untaba mantequilla en las tostadas, no me gusta la comida de color amarillo. De haberlo sabido, hubiera hecho rimas sin poesía.

De haberlo sabido no habría escrito una tonta historia de amor, con despedida, sin final feliz.

domingo, 24 de mayo de 2009




Desde que ella duerme entre mis sábanas,
fumo tres cigarrillos más al día
y por las noches he dejado de escribir versos sin poesía
De esos que no me llevaban a ninguna parte
ni a ningún lugar




miércoles, 13 de mayo de 2009

De repente ella baja al portal con un puñado de margaritas en la mano. Dice que las robó de cualquier parque, cual niño pequeño. Su excusa es que ya llegó la primavera, aunque nunca vaya a para de llover. Yo la miro, con gabardina, empapada hasta las cejas y no sé qué decirle. Solo sé que la admiro por eso.


Valiente.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Fuera no luce el sol. La luz aun llega a mi ventana porque las calles arden en ríos de alcohol barato para enloquecer mejor. Tú te reflejas en el cristal. No sabía que estabas despierta. Perdón por hacer ruido y despertarte. Y tú me callas, me contestas que no pasa nada. Me doy cuenta de que has cogido de mi armario mi camiseta de los ramones y te odio porque te queda mejor que a mí.


Un yogur de manzana, una botella de leche, tres albaricoques, media docena de naranjas, mantequilla, mermelada de ciruela… repasas mi nevera y te decantas por el vodka que sobró de la noche anterior. Ahora entiendo mi resaca. Maldita resaca. Estás siempre en las mañanas de mis noches más llenas, más alegres, en mis noches con ella.


Eres rara. Quieres hacer zumo y no te dejo. Aun estás borracha y mi cocina sigue queriendo ser blanca. Y a ti te da igual, quieres desayunar.


Las calles ya se han apagado y sale el sol. Ya es de día. Empieza hoy. Hoy. Empiezo hoy con ganas porque estás revolviendo mi cocina con una camiseta que me cogiste del armario. Empiezo hoy porque estás a mi lado. Los vecinos ya se despiertan y no sé si quiero que te vean aquí. Un pájaro se acaba de posar en la ventana. Yo sigo tecleando tonterías sobre tú y yo. Él me mira y parece que sonríe, pero creo que eso es imposible. Sólo son pensamientos de recién levantada. Creo que anoche, con las calles, ardían los pliegues de las sábanas.




Y ahora veo que cuando cogiste la camiseta


la puerta quedó entreabierta…

viernes, 10 de abril de 2009

No es que me guste ser puntual. Pero acostumbro a serlo por que sé que vas a llegar tarde. Los cinco minutos de rigor y nada más. Soy puntual porque me gusta verte llegar. Allá, a lo lejos. Cuando realmente no te veo, pero tú si me ves.
Después nos vamos a tomar un café. A mi no me gusta, pero eso es algo que nunca vas a saber.

jueves, 9 de abril de 2009

Acostumbro a decir que me da igual




(Pero no hay nada más lejos de la realidad. Tú sabrás de qué hablo)

lunes, 23 de febrero de 2009

Lejos y cerca de casa

Hay veces que me quejo de tener los pies fríos y quién sabe lo que pensarían de ello esos que viven en lugares donde el cero es hacer calor en pleno febrero. Esas cosas sólo las pienso cuando cojo el 23, que me lleva a casa de mi abuela, donde siempre hace frío. Y no sabemos por qué. A veces salgo a su balcón y en estas noches que empiezan a las seis de la tarde descubro alguna estrella, pero son difíciles de ver. A veces no hay nubes y no me tengo que fijar mucho, pero son las menos. Es como si los fantasmas fuesen encendiendo las farolas que viven junto a la vía del tren, allí, al fondo de todo, justo antes del túnel. Dentro me espera un café con mucho azúcar. Ahora me gusta el café, eso es que me estoy haciendo vieja. O algo así. Igual después salgo con su manta, esa que me gusta tanto, la de cuadros que robó en un tren. Y me duermo fuera, porque hay estrellas. Tú dijiste que sería frío el amanecer. Nada más lejos de la realidad. Está al llegar la primavera.