martes, 24 de febrero de 2009

Cada ocho horas

Anoche encendí el televisor para que me hiciese compañía. Para no sentirme tan sola en el borde de la cama. El reloj me dijo que era ya hora de las pastillas. Primero la blanca, luego la azul, y al final la granate y amarilla, siempre tan dura, siempre tan frívola. Muchas veces me pregunto qué llevará dentro pero nunca me atreví a abrir ninguna. Después del trago de agua, me di cuenta de que tomaba pastillas. Pastillas. Pastillas para dormir que me mantienen despierta. Para quedarme cuerda, para volverme loca. Para no decir nunca nada equivocado. Para escapar de lo poco que queda a mi lado. Para salir a respirar entre el agobio. Pastillas para ser feliz o intentarlo. Pastillas, qué palabra tan fea. Tres cositas tan pequeñas iban a dejarme dormir tranquilamente hasta que sonase el despertador por la mañana. Y después de eso, lloré un poquito. Sólo un poquito. Más de lo imprescindible y menos de lo necesario. Pero hacia dentro, porque me da vergüenza llorar delante del televisor.

1 comentario:

laflormásputa dijo...

joder te odio mucho
sin texto, como siempre