miércoles, 20 de octubre de 2010

Mañanas de octubre

Buenos días. Hoy el mundo se he levantado del revés. La leche no sabía bien ni con tres cucharadas de colacao y hacía más frío cuando salí de clase que cuando entré. La gente ya no sabe agarrarse a las barras de los autobuses. A las barras rojas. ¿Qué va a ser de nosotros? Yo no creo en médicos, en recetas, infusiones y demás aditivos para (no) dormir. No me vas a convencer. Espera. Vosotros, nosotros, ellos. Ellos, los importantes, los que se sientan en las sillas más cómodas. Ciento cuarenta y cuatro caracteres con o sin causa. Y por la ventana casi no entra luz aunque son más de las doce de la mañana. Atrévete y sueña con tu almohada. Vive de lo que le gritan los demás, aunque no hace caso. Habladurías. Odio madrugar. Tengo sueño. Hace frío. Mañana va a hacer más frío. Así hasta que llegue la primavera. La del año que viene. O la del siguiente. O la otra. O una más. Vamos fuera, lejos, al otro lado. Me estoy malacostumbrando. Y sé que miras todos los días si hay algún tren que nos venga bien, si hay algún tren que nos lleve. Si simplemente hay algún tren. Yo odio los trenes. Antes no me pasaba, pero son demasiadas horas de espera, de viaje, de regreso. Y de maletas.
Lo siento, no va a poder ser hoy. Me desobedecen. Me calmo. Me quiero ir y no puedo contarte por qué mañana no dormiré aquí.

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