martes, 28 de septiembre de 2010

Oiga, ¿es el enemigo? ¿Te das cuenta de que esta historia está llena de viernes y sábados y algún que otro miércoles por la tarde y ya?
Y los coches se rompen, los gatos ronronean, la cena ya está lista, el helado para el final.
Y yo, ya si eso mañana te lo digo, que ahora es muy tarde, que hay que madrugar.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Buenas noches

Ahora que mamá duerme, empieza la función. Menos mal que me besas en la espalda, si no no sabría qué hacer. Me volvería loca. Más, si cabe. Y después del primer acto, adiós muy buenas. Esto ha sido todo por hoy, aquí acaba la función. Que hoy es domingo y mañana hay que madrugar. 
Dolor. Gente que escribe en mayúsculas. Con las mayúsculas uno GRITA. A ellos les da igual. Y yo tengo frío. Ayer llevaba la chaqueta azul, ¿sabes? Esa que te gusta tanto porque es tan suave. No te pongas nervioso. No me describas nada más. Es bonito el lugar. Está lleno de humo, pero es bonito. Y azul y amarillo hacen verde. Parece una tontería cuando te lo enseñan, pero con el paso de los años te das cuenta de que los libros de primaria decían verdades como puños. Y ahora, nada. Ahora lees sin cansarte y sin mayor afán que llegar a la página final. Y resumes. Y de vuelta en la página final. Y resumes otra vez. Creo que le llaman círculo vicioso, pero hoy por hoy, ningún vicio me vale ya. 
Perdón por quedarme dormida en los momentos importantes. Suele ser cuando empiezo a entrar en calor. O es que tengo entre manos algo que no es mio, que de vez en cuando me sobrepasa. Y ya está, ya no hay vuelta atrás. Creo que tenía las llaves por aquí, me voy de vuelta al portal. Oye, que encantada de conocerte. Ya nos vemos otro día, así sin más.

sábado, 25 de septiembre de 2010


Si no pasa nada, tendremos que hacer algo para remediarlo: inventar la realidad.

William Randolph Hearst

lunes, 20 de septiembre de 2010

Comienzo de la segunda parte

Aquel viernes yo no quería dormir sola. Aun no era hora de irse a casa y nos sentamos en un banco. Por si venían palomas. Aunque no teníamos migas de pan. Después ya era tiempo de coger trenes y ponerse las medias. Aun así, el viento me seguía levantando la falda, día si, día también, aunque llevase vestido. Teníamos un profesor de inglés (muy poco) particular. Y por lo bajo yo te explicaba una gran parte de los dobles sentidos. Ahora los dominas y no hay giro que valga. A mí me gusta así, porque siempre me paso del límite de palabras.
A las cuatro de la mañana suena el despertador. A mi, en esos momentos, se me suele parar el corazón. Y hay que hacer tiempo, hasta las seis, como mínimo. Entonces es cuando yo me doy la vuelta y dejo de dormir. No por el despertador. Nos acostumbramos a estar entre lo individual y el metro y medio. Aunque si siempre fuese primavera, quedaría poco para el amanecer. Yo leía incendios, y nunca pasaba nada. Al televisor le cuesta un poco cambiar de canal. De todas formas, me gustan los armarios cerrados y las sábanas azul claro. Y all the night, y along the street, lo canturreas una y otra vez y no te importa que no rime. Ni siquiera sé si está bien. De vez en cuando, al coche le pasaba algo. Maldita máquina callejera. Hasta una vez lo miraron dos policías, sin porra y con cara de enfado. Pero sólo la cara, al fin y al cabo. Porque pasaron de largo. No les gustaban las cuerdas de tu guitarra. Lo siento, tenía que haber escrito algo hace quince días. Lo siento, yo sólo sé tocar la primera estrofa de El patio de mi casa.

Te cambio un lápiz de número cero por un bolígrafo rojo.
No acepto un no por respuesta.
Feliz año, Óscarpenedo

jueves, 2 de septiembre de 2010

Kapuściński y Sabina son un buen plan para la noche del miércoles. El primero es bueno para cualquier época del año, siempre de bolsillo. El segundo... mejor en verano. Por hablar de amores, desamores, recuerdos y vecinos. Por hablar de ti y demás pronombres personales. Por hablar de nada, por cantar poesía. Por cantar simplemente. No hay nada mejor que hacerle cantar de madrugada, es como hundir los pies en arena recién mojada. A mi ya se me acabó la arena porque agosto tenía prisa por marchar. Me dejó de nuevo treinta páginas en blanco. Con unas lineas azules parecidas a las que los mayores les ponen a los niños pequeños en la dictadura que les impide torcer el camino de las letras. Toma frase cursi. No me queda tinta y, tras esto, me quedan veintinueve. Cuánto trabajo. Yo no me creo aun que estemos en septiembre, y que me vuelvan a dar las dos y las tres, y me monte en coches blancos para volver a casa. Sí, todavía me monto en coches blancos para volver a casa. Parece increíble.
Hablando un poco de colores, sigo en busca de unos zapatos negros. No hay nada más clásico que unos zapatos negros. Me gusta lo clásico. Lo digo algún que otro sábado antes de hundir la cabeza en la almohada. Alguna vez que otra antes de pulsar el botón del play. Me gusta lo clásico. Con unas buenas medias negras y sin minifalda azul.