jueves, 31 de diciembre de 2009

Propósitos de año nuevo a golpe de treinta y uno de diciembre:

365 días

jueves, 24 de diciembre de 2009

Veintitrés

Hace unos seis meses me compré un vestido bastante bonito que mi madre decidió bautizar como el vestido para una ocasión especial. Y no sabía si dicha ocasión iba a ser en día cinco o treinta y uno, pero lo guardé igual. Tú lo habías entendido mal, pero te gustaba. Y ahora pasan de las dos de la mañana es invierno y me he puesto ese vestido, después de llevar todo el día en pijama. Con cualquier motivo, me da igual. Será que no hay sitio para otro, que hoy no es noche de sábado. Será que en todo el día he tenido la sensación de que hoy se acaba la semana.

Ahora me convence menos lo que sale de la tinta de mi pluma. Es bonita. Y negra. Siempre quise tener una pluma de color negro para escribir con tinta azul.
Pero será que ya no es tiempo de escribir.
Será que hay que sumarle uno más.

martes, 22 de diciembre de 2009

Eh, chico, ¿te gustan los copos de nieve? Porque a mí, si eh. Mucho. Pero tuve la desgracia de nacer al lado del mar, donde a cero grados nunca nieva y aun encima es demasiado frío como para regalar pisadas en la acera. Tengo copos de nieve dentro de la cartera. Y también un poco más de sangre en las venas que de costumbre. El corazón más rojo. Los labios menos negros cada día, porque ya se van acostumbrando a las despedidas. Y en mis oídos sigue resonando rock en castellano y un par de canciones en inglés mal chapurreadas. Los autobuses dicen feliz Navidad en vez de decirme a dónde me pueden llevar. Y aunque sea Navidad, yo sigo teniendo que esperar hasta las seis. Pues vaya.

sábado, 19 de diciembre de 2009



Feliz Navidad a golpe de diecinueve de diciembre.



Yo quería ser diecinueve, como la canción.
Maldita sea!

sábado, 5 de diciembre de 2009

Mi madre me ha comprado un abrigo negro. Yo no tenía ningún abrigo negro hasta ahora. Y teniendo en cuenta mi fanatismo por los abrigos, por el negro y por los abrigos negros en general, tendré que ponerle la etiqueta de cosa rara porque si, y pasemos a otro tema.
Fuera llueve, como de costumbre. Pero no es un llueve como los de las otras veces, de llueve y qué bien que estoy en casa, debajo de la manta, que se moje la calle si quiere que yo no le mandé a nadie que la pusiera. No es un llueve así. No. Es un llueve de por qué tiene que llover tanto, que me mojo, los pies me quedan fríos toda la mañana y así no hay quién coja sueño pasadas las doce.
Ahora aun quedan tres horas. Y mañana el seis va a tener que ser más impar que nunca, más singular.

viernes, 20 de noviembre de 2009

De aquí al siete de diciembre aun quedan muchas mañanas para comer cereales.
Y a mí no me importa esperar.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Setenta y uno

Me he aficionado al muesli con pepitas de chocolate. No sé si es bueno o malo, aunque es probable que los botones de mis pantalones se resientan alguna mañana que otra. Por lo demás, sigue lloviendo y lloviendo y lloviendo cada vez más. No puedo ver cine en versión original, no tengo dinero, me lo gasté en engañarle para que diera cuatro besos. Y ahora me tengo que aguantar. Por lo demás, se me olvidó la letra eñe. Las cartas de amor con caligrafía de niños de parvulario que recibo de vez en cuando en clase, nunca la incluyen y no sé qué decir. No me gusta poner una coma entre el sujeto y el predicado, porque de pequeña pensaba que estaban hechos el uno para el otro y tenía que ser así. Porque ese era el plan. El plan también incluía beber el desayuno en una taza mal escrita, pero no me sobran. Se me rompió una y no encuentro una igual a la que tengo. Malditas! Nunca es tarde para terminar el aire que va quedando y yo uno palabras y palabras que no quieren decir nada y no tienen relación. Y así salen los textos.
Me quedan cinco minutos, cuatro ideas, tres esfuerzos y dos días.
Y ya está.

sábado, 7 de noviembre de 2009

No-viem-bre

Diptongos mal hechos, lluvia en la ventana.
Vodka barato, cinco letras, cuerdas de guitarra.
Público enloquecido, sueño acumulado
y pocas cosas más que contar.

sábado, 24 de octubre de 2009

En los dos años que llevo de carrera, nunca me han enseñado esa gran importancia de ponerle nombre a las cosas. Si me han enseñado (muy a su manera) la importancia del sustantivo y todos sus acompañantes en general. Pero no un por qué.
De eso se ha encargado él. No sé por qué. Igual es porque fuera llueve y yo no hago caso. Y no cojo paraguas. Y me mojo. Y me viene dando igual, como otras tantas veces, no tenía por qué cambiar.
Y así por lo demás, éste es el tercero. El segundo no quiso salir. Yo no le obligué. Cada uno en su cama. Dios en la de todos. Y no hay nada más que hablar.

viernes, 9 de octubre de 2009

Me tocaba estrenar octubre

Octubre sólo es el diez. Como la nota más alta en el colegio. Aunque yo nunca supe mirar más allá en el calendario. Supongo que es que me gusta echarle de menos porque sé que en algún momento él también va a hacerlo. Como masculino. Como singular. En un ascensor, como los besos anteriores a la despedida.
Me tocaba estrenar octubre. Con palabras sueltas. Con el último baile. Con la cama deshecha. Con la cabeza debajo de la almohada.

martes, 29 de septiembre de 2009

Mi vida en maletas

A tan sólo un día de lo que tenga que pasar, vuelvo a comer patatas bravas, me escondo en portales y escribo sobre teclas planas que tienen letras que nunca quieren decir nada.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

No sé escribir canciones. Lo intento, pero no me sale. Y así no escribo canciones, porque además él no sabe cantar. Por lo demás, los kilómetros se cuentan hacia atrás, se termina en cero. Los vecinos no escuchan, los gatos sí miran, las luces no mienten. El rock and roll hace falta. Sus versos también.

Y yo me limpio los labios, que aun me quedan muchos besos que guardar.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Se me va la fuerza por la boca cuando intento poner títulos. También me pasa cuando me despierto con los primeros acordes de un solo de guitarra. Especialmente el de su canción favorita. Despertar así es como oxidar de un golpe todos los amaneceres anteriores y dejarlos inservibles bajo una manta. Despertar así es una llamada perdida, un coche blanco, un beso de ascensor, las cinco de la tarde, siete rodajas de tomate natural.

martes, 15 de septiembre de 2009

Nunca me había preocupado de si eso que yo hacía creyendo que era mejor, era realmente lo mejor, y no algo que lo sustituía por puro placer. Por lo demás, me atoro siempre pintando la misma uña. La novena. El marrón oscuro no le gusta, y siendo sinceros, a mí nunca han terminado de convencerme los colores indefinidos. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.
Volviendo al nueve, el nueve es eso, un número, masculino singular. A veces, sólo a veces, en mi cabeza, al nueve le sobran cinco, pero esa es otra historia. Realmente él no tiene nada que ver con los nueves, ni con ningún número en general. Pero más en particular tiene que ver con atardeceres con viento, llaves de colores y patatas fritas bastante frías, aunque a mi me acaban gustando igual.

