domingo, 23 de enero de 2011

martes, 18 de enero de 2011

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa. 

(A. Einstein)

viernes, 14 de enero de 2011

Now it's so slow, so slow

Baby went to Amsterdam, four, five days for the big canal, now it's so slow, so slow. Y yo aun recuerdo todos los minutos. La primera hora y media. Y un cuarto más. Mira, ya ha dejado de llover, pero sigo teniendo las manos frías y eso no hay quién lo remedie ya. La televisión se ha acabado. Ayer, de mañana, la gallina puso un huevo, tengo dos peces nuevos, no queda nada para cenar.

sábado, 8 de enero de 2011

Ocho

No sé si es que mañana es domingo o que ya no somos los mismos de antes, pero va a ser hora de irse a casa y yo me quiero marchar. Deberías estar atento por si llueve y tienes que cerrar las ventanas. Es lo de cada día. Nunca creí dar vueltas alrededor de una estrella, así que cierro los ojos y confío en que los niños no digan mentiras. Porque los niños no mienten, y tú, tampoco.

miércoles, 5 de enero de 2011

Gente que odio sin motivo aparente

Suelo encontrarme gente rara por la calle. Son capítulos de mi vida de antes de que tuviese un blog, o al menos, de que le hiciese caso todos los días. Hay grandes ejemplos, como La señora del 1A, el fotógrafo loco que vive arriba, la chica bajita del pelo rojo y negro, Troski y Brownrisk. No es novedad que pueda hablar de cualquiera que me haya encontrado por la calle, teniendo en cuenta que un 90% de mis trayectos son a pie. Pero hoy, hoy lo vi. Al verlo pensé, ahá mira ahí tenemos a otro de esos góticos-emos indefinidos, que viven tristes sin saber por qué y vete a saber qué mierda. Pero hasta los góticos-emos miran hacia delante y hacia arriba y esa mirada nunca la pude olvidar. Corría el 92 y España era un hervidero de mascotas. Con el maletín grande del ColaCao venían unos billetitos verdes, cuasi dólares, que a mí me hacían ilusión y que usaba con Elvira para jugar a lo que fuese. Pero mis historias con Elvira son otro cantar, y vamos a lo que importa. Yo llevaba todos esos billetitos en el bolsillo. Siempre, sin excepción. Me gustaban tanto que los tenía conmigo cuando me cortaban el pelo, acto traumático por excelencia, después de la sopa de pescado hecha a base de merluza. En la peluquería había un niño. Un niño con el jugaba semana sí y semana también, porque mi señora madre nunca se ha llevado bien con su pelo, y los niños con los que jugar en casa escaseaban. Jugábamos a los piratas o a los policías, a todo menos a los peluqueros. A él tampoco le gustaba que le cortasen el pelo, y qué desgracia, sus padres pertenecían al gremio. En una de esas veces, jugamos a los tenistas. Jugar a los tenistas no era nada difícil en realidad, pero nosotros no teníamos ni raquetas ni ná, sólo dos revistas bien gordas con peinados y una ruperta medio destrozada y curiosamente dura. El saque, ah, el saque perfecto. Devolverla era otro cantar. Una pata de la ruperta (ya era mala suerte hombre, para una pata que tenía) acabó en su ojo. Y así fue que nunca más jugué con él, me castigaron y me miraba con superioridad cuando me veía. Con toda la superioridad que te puede mirar un niño dos años menos que tú.

Y ahora que lo pienso, menuda porquería de historia.

sábado, 1 de enero de 2011