sábado, 28 de enero de 2017

Todo me viene grande

La prosa, la poesía, algunos de los calcetines nuevos, tu amor. No es ninguna novedad que tenga ganas de reír y llorar al mismo tiempo, porque nunca supe hacer una sin la otra, y no creo que sea tiempo de aprender todavía. Quizá, y sólo quizá, todavía sea una palabra que a día de hoy empieza a tomar algún otro significado. Si es que ella me permite que la convierta en polisémica.

Pasa un poco más de media hora del viernes, sigue haciendo frío en mis pies. Y no me extraña que el cielo, de repente, se rompa y todo caiga en forma de granizo, opaco, con fuerza, con rabia y sin piedad. Hay que joderse, léase con resignación. Ese tono que domino desde aquel momento que al llegar al paso de peatones empecé a fatigarme. Y me tuve que sentar. Y tuve que sentir. Y tuve que llorar. Y que reír. Y la luz verde se encendió y no le hice caso. Precisamente por eso, porque me venía grande.

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