Despacito y buena letra. Para la primera y tercera del singular.
Y para todas las demás.


Nunca había tenido los labios tan negros ni los oídos tan llenos de rock and roll.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La cafeína en taza se bebe mucho mejor. No es que lo haya pensado hoy, si no que llegué a esa conclusión hará un par de meses, cuando la convertí en mi droga y dejé de creer en los vasos, tan fríos, tan transparentes, sin asa. Por lo demás, sigo sin saber jugar al ahorcado. No es que no sepa jugar, es que no sé jugar bien y hace mucho que me robaron la paciencia. No aguanto sesenta y cinco partidas ni queriendo, siempre hay algo que me distrae. No sé, como un beso robado de esos de los que tanto me gusta escribir de madrugada. Un beso de ascensor. Y así, sin jugar, adiós a las palabras en francés, a la mermelada de naranja. Volvemos a la costumbre de un puñadito de pasas antes del tazón de leche. Todo en su justa medida.

sábado, 5 de septiembre de 2009

De números va la cosa

El tres empezaba con miedo porque sabía que que todos sus pasos llevaban impresa detrás una fecha de caducidad. Todos, hasta los que nadie sabe que quiso dar. Eran como las bibliotecas, con posibilidad de renovar y volver a empezar de cero. Pero seis después, el nueve se jugó la mitad de sus ahorros a los números pares. En las carreras no corrían ni perros ni caballos. Seguía corriendo el tres. Y supo aprender a vivir con ello.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Escucho éxitos de los 90 y pienso en ella. En ella y sus palabras en francés y sus canciones en castellano. Por lo demás, me dedico a estudiar pronombres y cambiarlos de género porque así igual es mejor. Pero quién sabe. No me termina de convencer eso de comer patatas fritas los martes por la tarde. Bromas y comida basura aparte, ahora escucho de fondo la melodía sin llegar a entender la letra porque no puedo subir el volumen, que mamá está durmiendo y no puedo despertarla. Por lo demás, nada está de más, hay demasiadas cosas de menos, fuera ya no hace ni sol, ni luna, ni nada que se le parezca. Y las estrellas…En fin, las estrellas son otra historia, siempre lo fueron. Se esconden detrás de las farolas en las ciudades y saben hacer más de mil cosas más, pero no sé cuáles, porque eso no iba a caer en el examen.

Esto no puede acabar bien.

martes, 1 de septiembre de 2009

Nueve

Septiembre olía a esa sensación de irse a dormir entre sábanas gastadas, pero recién sacadas del tendal. Septiembre olía a verano aun, con mis heridas en el pie derecho. Septiembre olía a anuncios de El Corte Inglés que llevaba diciendo mucho tiempo que ya era septiembre. Mucho antes del día uno. No sé, septiembre olía a lo de siempre. Eran treinta hojas blancas por estrenar tras un agosto apurado. Yo el primer día gritaba sobre el primer folio. Después hice un avión y lo tiré por la ventana. Lo hice volar. El primero voló más lejos de dónde puedo alcanzar a ver sin gafas. Septiembre era hora de ponerse las gafas de nuevo, de empezar a contar las estrellas como si fueran los días que faltan.
En septiembre el mundo siempre se volvía loco. Ni los propios niños podían ponerse de acuerdo.

Día del blog

(Con dos o tres horas de retraso)

Empecé a escribir porque dejé de pintar y algo tenía que hacer con mis manos. Guardaba sorbitos de tinta negra por si se me daba por perfilar pero era mentira. El lápiz del número cero lo hacía mejor, aunque las malas lenguas se empeñaban en negarlo. Tanta tinta negra que guardé, que no sirvió de nada. Venía de allá donde la gente mira por lineas de luz más pequeñas que las mias, pero no tenía de qué preocuparme. Y menos que importarme.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Poco antes de que faltase una hora para que se acabara ayer, el verano hizo honor a su nombre y a su locura y se montó en un coche sin color dispuesto a navegar. Por lo demás, el flash de mi cámara sigue sin funcionar y ahora no puedo retocar las noches que no duermo. Y como no me entretengo al no dormir, pienso en ella, que la quiero. Pero sólo a veces. Otras veces lo mejor es cambiar el género de los pronombres de manera radical. Agosto se quiere marchar y yo lo intento coger por sus últimas letras. Pero amenazan con separarse. Y supongo que eso no es nada bueno. Así que al final, me vuelvo a mi partida de ajedrez sin terminar, y lo que tenga que ser, será.

lunes, 24 de agosto de 2009

Gasto las horas en repasar gerundios. Qué poco me gustan los gerundios. Me espera ahora una vida sin verla. Eso tampoco me gusta, pero a diferencia de los gerundios, es algo imposible de evitar. No tengo hambre, ni sueño, ni ganas de cantar, ni ánimo de ir a tumbarme a la hierba a contar las pocas estrellas que las farolas me dejan ver sin gafas. Y así, gasto y gasto, y me van a dar más de las mil. Aun encima del edredón, con la almohada en el suelo. Con el ordenador encendido. Con su anillo en mi dedo.
Mañana pide cena para dos. Sabes que te dejaré más de la mitad.

domingo, 23 de agosto de 2009

Domingo, otra vez

Ella se ha quedado allí y fuera hace demasiado sol como para salir. Me apetece chocolate con leche y almendras. Ojo, almendras. Las avellanas han dejado de gustarme. Concretamente cuando probé las galletas de la madre de Iván, que son de avellana y una variante por fruto seco es suficiente en la vida. Las almendras en el chocolate de almendras, las avellanas en forma de galleta y los cacahuetes con porrones de vino tinto.
Gasto mi tiempo con su ausencia y canciones en francés. De vez en cuando, entiendo alguna palabra, pero son las menos. Los vecinos ponen Marlango demasiado alto y eso me recuerda a aquella tienda donde siempre ponían Marlango. No necesariamente demasiado alto, pero lo ponían. Vendían bolas para hacer pulseras. Bolas de todas las formas y colores, no sólo circular. Sí, tengo presente que las bolas son esféricas, pero circular quedaba mejor. He encontrado un casette del año 2001 con canciones que no entiendo por qué me llegaron a gustar por aquel entonces. Porque supongo que si están en un casette es porque me gustaban. O al menos eso pienso yo.
Y ahora mismo aun quedan diecisiete días y a mi no me apetece ponerme otros vaqueros. Qué asco, domingo otra vez.

sábado, 22 de agosto de 2009

Leones, mujeres, aviones y alcohol

Siete pantallas sin sonido. Escaleras limpias. Fotos borrosas. Pan con queso. Física, química y ciencias en general. Cama de matrimonio cariñoso. 38ºC. Heridas en los pies.
Aquí huele a despedida. De principio y de final.



