domingo, 29 de agosto de 2010

Hoy, hace un año, o más bien hace más de una vida, que me enfadé. Y lloré. Y pataleé. Era un verano azul celeste, en el que en los ratos muertos escuchaba al gran Enrique González por unos auriculares de no más de siete euros. Y escribía líneas y líneas pensando en quién sería el que cantaba eso de quién me ha robado el mes de abril. Pero no había tiempo para pensar en primaveras, porque septiembre estaba ahí a la vuelta de la esquina. Y yo qué sé. Ya dije más de una vez que septiembre era un mes de estrenar cosas. Puede que por eso nunca encontraba en mi bolso mi mechero de ovejas blancas. Y una buena tarde, en la parada del 23, apareció uno rosa, porque los camareros son algo rencorosos. Eso no me lo dices tú en la calle.
Y nació. Y creció. Y está a punto de soplar la primera vela. Ai, qué dilema. Yo habría tardado más de una vida entera o eterna, ya no me acuerdo. Sólo me acuerdo de autobuses y llantos. Y de tu risa cuando te das la vuelta y caes en el otro lado de la cama. Esa risa es importante. Después, yo me voy a dormir antes de que sea la hora de irse a casa.

jueves, 12 de agosto de 2010

Cristina

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Me llamo Cristina. Nunca me ha gustado mi nombre, pero en madrugadas de lluvia reconozco que si no me llamase así no habría sido musa de Sabina con tres años mal cumplidos. Eso me cantaban muchos cuando ya sabía leer pero aun no hablaba bien. No sabía el mundo todo lo que le esperaba. En mi casa había un tocadiscos y un vinilo que decía algo así como Física y Química y yo me las aprendí enteras antes de empezar el colegio.

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lunes, 2 de agosto de 2010

Me hizo falta una segunda vez para fijarme bien. Segundas partes nunca fueron buenas. Pero tercera… ah, terceras. No consigo recordar por qué motivo accedí a ir. Antes no me molestaba el pelo en la cara. En el baño hay carmín, y si por mí fuera todas las noches serían diecinueve de febrero. Espera, que son las diez y media y tengo que llamar. En la tele pongo los subtítulos, pero sin gafas no puedo leer. No le digas a nadie que no veo bien. Y que el fútbol es así, unas veces se gana, otras se pierde. Y mira, que te quería comentar un tema… ¿Quieres cenar esta noche conmigo? Vamos en coche, aunque tenga una puerta abollada. Porque, por una vez, todo estaba lleno de aviones y una tarde de sol de invierno hablaba de él en un metro ligero en el que monté gratis una semana. A veces me gustaba bajar por esas escaleras. Pero siempre lo hacía sola, y sin camiseta de rayas. Y oye, que nunca te lo he visto puesto. Otras veces se besa con pasión cuando marcan gol en el bar. Yo te prometo una guitarra nueva la próxima Navidad que tenga dinero. Mientras tanto tendrás que conformarte con llevar copos de nieve en la cartera.