martes, 24 de febrero de 2009

Cada ocho horas

Anoche encendí el televisor para que me hiciese compañía. Para no sentirme tan sola en el borde de la cama. El reloj me dijo que era ya hora de las pastillas. Primero la blanca, luego la azul, y al final la granate y amarilla, siempre tan dura, siempre tan frívola. Muchas veces me pregunto qué llevará dentro pero nunca me atreví a abrir ninguna. Después del trago de agua, me di cuenta de que tomaba pastillas. Pastillas. Pastillas para dormir que me mantienen despierta. Para quedarme cuerda, para volverme loca. Para no decir nunca nada equivocado. Para escapar de lo poco que queda a mi lado. Para salir a respirar entre el agobio. Pastillas para ser feliz o intentarlo. Pastillas, qué palabra tan fea. Tres cositas tan pequeñas iban a dejarme dormir tranquilamente hasta que sonase el despertador por la mañana. Y después de eso, lloré un poquito. Sólo un poquito. Más de lo imprescindible y menos de lo necesario. Pero hacia dentro, porque me da vergüenza llorar delante del televisor.

lunes, 23 de febrero de 2009

Lejos y cerca de casa

Hay veces que me quejo de tener los pies fríos y quién sabe lo que pensarían de ello esos que viven en lugares donde el cero es hacer calor en pleno febrero. Esas cosas sólo las pienso cuando cojo el 23, que me lleva a casa de mi abuela, donde siempre hace frío. Y no sabemos por qué. A veces salgo a su balcón y en estas noches que empiezan a las seis de la tarde descubro alguna estrella, pero son difíciles de ver. A veces no hay nubes y no me tengo que fijar mucho, pero son las menos. Es como si los fantasmas fuesen encendiendo las farolas que viven junto a la vía del tren, allí, al fondo de todo, justo antes del túnel. Dentro me espera un café con mucho azúcar. Ahora me gusta el café, eso es que me estoy haciendo vieja. O algo así. Igual después salgo con su manta, esa que me gusta tanto, la de cuadros que robó en un tren. Y me duermo fuera, porque hay estrellas. Tú dijiste que sería frío el amanecer. Nada más lejos de la realidad. Está al llegar la primavera.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Ahora sólo pienso en ella


El amor se llevó mi razón. Y sin cortarme ni un pelo, me fui a correr descalza por la zona vieja de la ciudad. De loca, era mi primer día. La piedra de las baldosas aun estaba caliente, como en agosto. Parecía verano. Pero no era más que una noche de febrero tras un atípico día de sol. Había trece grados y yo le regalé mi bufanda a una chica, que estaba loca y vendía libros por cincuenta céntimos, pero parecía simpática. Y aparte, era bastante guapa. Nunca aprenderé que por mucho sol que haga, las noches de febrero siempre serán frías. En la acera de los pares me entretuve en el eco de su mente, fue el mejor momento del día, del año, de mi vida. Yo sólo quería ver salir el sol, pero aun quedaba mucho y había que calentarse los huesos. Le dije algo en bajito y no me oyó. Le grité vente conmigo.

martes, 17 de febrero de 2009

Prohibido fumar

Me he comprado una cazadora de cuero y mi padre dice que ahora soy una jodida princesa del rock, que dejaré de fumar a escondidas y que me montaré en la moto de cualquiera, para dar una vuelta, dos, o no volver nunca. Y a mí me viene dando igual que sea de cuero o de algodón, que yo no me voy montando en las motos ajenas y menos si las conduce un hombre. Niña buena, le llamaban a eso, creo recordar. Sobre el tabaco sólo diré que hay una cajetilla a medias en el cajón de mi mesilla, que te olvidaste hace más de un año ya, con las prisas de volver a casa. Y qué le voy a hacer si me gusta consumirme a escondidas. Y qué voy a decir cuando no quede nada.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Cambio de marcha

Y qué le voy a hacer si me gustar ir lentamente por la vida. Que no se diga que no fui probando. Para qué trazar un plan, para qué escribir un guión si al final yo lo que quiero es acabar perdiéndome siguiendo las lineas de tu mano. ¿Y si no paro nunca de andar? ¿Qué pasará? ¿Vas a venir detrás? En algún momento me empezará a gustar esa música y acabaré siendo una de ellas. Y entonces no tendrá sentido que quiera llegar hasta la otra punta del país en el volkswagen destartalado de papá. Ya no me gustará el riesgo de que un coche me pueda dejar tirada en medio de una autopista cuando no pueda parar de llover. ¿Y entonces de que habrá servido? Yo qué sé. Dios, santo, yo qué sé. En caso de duda, dame la mano, que tengo bastante claro donde quiere ir a parar nuestro final. Y suena mejor que bien. Suena diferente.