(Sin princesa que besar
y sin poderlo remediar
http://www.youtube.com/watch?v=nw6LABvearY)

martes, 11 de agosto de 2009

Cosas que merece la pena conservar

El mar. Sus olas. Tus preguntas. La cantidad exacta de colacao que hay que echar en la leche fria para que no haga grumos. Las réflex analógicas. Las escalas cromáticas con colores cítricos. Los bares de ambiente. Los bancos de madera blanca. Los clips de color azul. El metro de Lyon (que dicen que no huele mal). Los recortes de revista. Algún que otro libro de Bukowski. Alguno de Capote, para que no se cele. Las guitarras acústicas llenas de pegatinas. La letra h. Las gafas de pasa. Tu labio superior. Un plano de Barcelona. Los bonos de metro. Los converse bajos. El esmalte de uñas granate. Las almendras del chocolate con almendras. los restaurantes chinos que dan comida a domicilio. Un par de vinilos (los que sean). Las gafas de pasta de color negro. Las camisetas blancas. Las virutas de colores que se le echan a los pasteles. Las pinzas de madera. Las ventanas que se abren hacia fuera. Los mecheros a medio gas. Las cazadoras de cuero negras. El papel de las Polaroid. Los ceniceros llenos. Las calles vacías con farolas encendidas. Los vestidos de lunares. Las risas de los niños.
Y tú.

Poetas malos como yo, sobran en todos lados.

lunes, 3 de agosto de 2009

Recapitulemos

Es dos de agosto, ya casi casi tres. Estamos en 2009. Hay mucho ruido. Fuera, dentro, siempre. Vengo de dejar huellas en la arena, y, como dice la canción, las borrará el mar. Pero dará igual porque podría estar en todos lados e ir a cualquier lugar, pero elegir no estar en ninguna parte. Al menos esta noche. Voy a meterme en una cesta y desde fuera haré una foto con el temporizador y la llamaré arte. A cualquier cosa la llaman arte. Eso sólo pasa hoy. Hay risas en todas partes. Menos en donde lloran. Pero por desgracia sigo perteneciendo a esa parte del mundo que ríe y dice que quiere ver llorar, pero es mentira. Mi colección de pistolas de agua está llena de balas de plata. Y de plata es el pendiente que ella se ha vuelto a poner en la nariz. Un aro, que dice que le gustan las cosas redondas. Yo asiento con la sonrisa cansada y pienso que los aros nunca me gustaron. Pero supongo que ahora que ya ha dejado de llover no son horas de hablar de ella, si no de todo lo demás. El unvierso no me hace caso, y mientras espero no desespero y me pinto las uñas de color rojo, que es un color bonito y aparte no significa nada.

sábado, 1 de agosto de 2009

Prometí que sería mi excepción del día, mi única vez en la vida. Le pedí su anillo grande, de llevar en el dedo índice. Por fin había encontrado a una persona con los dedos igual de pequeñitos que los mios. Y la dejo irse. Me dio el anillo con una condición. No le dejé decírmela. El anillo era el pedacito de ella que yo quería quedarme. Sé que me lo pondré con una camisa de cuadros para cumplir con el tópico, para aumentar rumores, para callar heridas. Cazadora de cuero. Y rómpeme los pantalones, a mi no se me da bien. Ya me ato yo los cordones a mi manera.



Lo bueno es que me dejó su anillo. Hace un par de años cogí esa costumbre. Siempre me quedo con un pedacito de la gente que merece la pena conocer.

jueves, 23 de julio de 2009

Ella tiene un don

Pasé media primavera sin poner título a mis palabras porque no lo creía necesario. Pero supongo que ahora sí me hace falta. Recapitulemos. Tras hacer borrones y borrones y no contar hasta nueve, si no que tuve que contar hasta diecinueve como dice la canción, van a dar las dos de la mañana, el viento hace chocar la lluvia contra mi ventana y yo sigo creyéndome mejor poeta simplemente por rimar, o pretenderlo. Por lo demás, los últimos tres días han sido uno de esos inviernos que no escuchan, que no acaban. Pero yo qué sé, el invierno no es tan malo y la lluvia sólo moja. Y mezclada con jabón, hace burbujas.
Me bastaron tres, bueno no, cuatro. Cuatro minutos para llorar el invierno que llevaba dentro. No es que hubiese prisa, pero sigo sosteniendo la idea de que sin eficacia no llegaremos a ser nunca viejos satisfechos. Lo bueno de los días malos es que los siguientes suelen ser mejores. Los días mejores son como la primavera del invierno, siempre va a llegar.
Y la verdad, es que no sé por qué últimamente hago referencia a las estaciones del año con tanta frecuencia. Y no sé por qué dudé al ponerle tilde al últimamente. Y tampoco sé porque este invierno lo curó un pronombre personal de tercera masculino singular.

jueves, 9 de julio de 2009

La ley

Enamorarse no entraba dentro de la ley. Tenía seis puntos y no los recuerdo bien, pero el amor, no, eso no entraba. Ni dentro, ni fuera, ni donde se quisiera posar. Yo el amor lo llevodentro. No lo enseño mucho no vaya a ser que se me gaste. O que me lo roben, lo que podría ser peor. Eso lo aprendí tras pasar moche si y noche también escuchando canciones de amor con batería fondo, llenas de ratas y alcohol. Yo entonces era algo inocente y buscaba siempre el momento perfecto.
Ella siempre me repetía que cualquier momento era perfecto,
que no había que buscarlo. Pero prefería no hacerle caso.
Yo distribuyo la música por estaciones.
Caliento la leche sólo en invierno,
el resto del año no me hace falta.
Y uso la bicicleta sólo en verano, que no llueve.
Que si llueve, el suelo resbala.

lunes, 6 de julio de 2009

150 piezas


Cuando era pequeña pensaba que Francia era sólo ese trocito que aparecía en un puzzle que dibujaba un mapa de España. No es que me sienta orgullosa, pero he de confesar que cuando vi por primera vez el mapa entero de ese país vecino sentí mucho vértigo.

Tanto vértigo (o más) que cuando se recibe una llamada de teléfono de madrugada que te sorprende corriendo bajo la lluvia estival, que no debería estar, pero le da igual. Sé que va a llegar un momento en el que le perderé el miedo a los autobuses que van por la autopista porque me pueden llevar hacia un avión. Y el avión a un punto concreto de Francia, cuyo mapa ya no me da vértigo, pero sé que nunca aprenderé a conjugar todos sus verbos, y mucho menos los que ya de por si son difíciles de sentir.

Cambiando de pronombre, diré que un discreto tercer lugar siempre es mejor que el primero. Con sus peculiaridades, con su vocación frustrada y sus ganas de ver mundo. Y, por supuesto, la insistencia de llevarme consigo, aunque a mí me da miedo.

