martes, 30 de junio de 2009

Antes de que empezara, lo poco que había se rompió. Era inevitable. Es como una de esas gomas de las cajas de embalaje, que estiran y estiran y estiran. Y rara vez se rompen. Pero alguna vez lo hacen. Yo sabía que iba a acabar mal, pero no había qué hacerle. Supongo que siguió escuchando canciones en francés a pesar de no conocer una palabra.

Había buses impuntuales, trenes llenos, paradas vacías y maletas por doquier. Maletas en todas partes, siempre en el medio. Sin dejar pasar. En el fondo las maletas son unas maleducadas porque no acostumbran a hacer caso. Algunos de los que se bajaban en la siguiente parada iban vestidos de blanco.

Todos se la turnaron en algún momento, dejándola pasar. Y así, iba dando tumbos sin saber qué habría al otro lado de la puerta. Sabía sólo que acabaría mal. La pantalla de la cámara empezaba a estallar. La poca memoria que tenía me quedaba en un pedazo de plástico y no podría ver nada si la pantalla seguía estallando. No había bañeras lo suficientemente grandes como para ahogarse, pero hay gente que simplemente se hago sin bañera y sin agua, que se ahoga por querer morir, que se muere por no querer seguir viviendo. Dos aviones después, el otro era igual y diferente. Llevaba mochila, por fin desterré la maleta. Pero seguía confundiendo pronombres.

Me encapriché tanto, que acabaron por seguirme. Pero hacía frío. Era casi imposible, pero hacía frío. O al menos, yo tenía frío. Había cajas blancas muy vacías, paredes de piedra y muchos rotuladores. Rotuladores de todos los colores. Aunque siempre faltaba uno de los azules. Los gatos se lo había llevado, allí donde rompen las olas. No era cosa de buscarlo, no me hacía falta. Necesitaba muchas más cosas y ninguna era de color azul oscuro. Y mientras las esperaba rebobinaba cintas de casette con un bolígrafo sin tinta. Se me acabó de escribir tu nombre. Yo sabía que iba a acabar mal. Era la discusión de nunca acabar. Tuve que confesar que a ella la dejé junto al tabaco que tiré a la papelera. Y después, creo que llovía. No me acuerdo bien. Aunque yo no me mojé.




(Gracias a los que estáis. A los que no. A los que quisisteis iros. A los que nunca vinisteis. A los que os pusisteis de espaldas. A los que pasasteis de manera fugaz. A los que me miráis mal. A los que de verdad queréis estar.)






viernes, 19 de junio de 2009

Ocurrió que un día a la primavera se le antojó irse, pero aun no era verano y no podía ni hacer la maleta y marchar para (no) volver. Entonces aguantó lo poco que pudo aguantar sin perder el poco equilibrio que le sobraba después de vivir.

Ella (la primavera no, ella en general -y particular-) quería irse con la primavera. En realidad no quería irse, yo lo creía así y no era cierto. Porque poca realidad quedaba en la ficción de mi cabeza tras el quinto cigarrillo en la ventana, tan recurrente en las noches en las que de verdad hace calor y no bajo las persianas para dormir. Como yo lo imaginé así, la dejé marchar. No es que la dejara marchar, es que le abrí la puerta sin decir nada. Mis principales errores han venido siempre por quedarme callada. Unas veces por hablar de más, otras por callar. Los errores son algo ya demasiado gastado.


El caso es, o fue, que ella no tuvo ni que hacer la maleta porque solía tomar prestado mi armario y mi nevera porque yo le dejaba sin más. Sus camisas de cuadros se repetían en mis perchas. Y guardaba con esmero más de cuatro botes de mermelada de naranja, siempre amarga. Guardaba todo lo que venía repitiendo día tras día, en todos mis versos, en todas mis palabras, toda su rutina, todos sus días, toda ella en sí. Y de tanto repetirla, se quiso gastar. Igual que la primavera, que aguanta lo poco que le queda de este año. Con sol, con días demasiado largos.
Y con silencio.
Con mucho silencio.

Con tanto silencio que se me puede oír gritar que yo en realidad no quería que se fuese, pero fue cuestión de cobardía. Y a la primavera los cobardes le dan igual. A ella no lo sé.


No tuve tiempo de
preguntárselo
.

jueves, 11 de junio de 2009



Y si no me quedan besos para darte,
¿qué hago despertándome contigo?





sábado, 6 de junio de 2009

5 de la mañana

En breves va a amanecer y supongo que lloverá, para seguir con la monotonía del gris que trae implícito junio. Tengo hambre, al final soy tan vaga que ni cené por no cocinar. Y llevo fumando en mi ventana desde poco más de las dos. Sé que no debería, pero no puedo evitarlo. Fumo cada vez que pienso en ella y eso es casi media cajetilla al día. Si sigo así, me voy a arruinar. No me va a quedar dinero, no me van a quedar besos para darte sin que sepan a alquitrán. Y es una gran pena. Por una vez, lo digo sin ironía.
Esta vez tocó cerrar los libros y escuchar canciones de cuna convertidas en versos en inglés. No sé por qué, pero tras escuchar cuatro veces las mismas palabras, no me dan ganas de bailar, aunque lleve ya meses sin hacerlo. Supongo que es que aun me duelen los pies de la última vez que quise ir a buscarte a casa y al final no estabas. Nunca estás en casa. Y para compensarlo, me traes un puñado de margaritas porque un día te inventaste que era mi flor preferida sin que yo te lo haya dicho. Qué fácil soy de contentar. Un puñado de margaritas mal arrancadas y un cigarro por cada palabra que he escrito.

Declaro que las últimas seis letras que he tecleado esta noche han sido mi mayor acto de valentía.


(Salta por la ventana, valiente)