sábado, 29 de noviembre de 2008

Los amantes del círculo polar


Me encanta. Suena de repente una música y, en un primerísimo plano, hay unas notas que no dejan de resonar en mi cabeza. Una y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. No dejo de repetirte que tengo frío, que me traigas una manta de sofá. De esas que sólo yo uso para meterme en la cama. Fuera llueve y hace frío. Y las madres pelean con lo niños para que vayan bien abrigados. Dentro, debajo de la luz de la lámpara, todo es azul y acogedor. Y se está muy calentito. Uno de mis altavoces siempre estará inactivo, castigado mirando a la pared. Y las notas vuelven a mi boca. Nunca supe silbar. Ni andar en bicicleta. Pero sé perfectamente que existen dentro de mi miles y miles de conexiones que harán que cuando aprenda, nunca más me olvide. Aunque sea vieja y tenga un montón de críos correteando alrededor de mí para que les cuente como era el antes. Pero igual nuca aprendo. Mi pequeña inspiración irregular viene y se va, porque le gusta mucho jugar al escondite para hacerme rabiar. Y a mí no me importa. Un día exploraremos el mundo con una mochila a cuestas, porque para ir y venir lo imprescindible es más que necesario. Si la compañía es buena. Si estás tú en el asiento de al lado. Va a llegar un día en el que, tras perderle el miedo a volar, coja un avión al norte para irme y no volver jamás. Mi casa me echará de menos y nunca volveré. Porque allí hace más frío. Porque dentro de esas casas se tiene que estar más calentito. Porque allí vas a estar tú. Y eso me encanta.

sábado, 22 de noviembre de 2008

12 de la noche

Ella era una de estas princesas chapadas a la antigua, con hora de llegada. De llegada a su casa, a la del vecino o del chico de turno de esa noche. Eso daba igual. Ella siempre besaba con los ojos abiertos. Las mañanas de resaca bebía zumo de naranja con miel y escuchaba rock del duro a todo volumen y en inglés, así que no entendía una palabra. Se miraba en el espejo y le daba igual a quién veía. Su vida le llenaba. Tanto que tenía para dar y regalar. Y nunca sabía qué hacer con ella. Siempre tramaba algo. Siempre hacía planes que nunca se cumplían. Siempre lo sabía todo. Siempre estaba en todas partes. A la salida sus zapatos siempre estaban limpios, impecables. Pero nada más lejos de la realidad. Se fijaba en los pequeños detalles para no tener que parase a pensar en el todo que los rodeaba. Era rara de por si. Miraba bien atenta a los aviones por si podía alcanzar a ver a algún niño sonriendo en la ventana. Era una jodida princesa y una princesa jodida a la vez. Ni se llamaba Alicia, ni vivía en el País de las Maravillas. Pero era irremediablemente guapa. O, al menos, yo la recuerdo así.