Por eso tiré el tabaco a la papelera y después la vacié en el contenedor de delante del portal. Pero hay casas donde el camión de la basura se oye tras el telediario. Y el vicio siempre llama más de dos veces. Así fue que me gasté el dinero de la compra de la semana en trazar un plan del que yo no estaba segura, pero que estaba terminado ya.

Y hablando de terminar, el fin se encuentra en Francia. Ella no sabe beber vino, que no le gusta, dice. Sabe desayunar tostadas y cenar un tazón de leche muy caliente si fuera hace frío. Yo no sé cuánto frío va a hacer en Francia, pero por si acaso haré una bufanda. Porque la voz es importante. Porque su voz es más importante aun. Porque cuando me baje del último autobús, los recuerdos quedarán en la papelera.



Y no vale reciclar.

domingo, 5 de julio de 2009

Hay palabras bonitas, como burbuja,
que son así de bonitas ya sólo con pensarlas.
Sin pronunciar. Después hay palabras que no son tan bonitas,
y que no me atrevo a escribir,
pero existen y siempre están ahí.
También hay unos treinta y dos millones de colores.
Hay días que llueve en el cielo.
Pero el suelo no acaba mojado.

martes, 30 de junio de 2009

Antes de que empezara, lo poco que había se rompió. Era inevitable. Es como una de esas gomas de las cajas de embalaje, que estiran y estiran y estiran. Y rara vez se rompen. Pero alguna vez lo hacen. Yo sabía que iba a acabar mal, pero no había qué hacerle. Supongo que siguió escuchando canciones en francés a pesar de no conocer una palabra.

Había buses impuntuales, trenes llenos, paradas vacías y maletas por doquier. Maletas en todas partes, siempre en el medio. Sin dejar pasar. En el fondo las maletas son unas maleducadas porque no acostumbran a hacer caso. Algunos de los que se bajaban en la siguiente parada iban vestidos de blanco.

Todos se la turnaron en algún momento, dejándola pasar. Y así, iba dando tumbos sin saber qué habría al otro lado de la puerta. Sabía sólo que acabaría mal. La pantalla de la cámara empezaba a estallar. La poca memoria que tenía me quedaba en un pedazo de plástico y no podría ver nada si la pantalla seguía estallando. No había bañeras lo suficientemente grandes como para ahogarse, pero hay gente que simplemente se hago sin bañera y sin agua, que se ahoga por querer morir, que se muere por no querer seguir viviendo. Dos aviones después, el otro era igual y diferente. Llevaba mochila, por fin desterré la maleta. Pero seguía confundiendo pronombres.

Me encapriché tanto, que acabaron por seguirme. Pero hacía frío. Era casi imposible, pero hacía frío. O al menos, yo tenía frío. Había cajas blancas muy vacías, paredes de piedra y muchos rotuladores. Rotuladores de todos los colores. Aunque siempre faltaba uno de los azules. Los gatos se lo había llevado, allí donde rompen las olas. No era cosa de buscarlo, no me hacía falta. Necesitaba muchas más cosas y ninguna era de color azul oscuro. Y mientras las esperaba rebobinaba cintas de casette con un bolígrafo sin tinta. Se me acabó de escribir tu nombre. Yo sabía que iba a acabar mal. Era la discusión de nunca acabar. Tuve que confesar que a ella la dejé junto al tabaco que tiré a la papelera. Y después, creo que llovía. No me acuerdo bien. Aunque yo no me mojé.




(Gracias a los que estáis. A los que no. A los que quisisteis iros. A los que nunca vinisteis. A los que os pusisteis de espaldas. A los que pasasteis de manera fugaz. A los que me miráis mal. A los que de verdad queréis estar.)






viernes, 19 de junio de 2009

Ocurrió que un día a la primavera se le antojó irse, pero aun no era verano y no podía ni hacer la maleta y marchar para (no) volver. Entonces aguantó lo poco que pudo aguantar sin perder el poco equilibrio que le sobraba después de vivir.

Ella (la primavera no, ella en general -y particular-) quería irse con la primavera. En realidad no quería irse, yo lo creía así y no era cierto. Porque poca realidad quedaba en la ficción de mi cabeza tras el quinto cigarrillo en la ventana, tan recurrente en las noches en las que de verdad hace calor y no bajo las persianas para dormir. Como yo lo imaginé así, la dejé marchar. No es que la dejara marchar, es que le abrí la puerta sin decir nada. Mis principales errores han venido siempre por quedarme callada. Unas veces por hablar de más, otras por callar. Los errores son algo ya demasiado gastado.


El caso es, o fue, que ella no tuvo ni que hacer la maleta porque solía tomar prestado mi armario y mi nevera porque yo le dejaba sin más. Sus camisas de cuadros se repetían en mis perchas. Y guardaba con esmero más de cuatro botes de mermelada de naranja, siempre amarga. Guardaba todo lo que venía repitiendo día tras día, en todos mis versos, en todas mis palabras, toda su rutina, todos sus días, toda ella en sí. Y de tanto repetirla, se quiso gastar. Igual que la primavera, que aguanta lo poco que le queda de este año. Con sol, con días demasiado largos.
Y con silencio.
Con mucho silencio.

Con tanto silencio que se me puede oír gritar que yo en realidad no quería que se fuese, pero fue cuestión de cobardía. Y a la primavera los cobardes le dan igual. A ella no lo sé.


No tuve tiempo de
preguntárselo
.

jueves, 11 de junio de 2009



Y si no me quedan besos para darte,
¿qué hago despertándome contigo?





sábado, 6 de junio de 2009

5 de la mañana

En breves va a amanecer y supongo que lloverá, para seguir con la monotonía del gris que trae implícito junio. Tengo hambre, al final soy tan vaga que ni cené por no cocinar. Y llevo fumando en mi ventana desde poco más de las dos. Sé que no debería, pero no puedo evitarlo. Fumo cada vez que pienso en ella y eso es casi media cajetilla al día. Si sigo así, me voy a arruinar. No me va a quedar dinero, no me van a quedar besos para darte sin que sepan a alquitrán. Y es una gran pena. Por una vez, lo digo sin ironía.
Esta vez tocó cerrar los libros y escuchar canciones de cuna convertidas en versos en inglés. No sé por qué, pero tras escuchar cuatro veces las mismas palabras, no me dan ganas de bailar, aunque lleve ya meses sin hacerlo. Supongo que es que aun me duelen los pies de la última vez que quise ir a buscarte a casa y al final no estabas. Nunca estás en casa. Y para compensarlo, me traes un puñado de margaritas porque un día te inventaste que era mi flor preferida sin que yo te lo haya dicho. Qué fácil soy de contentar. Un puñado de margaritas mal arrancadas y un cigarro por cada palabra que he escrito.

Declaro que las últimas seis letras que he tecleado esta noche han sido mi mayor acto de valentía.


(Salta por la ventana, valiente)

jueves, 28 de mayo de 2009

Nunca quise escribir poesía por lo que pudiera pasar, y ahora, a tan sólo dos días, me arrepiento más que si hubiera pasado la vida hurgando versos en tu espalda, dejándolos olvidados en cualquier hotel barato perdido en una carretera, y que alguien se hubiese aprovechando de ellos.

