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lunes, 24 de octubre de 2011

Verde

Sonríe. Me gusta(s) mucho cuando sonríes. A veces no tengo que tenerte delante, me basta la imaginación. Otras veces bajo al portal con libros en la mano. Cuando no son libros, puedo llevar flores, por ejemplo. Flores azules, naranjas y verde oscuro, aunque una de las primeras cosas que me dijeron en primaria era que no hay flores verdes, que el tallo y las hojas ya son verdes y que eso ya llega. Aunque yo creo que es mentira, que nunca es suficiente, más si se trata de ocupar un asiento.

No me queda más que decirte que voy a cerrar las ventanas, a pintar las paredes y que el amor (no) nos destrozará.

viernes, 12 de agosto de 2011

Rojo

De todo lo que tuve que olvidar, esperar para cruzar la calle. Los semáforos ya se han oxidado, de tanto rojo, de tanto ámbar indeciso, de no llegar al corazón. Lo malo de las palabras es que una sola letra las puede cambiar. Pero una sola letra puede empezar palabras demasiado dispares, las horas que me quedan de viaje todavía, todo lo que me sobra de dentro de la maleta.

Y ahora todas las canciones modernas hablan de eso, de lo que se descose en el medio de los dos.

jueves, 16 de abril de 2009

Amarillo





Era un amanecer amarillo.


Tan amarillo que me hacía acordarme de ella.
Siempre tan seria. Siempre tan fría. Siempre tan guapa.
La ciudad despertaba demasiado temprano, pero puntual todos los días. Aquella mañana yo aun llevaba los pies mojados.
Y no sabía de qué.
No tenía a donde ir y caminaba tranquila, descalza. Pensando en ella y su afán por los amaneceres, en especial los amarillos.



Yo recordaba amaneceres amarillos de aquellas noches que ella se revolvía entre mis sábanas después de haberse quedado dormida en mi sofá.
Siempre juraba que no se había dormido,
pero era mentira. Yo hacía que la creía y le daba un beso en la cabeza.
A veces la dejaba dormir un poco más. Dependía del día. Y bueno, de lo que estuvieran echando en la televisión. Todo sea dicho. Cuando me interesaba, nos quedábamos un poco más. Y cuando no, también.


Me gustaba verla dormir
acurrucada, intentando meter su pequeño cuerpo en el sitio que quedaba libre en el sofá. Pero aunque la dejase dormir, me gustaba jugar con su pelo.
Siempre largo. Siempre liso y desenredado
. Su pelo caía como arena entre mis dedos.
La verdad es que siempre me pregunté por qué lo llevaba
tan largo, tan liso, tan suyo. También me gustaba cerrar los ojos cuando jugaba con su pelo. Si hubiese sido ciega de nacimiento estaría enamorada de su pelo.
Estoy segura
.


A pesar de sus amaneceres amarillos, me preparaba tostadas con mermelada de naranja cada mañana que desayunaba conmigo.
A mi la mermelada de naranja nunca me gustó. Demasiado agria para mi gusto. Intentaba ser dulce, pero ningún bote lo consiguió.
Yo nunca se lo dije
, y pasé cuatro largos años desayunando esa pasta anaranjada. Pero me las preparaba con una sonrisa tan bonita que no quería decirle nada.


Ella solía decir que los amaneceres amarillos se daban cuando el día que empezaba quería estar muy cerca del sol. Lo máximo posible. Entonces el sol, siempre tan distante, le dejaba un poquito de su color al día, para que así la mañana se sintiese mejor al empezar.
Después, el capricho ya se le pasaba y
el cielo podía volver a ser azul.
O gris.
O del color que se le antojase.
Menos amarillo.
Ése estaba reservado para los amaneceres.



Amaneceres como el de hoy.



Tanta palabrería para un simple amanecer amarillo.

martes, 14 de abril de 2009

sábado, 20 de diciembre de 2008

Tinta azul marino

Y es que acostumbro a cometer errores, forma parte de mi propia naturaleza, y no lo puedo evitar. Es de estas cosas que nunca jamás vas a poder parar y te da igual. Tú sigues viviendo hacia delante, y si hay que ir mirando al suelo, vas y miras, porque te lo mandan y eres así de tonto. Dime, ¿qué es lo que te queda por decirme? Yo llevo tantas cosas dentro que algún día mi mochila reventará y después tendré que recoger todo lo que caiga. Todo. Uno por uno. Y entonces me llevaré sólo un bolígrafo conmigo. Le voy a pedir a ese niño que espera en la esquina que escriba tu nombre en la pared, que yo tengo miedo de gastártelo. Y después voy a usarlo yo para decirte por escrito todo lo que no supe decir antes. Te lo pintaré en las paredes, en lo bancos de los parques, en cada uno de los hierros de la Torre Eiffel. En todos los lugares que puedas imaginar. Y en los que no. Mírame y dime que tienes ganas. O no lo hagas. Méteme dentro de tu maleta, ocupo poco. Haz lo que quieras.

domingo, 31 de agosto de 2008

Blanco


Mi etapa oscura de quererte a escondidas se acaba hoy. Por fin.
Ya era hora de admitir que llego siempre puntual por ver cómo tus prisas satisfacen a la impuntualidad que viaja por tu cuerpo. Ya era hora de reconocer que me gusta verte llegar.
No hay nada peor que perder la inocencia. No hay nada mejor que compartirla después.