sábado, 17 de agosto de 2013

Recapitulemos

Tengo ahora mismo veinticinco años. De todos esos años, invertí siete en soñar, cuatro en ser lo que soy ahora y también me pasé llorando más o menos todos los que abarcan desde los dieciséis hasta los veintitrés, aunque a veces peco de querer volver al pasado. 
Uno de mis sueños es tener una casa con una estantería infinita para no tener que pensar que tarde o temprano los libros pasarán a ocupar mi lugar. Una estantería infinita y un escritorio blanco, porque una vez mi padre dijo que los muebles blancos eran especiales y esa frase se me quedó grabada para siempre en mi memoria. 
A veces escribo cosas. A veces valen la pena y a veces no, pero uno de los mayores pecados que he cometido en esta vida es el de no aprender de una vez a distinguir qué debe ser el escaparate de lo que escribo y qué debe ir en la libreta que guardo en el fondo de cubo de lavar. Entre ropa oscura muy sucia y en sentido figurado.
Otras veces, dejo que me mientan. Dejo que me mientan y miro por la ventana, porque en mi ventana hay una repisa y a las palomas les gusta venir a veces. En realidad odio a las palomas. ¡Malditas ratas del aire! Dejo también que las palomas se vayan cuando quieran, porque si no fuese por las mentiras, no las miraría, no escribiría, no teclearía números aleatorios a ver si hay alguno que queda libre de una vez.

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