Recuerdo cuando dormíamos en colchones prestados, en el más impuro sentido de la palabra, de cualquier palabra digna de salir de tu boca. Ahora ya da igual pasar de largo. Fumo cada día pensando en eso que siempre quise decirte y que al final te dije. Y tú te fuiste sin dejar ni el último cigarrillo a medias, en un coche robado, o yo qué sé. No supe más allá de aquella puerta. Fuera ahora llueve y hace frío. Mi manta tiene un gran agujero, yo no lo sabía, se lo acabo de ver. En el colegio me enseñaron que el suelo me mantenía pegada a él porque había una fuerza que no me dejaba volar. Creo que la llamaban gravedad, pero no me hagas mucho caso. Puede que el sofá también venga con ella de fábrica, porque llevo horas y horas en él y no me canso de la estúpida posición semihorizontal que mi cuerpo intenta mantener sin quejarse. Yo antes creía que tus noches a mi lado no sabían contar amaneceres y cuánto me equivocaba. No era cosa del destino, era todo mi culpa y no supe ni guardar el DNI en la cartera para escribirte unos baratos y estúpidos versos. No llevaba suelto. Tampoco untaba mantequilla en las tostadas, no me gusta la comida de color amarillo. De haberlo sabido, hubiera hecho rimas sin poesía.

De haberlo sabido no habría escrito una tonta historia de amor, con despedida, sin final feliz.

domingo, 24 de mayo de 2009




Desde que ella duerme entre mis sábanas,
fumo tres cigarrillos más al día
y por las noches he dejado de escribir versos sin poesía
De esos que no me llevaban a ninguna parte
ni a ningún lugar




miércoles, 13 de mayo de 2009

De repente ella baja al portal con un puñado de margaritas en la mano. Dice que las robó de cualquier parque, cual niño pequeño. Su excusa es que ya llegó la primavera, aunque nunca vaya a para de llover. Yo la miro, con gabardina, empapada hasta las cejas y no sé qué decirle. Solo sé que la admiro por eso.


Valiente.

sábado, 9 de mayo de 2009

Se regala tiempo a quién no le haga falta.
Razón Aquí.
Es que por experiencia sé que hay gente que se aferra a la libertad para no enfrentarse a lo que da miedo.
(Laura Mirás)

miércoles, 6 de mayo de 2009

Fuera no luce el sol. La luz aun llega a mi ventana porque las calles arden en ríos de alcohol barato para enloquecer mejor. Tú te reflejas en el cristal. No sabía que estabas despierta. Perdón por hacer ruido y despertarte. Y tú me callas, me contestas que no pasa nada. Me doy cuenta de que has cogido de mi armario mi camiseta de los ramones y te odio porque te queda mejor que a mí.


Un yogur de manzana, una botella de leche, tres albaricoques, media docena de naranjas, mantequilla, mermelada de ciruela… repasas mi nevera y te decantas por el vodka que sobró de la noche anterior. Ahora entiendo mi resaca. Maldita resaca. Estás siempre en las mañanas de mis noches más llenas, más alegres, en mis noches con ella.


Eres rara. Quieres hacer zumo y no te dejo. Aun estás borracha y mi cocina sigue queriendo ser blanca. Y a ti te da igual, quieres desayunar.


Las calles ya se han apagado y sale el sol. Ya es de día. Empieza hoy. Hoy. Empiezo hoy con ganas porque estás revolviendo mi cocina con una camiseta que me cogiste del armario. Empiezo hoy porque estás a mi lado. Los vecinos ya se despiertan y no sé si quiero que te vean aquí. Un pájaro se acaba de posar en la ventana. Yo sigo tecleando tonterías sobre tú y yo. Él me mira y parece que sonríe, pero creo que eso es imposible. Sólo son pensamientos de recién levantada. Creo que anoche, con las calles, ardían los pliegues de las sábanas.




Y ahora veo que cuando cogiste la camiseta


la puerta quedó entreabierta…

domingo, 3 de mayo de 2009

Libertad de expresión


Libertad de expresión es salir una mañana a comprar una gallina. Libertad de expresión es gritarle al mundo. Libertad de expresión es saber el final del libro antes de terminarlo. Libertad de expresión es meter a más de ocho personas en tu casa. Libertad de expresión es comenzar cada día, de nuevo, la historia. Libertad de expresión es salir del armario. Libertad de expresión es pasar las páginas del periódico sin leerse todas las noticias. Libertad de expresión es abrir la ventana y tender la ropa interior al sol. Libertad de expresión es subir corriendo las escaleras. Libertad de expresión es llorar por una batalla perdida. Libertad de expresión es mirar al cielo para ver qué día hace.







Libertad de expresión es escribir esto.

Aquí y ahora.

viernes, 1 de mayo de 2009

La admiro porque aguanta encima de los tacones toda la noche sin quejarse. Y se ríe de mí porque yo sí me quejo, aunque no me duelan los pies.

El caso es quejarse.

Me gusta que se ría siempre en el momento más insospechado, cuando menos viene a cuento, así es un soplo de ánimo, algo así como un venga, que esto ya se acaba y la vida sigue. Su risa siempre anima, es contagiosa.

Y no sólo su risa, su sonrisa también.

Lleva siempre sus gafas puestas, no le asustan los defectos, y hasta le quedan bien. No se atreve a probar muchas cosas porque más vale prevenir que curar. Y ahí el empujón viene de mi parte, con mi osadía particular. Y en esas veces, noto su cabeza en mi hombro, sentadas en el sofá.

Mi hombro nunca fue cómodo, pero ella nunca me dijo nada.

Le gusta pensarse las cosas y se fija en los pequeños detalles. Es eso lo que la hace especial. Hace pasta fresca con albahaca para comer, que sabe que me gusta. Siempre a las dos y media. Siempre puntual. Aunque sabe que no llegaré en media hora como mínimo. No le importa esperar.

Pero lo que más me gusta de ella es que lleva siempre, sin excepción, un libro en el bolso que saca en el autobús sin miedo a que la miren. Y si se pasa de parada, no importa, se baja en la siguiente y hace ese camino andando. No se puede dejar un capítulo por la mitad.


Cuando dice mi nombre completo, la vida da un giro.

Me va a decir algo importante, como que me quiso cada día o cualquier cosa de estas. Yo asiento con la cabeza y me callo, porque no sé si voy a poder responderle algo que esté a la altura.

Y qué más dará, a veces me pregunto. No, no da igual, ella es mi mejor compañía, la base de todo, y yo me aprovecho de ello con su permiso. Pero si no lo tuviera, me mordería los labios y hasta la lengua con tal de conseguirlo. Que el que la sigue, la consigue. Y yo la conseguí a ella.

Tan sólo fue porque me gustaba mirar más allá de dónde mi vista podía alcanzar.


