miércoles, 27 de enero de 2010

Tras cuarto y mitad se puede decir que volvemos. Yo tenía antojo de cocacola, pero tras bajar al supermercado y darle el primer trago, me di cuenta de que no era eso lo que quería, que yo tenía antojo de comer y dormir, y poco más. Mi madre me ha mandado por correo mi nueva taza de desayuno. Teniendo en cuenta que he comprado el mismo detergente que usa ella, con la taza de desayuno, es como si tuviese mi casa reducida en veinte metros cuadrados. Todos los días le llamo, no puedo evitarlo y es mi culpa. Los papeles se me amontonan. Todos están escritos a colores. Yo preferiría que estuviesen en blanco, a ver si de una vez me dejaban en paz pero no pudo ser. Mientras tanto yo aun no estrené enero, y febrero se presenta como más de lo mismo. Qué desgracia.
Yo sé que él podría convertir hoy en algo más que eso, en más que hoy, veintisiete de enero, en un día especial, por ejemplo. No creo que se le de mal, está bastante acostumbrado a hacerlo. Pero mientras espero que hoy sea algo más, me vuelvo a la cama, me duele la cabeza, y entre mi lado de la cama y la pared, hay poco más que aire.
Pobre Cristina, como diría Sabina.
Pobre Cristina, digo yo.