martes, 29 de septiembre de 2009

Mi vida en maletas

A tan sólo un día de lo que tenga que pasar, vuelvo a comer patatas bravas, me escondo en portales y escribo sobre teclas planas que tienen letras que nunca quieren decir nada.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

No sé escribir canciones. Lo intento, pero no me sale. Y así no escribo canciones, porque además él no sabe cantar. Por lo demás, los kilómetros se cuentan hacia atrás, se termina en cero. Los vecinos no escuchan, los gatos sí miran, las luces no mienten. El rock and roll hace falta. Sus versos también.

Y yo me limpio los labios, que aun me quedan muchos besos que guardar.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Se me va la fuerza por la boca cuando intento poner títulos. También me pasa cuando me despierto con los primeros acordes de un solo de guitarra. Especialmente el de su canción favorita. Despertar así es como oxidar de un golpe todos los amaneceres anteriores y dejarlos inservibles bajo una manta. Despertar así es una llamada perdida, un coche blanco, un beso de ascensor, las cinco de la tarde, siete rodajas de tomate natural.

martes, 15 de septiembre de 2009

Nunca me había preocupado de si eso que yo hacía creyendo que era mejor, era realmente lo mejor, y no algo que lo sustituía por puro placer. Por lo demás, me atoro siempre pintando la misma uña. La novena. El marrón oscuro no le gusta, y siendo sinceros, a mí nunca han terminado de convencerme los colores indefinidos. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.
Volviendo al nueve, el nueve es eso, un número, masculino singular. A veces, sólo a veces, en mi cabeza, al nueve le sobran cinco, pero esa es otra historia. Realmente él no tiene nada que ver con los nueves, ni con ningún número en general. Pero más en particular tiene que ver con atardeceres con viento, llaves de colores y patatas fritas bastante frías, aunque a mi me acaban gustando igual.

Despacito y buena letra. Para la primera y tercera del singular.
Y para todas las demás.


Nunca había tenido los labios tan negros ni los oídos tan llenos de rock and roll.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La cafeína en taza se bebe mucho mejor. No es que lo haya pensado hoy, si no que llegué a esa conclusión hará un par de meses, cuando la convertí en mi droga y dejé de creer en los vasos, tan fríos, tan transparentes, sin asa. Por lo demás, sigo sin saber jugar al ahorcado. No es que no sepa jugar, es que no sé jugar bien y hace mucho que me robaron la paciencia. No aguanto sesenta y cinco partidas ni queriendo, siempre hay algo que me distrae. No sé, como un beso robado de esos de los que tanto me gusta escribir de madrugada. Un beso de ascensor. Y así, sin jugar, adiós a las palabras en francés, a la mermelada de naranja. Volvemos a la costumbre de un puñadito de pasas antes del tazón de leche. Todo en su justa medida.

sábado, 5 de septiembre de 2009

De números va la cosa

El tres empezaba con miedo porque sabía que que todos sus pasos llevaban impresa detrás una fecha de caducidad. Todos, hasta los que nadie sabe que quiso dar. Eran como las bibliotecas, con posibilidad de renovar y volver a empezar de cero. Pero seis después, el nueve se jugó la mitad de sus ahorros a los números pares. En las carreras no corrían ni perros ni caballos. Seguía corriendo el tres. Y supo aprender a vivir con ello.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Escucho éxitos de los 90 y pienso en ella. En ella y sus palabras en francés y sus canciones en castellano. Por lo demás, me dedico a estudiar pronombres y cambiarlos de género porque así igual es mejor. Pero quién sabe. No me termina de convencer eso de comer patatas fritas los martes por la tarde. Bromas y comida basura aparte, ahora escucho de fondo la melodía sin llegar a entender la letra porque no puedo subir el volumen, que mamá está durmiendo y no puedo despertarla. Por lo demás, nada está de más, hay demasiadas cosas de menos, fuera ya no hace ni sol, ni luna, ni nada que se le parezca. Y las estrellas…En fin, las estrellas son otra historia, siempre lo fueron. Se esconden detrás de las farolas en las ciudades y saben hacer más de mil cosas más, pero no sé cuáles, porque eso no iba a caer en el examen.

Esto no puede acabar bien.

martes, 1 de septiembre de 2009

Nueve

Septiembre olía a esa sensación de irse a dormir entre sábanas gastadas, pero recién sacadas del tendal. Septiembre olía a verano aun, con mis heridas en el pie derecho. Septiembre olía a anuncios de El Corte Inglés que llevaba diciendo mucho tiempo que ya era septiembre. Mucho antes del día uno. No sé, septiembre olía a lo de siempre. Eran treinta hojas blancas por estrenar tras un agosto apurado. Yo el primer día gritaba sobre el primer folio. Después hice un avión y lo tiré por la ventana. Lo hice volar. El primero voló más lejos de dónde puedo alcanzar a ver sin gafas. Septiembre era hora de ponerse las gafas de nuevo, de empezar a contar las estrellas como si fueran los días que faltan.
En septiembre el mundo siempre se volvía loco. Ni los propios niños podían ponerse de acuerdo.

Día del blog

(Con dos o tres horas de retraso)

Empecé a escribir porque dejé de pintar y algo tenía que hacer con mis manos. Guardaba sorbitos de tinta negra por si se me daba por perfilar pero era mentira. El lápiz del número cero lo hacía mejor, aunque las malas lenguas se empeñaban en negarlo. Tanta tinta negra que guardé, que no sirvió de nada. Venía de allá donde la gente mira por lineas de luz más pequeñas que las mias, pero no tenía de qué preocuparme. Y menos que importarme.