Más de la mitad de las veces tiene la razón. Su cabeza está en orden, su armario está en orden, su vida está en orden. Yo soy el pequeño caos que rompe un poco la linealidad de su vida.

He ahí mi parte miserable. Intento ser un poco descarada para que me haga caso. Y sé que no hace falta, que ella me lo hará igual. Pero me gusta y a veces me divierte.

Tengo que admitirlo, a su lado, estoy llena de mediocridad.

Ella es todo lo que nunca tendré hecho mujer.

sábado, 25 de abril de 2009

jueves, 16 de abril de 2009

Amarillo





Era un amanecer amarillo.


Tan amarillo que me hacía acordarme de ella.
Siempre tan seria. Siempre tan fría. Siempre tan guapa.
La ciudad despertaba demasiado temprano, pero puntual todos los días. Aquella mañana yo aun llevaba los pies mojados.
Y no sabía de qué.
No tenía a donde ir y caminaba tranquila, descalza. Pensando en ella y su afán por los amaneceres, en especial los amarillos.



Yo recordaba amaneceres amarillos de aquellas noches que ella se revolvía entre mis sábanas después de haberse quedado dormida en mi sofá.
Siempre juraba que no se había dormido,
pero era mentira. Yo hacía que la creía y le daba un beso en la cabeza.
A veces la dejaba dormir un poco más. Dependía del día. Y bueno, de lo que estuvieran echando en la televisión. Todo sea dicho. Cuando me interesaba, nos quedábamos un poco más. Y cuando no, también.


Me gustaba verla dormir
acurrucada, intentando meter su pequeño cuerpo en el sitio que quedaba libre en el sofá. Pero aunque la dejase dormir, me gustaba jugar con su pelo.
Siempre largo. Siempre liso y desenredado
. Su pelo caía como arena entre mis dedos.
La verdad es que siempre me pregunté por qué lo llevaba
tan largo, tan liso, tan suyo. También me gustaba cerrar los ojos cuando jugaba con su pelo. Si hubiese sido ciega de nacimiento estaría enamorada de su pelo.
Estoy segura
.


A pesar de sus amaneceres amarillos, me preparaba tostadas con mermelada de naranja cada mañana que desayunaba conmigo.
A mi la mermelada de naranja nunca me gustó. Demasiado agria para mi gusto. Intentaba ser dulce, pero ningún bote lo consiguió.
Yo nunca se lo dije
, y pasé cuatro largos años desayunando esa pasta anaranjada. Pero me las preparaba con una sonrisa tan bonita que no quería decirle nada.


Ella solía decir que los amaneceres amarillos se daban cuando el día que empezaba quería estar muy cerca del sol. Lo máximo posible. Entonces el sol, siempre tan distante, le dejaba un poquito de su color al día, para que así la mañana se sintiese mejor al empezar.
Después, el capricho ya se le pasaba y
el cielo podía volver a ser azul.
O gris.
O del color que se le antojase.
Menos amarillo.
Ése estaba reservado para los amaneceres.



Amaneceres como el de hoy.



Tanta palabrería para un simple amanecer amarillo.

martes, 14 de abril de 2009

sábado, 11 de abril de 2009

Tercera persona del singular



Ella come la otra mitad de mi cena para dos. Y así la cocina de mi casa no parece tan vacía. Con un solo cubierto, sin esperanza.
Ella
se ríe cuando no le hago caso al despertador y después protesto porque voy a llegar tarde, ya que soy muy dada a que se me peguen las sábanas.
Ella
pone los puntos sobre mis íes, corrige mis faltas de ortografía, me regala comas para que pare un momento y respire.
Ella
me mira y me pide que vayamos a dar una vuelta, aunque sabe que diré que no, que tengo mucho que hacer, que no puedo.
Ella tira de mí cada día.
Ella
me hace zumo de naranja por las mañanas y protagoniza mis textos, inspira mis palabras.

Ella me susurra palabras en francés cuando no puedo dormirme. No las entiendo, pero me gustan. Podría estar insultándome, si. Pero dejaría que lo hiciera mientras siguiese sonando así de bonito.

viernes, 10 de abril de 2009

No es que me guste ser puntual. Pero acostumbro a serlo por que sé que vas a llegar tarde. Los cinco minutos de rigor y nada más. Soy puntual porque me gusta verte llegar. Allá, a lo lejos. Cuando realmente no te veo, pero tú si me ves.
Después nos vamos a tomar un café. A mi no me gusta, pero eso es algo que nunca vas a saber.

jueves, 9 de abril de 2009

Acostumbro a decir que me da igual




(Pero no hay nada más lejos de la realidad. Tú sabrás de qué hablo)

miércoles, 8 de abril de 2009

Ayer ELLA me llamó


Y yo apagué el teléfono. Rompí sus cartas, mis recuerdos, y me puse a caminar. Y llegué a casa de mis padres, justo para comer.
Hola mamá, en la primera ecografía te dijeron que iba a ser niña. Después nací, lloré todo lo que se me antojó y crecí a golpes de cuchara de palo. Ahora duermo religiosamente todas las noches y me pongo tacones en las ocasiones especiales. Y esta mañana me puse ese vestido porque sé que te gusta.
Hola mamá, tal y como tú quieres, soy heterosexual.



Y después del postre no sé qué va a pasar...

sábado, 4 de abril de 2009

Era ya otro amanecer y el cielo podía volver a ser azul. Depende de cómo se le antojase. Aquí nunca llueve tan temprano. El cigarro de la mañana me aconsejaba que olvidara la noche anterior. Yo no le escuchaba, no me suele dejar respirar. Pero yo intentaba ser amable. Todo era tan distinto. Maldita adicta, la vida es pura adicción. Yo estaba enganchada al papel en blanco hasta que la vi por primera vez. Su nombre estaba escrito es las ventanas. Y en las paradas de autobús. Y en todas partes, al menos mientras ella siguiese dormida entre mis sábanas. Su voz, muchas veces, al oído, me pedía otro rock and roll y a mí, justo en ese momento, no me salían palabras en inglés.

Qué más te da, yo ya no tengo ganas de tocar.
Tras la tercera tostada, tú también te irás.

jueves, 2 de abril de 2009


Las grandes ciudades están hechas para los que son capaces de soñar.






A los demás nos basta con una simple habitación.

martes, 31 de marzo de 2009

Sencillo y fácil

Duermo de medio lado desde que era pequeñita. No soy capaz de dormirme en otra posición. Pero hay noches en las que sufro de insomnio (in)voluntario. Es tu culpa, no me dejas dormir. Y no me importa. A veces la llegada de la primavera, me altera por dentro y paso noches y noches escribiéndote canciones que nunca van a tener letra porque cambié mi vieja guitarra por un par de paquetes de cigarrillos, un montón de revistas viejas y un vaso de café. Tenía que calentarme el cuerpo y pasar el rato hasta que la vida llegase a su siguiente parada. Y para qué voy a mentir, nunca se me dio bien aporrear las cuerdas.




