martes, 1 de septiembre de 2009

Nueve

Septiembre olía a esa sensación de irse a dormir entre sábanas gastadas, pero recién sacadas del tendal. Septiembre olía a verano aun, con mis heridas en el pie derecho. Septiembre olía a anuncios de El Corte Inglés que llevaba diciendo mucho tiempo que ya era septiembre. Mucho antes del día uno. No sé, septiembre olía a lo de siempre. Eran treinta hojas blancas por estrenar tras un agosto apurado. Yo el primer día gritaba sobre el primer folio. Después hice un avión y lo tiré por la ventana. Lo hice volar. El primero voló más lejos de dónde puedo alcanzar a ver sin gafas. Septiembre era hora de ponerse las gafas de nuevo, de empezar a contar las estrellas como si fueran los días que faltan.
En septiembre el mundo siempre se volvía loco. Ni los propios niños podían ponerse de acuerdo.

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