jueves, 23 de julio de 2009

Ella tiene un don

Pasé media primavera sin poner título a mis palabras porque no lo creía necesario. Pero supongo que ahora sí me hace falta. Recapitulemos. Tras hacer borrones y borrones y no contar hasta nueve, si no que tuve que contar hasta diecinueve como dice la canción, van a dar las dos de la mañana, el viento hace chocar la lluvia contra mi ventana y yo sigo creyéndome mejor poeta simplemente por rimar, o pretenderlo. Por lo demás, los últimos tres días han sido uno de esos inviernos que no escuchan, que no acaban. Pero yo qué sé, el invierno no es tan malo y la lluvia sólo moja. Y mezclada con jabón, hace burbujas.
Me bastaron tres, bueno no, cuatro. Cuatro minutos para llorar el invierno que llevaba dentro. No es que hubiese prisa, pero sigo sosteniendo la idea de que sin eficacia no llegaremos a ser nunca viejos satisfechos. Lo bueno de los días malos es que los siguientes suelen ser mejores. Los días mejores son como la primavera del invierno, siempre va a llegar.
Y la verdad, es que no sé por qué últimamente hago referencia a las estaciones del año con tanta frecuencia. Y no sé por qué dudé al ponerle tilde al últimamente. Y tampoco sé porque este invierno lo curó un pronombre personal de tercera masculino singular.

jueves, 9 de julio de 2009

La ley

Enamorarse no entraba dentro de la ley. Tenía seis puntos y no los recuerdo bien, pero el amor, no, eso no entraba. Ni dentro, ni fuera, ni donde se quisiera posar. Yo el amor lo llevodentro. No lo enseño mucho no vaya a ser que se me gaste. O que me lo roben, lo que podría ser peor. Eso lo aprendí tras pasar moche si y noche también escuchando canciones de amor con batería fondo, llenas de ratas y alcohol. Yo entonces era algo inocente y buscaba siempre el momento perfecto.
Ella siempre me repetía que cualquier momento era perfecto,
que no había que buscarlo. Pero prefería no hacerle caso.
Yo distribuyo la música por estaciones.
Caliento la leche sólo en invierno,
el resto del año no me hace falta.
Y uso la bicicleta sólo en verano, que no llueve.
Que si llueve, el suelo resbala.

lunes, 6 de julio de 2009

150 piezas


Cuando era pequeña pensaba que Francia era sólo ese trocito que aparecía en un puzzle que dibujaba un mapa de España. No es que me sienta orgullosa, pero he de confesar que cuando vi por primera vez el mapa entero de ese país vecino sentí mucho vértigo.

Tanto vértigo (o más) que cuando se recibe una llamada de teléfono de madrugada que te sorprende corriendo bajo la lluvia estival, que no debería estar, pero le da igual. Sé que va a llegar un momento en el que le perderé el miedo a los autobuses que van por la autopista porque me pueden llevar hacia un avión. Y el avión a un punto concreto de Francia, cuyo mapa ya no me da vértigo, pero sé que nunca aprenderé a conjugar todos sus verbos, y mucho menos los que ya de por si son difíciles de sentir.

Cambiando de pronombre, diré que un discreto tercer lugar siempre es mejor que el primero. Con sus peculiaridades, con su vocación frustrada y sus ganas de ver mundo. Y, por supuesto, la insistencia de llevarme consigo, aunque a mí me da miedo.

Por eso tiré el tabaco a la papelera y después la vacié en el contenedor de delante del portal. Pero hay casas donde el camión de la basura se oye tras el telediario. Y el vicio siempre llama más de dos veces. Así fue que me gasté el dinero de la compra de la semana en trazar un plan del que yo no estaba segura, pero que estaba terminado ya.

Y hablando de terminar, el fin se encuentra en Francia. Ella no sabe beber vino, que no le gusta, dice. Sabe desayunar tostadas y cenar un tazón de leche muy caliente si fuera hace frío. Yo no sé cuánto frío va a hacer en Francia, pero por si acaso haré una bufanda. Porque la voz es importante. Porque su voz es más importante aun. Porque cuando me baje del último autobús, los recuerdos quedarán en la papelera.



Y no vale reciclar.

domingo, 5 de julio de 2009

Hay palabras bonitas, como burbuja,
que son así de bonitas ya sólo con pensarlas.
Sin pronunciar. Después hay palabras que no son tan bonitas,
y que no me atrevo a escribir,
pero existen y siempre están ahí.
También hay unos treinta y dos millones de colores.
Hay días que llueve en el cielo.
Pero el suelo no acaba mojado.