Nena, pierdo el culo por ti. No tiene más ciencia.
He escrito un texto nuevo.

Yo no quería hacerlo, pero me salió solo. Me salió cuando andaba peleándome con un plano. Hacía muchos años que no tenía un plano en las manos. Aquí, donde vivo, ha dejado de tener secretos para mí hace ya demasiado tiempo, que ya ni me acuerdo de cuando los rincones podían sorprenderme. Esto va así: no soy ni de aquí ni de allá. No sé si ya volví, si realmente me fui. Si me he ido. Tú no me ves. Yo te sustituyo con letras, con palabras, con pasos en calles con la acera aun mojada de la lluvia de madrugada.



Me pica la experiencia, no sé dónde la cogí, ni quién me la contagió, pero ahora ya es tarde. Ahora, hazme reír como tú sabes. Siempre fui una ignorante. Nunca quise descubrir qué había detrás de las paredes. Lo creia de cotillas. Y ahora pago por ello. Nada me pertenece porque quizá nunca quise ser dueña de nada.
(Y a la nada uno no se puede agarrar)

martes, 24 de marzo de 2009

Gracias por mentir

Es que si sonries y dices que todo va muy bien, yo sonrío y hago como que me lo creo. Así, un beso de despedida y cada uno a su casa. Pero nada nos quita de vivir una gran mentira.

domingo, 22 de marzo de 2009

Canción del día

NO queremos ser como los DEMÁS.









http://www.youtube.com/watch?v=sMQVtGadiQA

Somebody told me (the killers)

En la estación del tren
bajando hacia la vía
cantamos la misma canción
y nos trabamos con la misma palabra.






Ahí me di cuenta que lo que necesito es un hombre que me quiera y una mujer que me pervierta.

Por ser, será.



Y será
la más guapa de mis sueños,

la más guapa de todo el reino.
Por ser, será que yo la ame hasta que me muera,
hasta que me reviente la cabeza.

Por ser, será mi peor pesadilla,

la Eva de mi costilla.

Por ser, será la dulce niña de papá.

Y sólo por ser, las ratas neoyorquinas
saldrán de las alcantarillas.

Sólo para verla.

Algún coche chocará
y a nosotros nos dará igual.


Y después por ser, será todo una mierda.
Más grande que la vida.



Y no habrá quién la entienda.

sábado, 21 de marzo de 2009

miércoles, 18 de marzo de 2009

Y de tanto vivir, se consumía lentamente, hasta que al final...


...se apagó
.

domingo, 15 de marzo de 2009

Hoy, crónica del día


Cojo un taxi. Es todo una razón sin fundamento, una herida mal curada. Un mito bordado en la chaqueta. Tres monedas que el taxista me da de vuelta.



Será que hasta las ratas tienen corazón. Será que hasta los tontos escriben poesía.

sábado, 14 de marzo de 2009

Pequeño Vals (Marlango)



Todo es tan GRANDE que se me viene PEQUEÑO



Una vez leí que no hay que llorar los días de lluvia. Pero es que hoy, precisamente hoy, hacía sol. Tus piernas inquietas me recuerdan que llegamos tarde. PACIENCIA pequeña, mucha paciencia. Queda mucho por llover. Y por llorar.





Let's speak English

Sí, es por aquí. Yo no era la parte de los dos que sabía hablar inglés, y aun así, seguí las señales y allá me fui. Me embarqué a la aventura.


(Y adiós muy buenas, ha sido un placer)



Someone Still Loves You Boris Yeltsin

Es ya tan tarde para arrepentirse que nada de lo que pueda escribir tiene sentido. Ella era guapa. No la más guapa, pero sí guapa a secas. En las noches de invierno yo dormía acurrucada a su lado, en su cama, porque ella me dejaba. Yo la iba a ver cuando se hacía de noche. Ella me daba un beso cuando se hacía de día. Y así siempre. Nos gustaba nuestra rutina. Me gustaba nuestra rutina. Era sólo eso, rutina. Miles de noches en las que un cuerpo se juntaba al otro. Y nada más. Después del beso final nunca había nada. Era un beso final, la última nota, la razón de mi mañana. Su sonrisa malvada me decía que en algún momento todo llegaría a su fin. Sólo habría que dejar pasar el tiempo. Era dulce y cruel a la vez. Y eso me volvía loca.

lunes, 2 de marzo de 2009

Querida, te conozco desde hace demasiado tiempo como para que te puedas permitir engañarme. Detrás hay más de mil palabras que nunca me dijiste, pero nunca será tarde si llamas a la puerta. Si no lo haces, tú verás. Hasta ahora nunca te había costado hacerme daño.

Ser valiente no es sólo cuestión de suerte.

martes, 24 de febrero de 2009

Cada ocho horas

Anoche encendí el televisor para que me hiciese compañía. Para no sentirme tan sola en el borde de la cama. El reloj me dijo que era ya hora de las pastillas. Primero la blanca, luego la azul, y al final la granate y amarilla, siempre tan dura, siempre tan frívola. Muchas veces me pregunto qué llevará dentro pero nunca me atreví a abrir ninguna. Después del trago de agua, me di cuenta de que tomaba pastillas. Pastillas. Pastillas para dormir que me mantienen despierta. Para quedarme cuerda, para volverme loca. Para no decir nunca nada equivocado. Para escapar de lo poco que queda a mi lado. Para salir a respirar entre el agobio. Pastillas para ser feliz o intentarlo. Pastillas, qué palabra tan fea. Tres cositas tan pequeñas iban a dejarme dormir tranquilamente hasta que sonase el despertador por la mañana. Y después de eso, lloré un poquito. Sólo un poquito. Más de lo imprescindible y menos de lo necesario. Pero hacia dentro, porque me da vergüenza llorar delante del televisor.

lunes, 23 de febrero de 2009

Lejos y cerca de casa

Hay veces que me quejo de tener los pies fríos y quién sabe lo que pensarían de ello esos que viven en lugares donde el cero es hacer calor en pleno febrero. Esas cosas sólo las pienso cuando cojo el 23, que me lleva a casa de mi abuela, donde siempre hace frío. Y no sabemos por qué. A veces salgo a su balcón y en estas noches que empiezan a las seis de la tarde descubro alguna estrella, pero son difíciles de ver. A veces no hay nubes y no me tengo que fijar mucho, pero son las menos. Es como si los fantasmas fuesen encendiendo las farolas que viven junto a la vía del tren, allí, al fondo de todo, justo antes del túnel. Dentro me espera un café con mucho azúcar. Ahora me gusta el café, eso es que me estoy haciendo vieja. O algo así. Igual después salgo con su manta, esa que me gusta tanto, la de cuadros que robó en un tren. Y me duermo fuera, porque hay estrellas. Tú dijiste que sería frío el amanecer. Nada más lejos de la realidad. Está al llegar la primavera.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Ahora sólo pienso en ella


El amor se llevó mi razón. Y sin cortarme ni un pelo, me fui a correr descalza por la zona vieja de la ciudad. De loca, era mi primer día. La piedra de las baldosas aun estaba caliente, como en agosto. Parecía verano. Pero no era más que una noche de febrero tras un atípico día de sol. Había trece grados y yo le regalé mi bufanda a una chica, que estaba loca y vendía libros por cincuenta céntimos, pero parecía simpática. Y aparte, era bastante guapa. Nunca aprenderé que por mucho sol que haga, las noches de febrero siempre serán frías. En la acera de los pares me entretuve en el eco de su mente, fue el mejor momento del día, del año, de mi vida. Yo sólo quería ver salir el sol, pero aun quedaba mucho y había que calentarse los huesos. Le dije algo en bajito y no me oyó. Le grité vente conmigo.

martes, 17 de febrero de 2009

Prohibido fumar

Me he comprado una cazadora de cuero y mi padre dice que ahora soy una jodida princesa del rock, que dejaré de fumar a escondidas y que me montaré en la moto de cualquiera, para dar una vuelta, dos, o no volver nunca. Y a mí me viene dando igual que sea de cuero o de algodón, que yo no me voy montando en las motos ajenas y menos si las conduce un hombre. Niña buena, le llamaban a eso, creo recordar. Sobre el tabaco sólo diré que hay una cajetilla a medias en el cajón de mi mesilla, que te olvidaste hace más de un año ya, con las prisas de volver a casa. Y qué le voy a hacer si me gusta consumirme a escondidas. Y qué voy a decir cuando no quede nada.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Cambio de marcha

Y qué le voy a hacer si me gustar ir lentamente por la vida. Que no se diga que no fui probando. Para qué trazar un plan, para qué escribir un guión si al final yo lo que quiero es acabar perdiéndome siguiendo las lineas de tu mano. ¿Y si no paro nunca de andar? ¿Qué pasará? ¿Vas a venir detrás? En algún momento me empezará a gustar esa música y acabaré siendo una de ellas. Y entonces no tendrá sentido que quiera llegar hasta la otra punta del país en el volkswagen destartalado de papá. Ya no me gustará el riesgo de que un coche me pueda dejar tirada en medio de una autopista cuando no pueda parar de llover. ¿Y entonces de que habrá servido? Yo qué sé. Dios, santo, yo qué sé. En caso de duda, dame la mano, que tengo bastante claro donde quiere ir a parar nuestro final. Y suena mejor que bien. Suena diferente.

domingo, 25 de enero de 2009

Rima consonante

El problema es que hay demasiados poetas y yo me enamoro de todos y cada uno como si tuviese trece años. Maldita sea, tira de mi brazo todo lo que te haga falta hasta que acceda a irme contigo. Malo será que reviente.

sábado, 17 de enero de 2009

La búsqueda del rol


Mi pequeña, hace nada nadabas entre luciérnagas y mariposas. Y ahora tu secreto mejor guardado es que pasarás la noche bajo luces de neón, habrá más de una copa para dos y desayuno con diamantes con una resaca importante. No importa, tenemos todo un mundo por delante. Tokio ya no nos quiere, y yo creo que es que nunca nos quiso. Ahi pasan dos hombres con sombrero, que pretenden vestirse de superheroes. ¿Y qué más da? Hay un cúmulo de propósitos por cumplir, comprar sus nuevos zapatos, ver la televisión, planear un viaje de estudios, ir a Canadá y mil cosas más. Dime, ¿dónde están mis maletas? Yo no estoy contento, soy el aprendiz del mejor de sus trabajos y nada más. Me voy a coger la caravana para no reconocer que no tengo razón. No te preocupes, funcionará. Estoy seguro.

sábado, 10 de enero de 2009

Querida Sophie...


Querida Sophie, hay una morena que me ha robado el corazón. Anoche me dejé olvidado el amor entre sus piernas cruzadas. Anoche, antes de perder el último tren. Me tuve que aguantar y esperar el primero de la mañana. Oiga señora no se cuele, que yo voy antes. Las farolas me miraban y se reían. A mi me parecía oír algo así como pobre iluso el que vive de ilusión. Y después me di cuenta que iluso e ilusión algo tendrán que ver si son casi iguales. Cogí un taxi. Odio los taxis. Pero las bicicletas son para el verano. Si hace sol y no llueve. Y si llueve también. Y joder si llovía. Se me encogen los hombros cuando llueve, me viene de familia. De familia humana, claro está. Si, yo también tengo hambre, pero tendría que reprimir mis instintos más primarios. De no ser así, tendrías las orejas moradas de tanto beso. Un poeta ya muerto me chivó que no te gustan las rosas con espinas. No me ha dado tiempo a quitárselas, pero yo me pincho por ti, no te preocupes. Así todo será mejor. Nunca lo pongas en duda. El tiempo es demasiado poco, no me llega a nada. El tiempo, tú y la distancia sois las tres moscas cojoneras de mi vida, que estáis siempre ahí, detrás de la oreja. Latiendo. Hablando. Recordándome que debería hacer esto y lo otro. Y lo del más allá también. Pero a mi no me gusta la música en directo. De pequeño me enseñaron que no debo aceptar caramelos de desconocidos. Y de mayor aprendí que es mejor no aceptar sus palabras. No les hagas caso, seguro que mienten. Me perdí siguiendo a caracoles, porque nunca me enseñaron a caminar por caminos estrechos. Pero ahora ya estoy aquí. Y por Reyes voy a pedir que se vaya todo el mundo, que nos dejen el columpio para nosotros dos. Vente a tomar un café. O una tila. Te sentará bien, y lo sabes, pero no te gusta mucho hacerme caso.
Oye nena, estoy muy loco, ven conmigo a perder el tiempo por ahí. No prometo parques llenos de palomas, prometo libertad.

lunes, 5 de enero de 2009

Mira que odio la Navidad

Si vuelvo a escuchar la sexta canción, vomitaré. Si como algo más, reventaré. Si pienso en ti, pensaré en qué hago pensando en ti cuando tengo miles de cosas que debo poner antes en mi lista. Poner orden en este caos, cita con el médico, literatura gallega, vocabulario de alemán y vuelta a empezar. Que sepas que yo no follo, yo hago el amor, y nunca jamás firmaré la paz a golpe de sábanas blancas. Siempre prefiero el color. Y tú me susurras que deje la poesía, que ya recitaré mañana hasta que me harte. Y yo no puedo dejarlo, mi empeño en poner lineas rectas en donde no las hay no me deja irme a dormir. Si me voy, no llores por mí. Desenreda el nudo de la cadena de mamá y te felicitaré. Allá dónde esté. Te mandaré una postal y guardarás el sello como un tesoro. Me consuelo encendiendo y apagando la lámpara de colores de mi mesilla. Esta noche habrá que brindar, ¿no? Bah, es todo una gran mierda. Uno por dentro es quien quiere ser. Por fuera, acostumbra a ser lo que quieren los demás. Menos mal que esta vez yo hago de los demás. Y tú haces de ti mismo, por fuera y por dentro. Por delante y por detrás.