miércoles, 27 de agosto de 2008

Miedo (II)

Sigo teniendo miedo. Mucho miedo. Escucho canciones en inglés y no las entiendo porque me dejé olvidado el vocabulario en el cajón del pupitre del colegio. ¿Y ahora qué? Pasé la mitad de mi vida queriendo buscar una cosa por la que nunca me atreví a preguntar y en pleno ecuador de mi no tan lejana adolescencia la encontré, sin pedirla ni pensarla. Y aun así, sigo teniendo miedo. No es que yo naciese así, es que me tuve que hacer así a mi misma para sobrevivir y ahora ya no hay remedio, porque soy un animal de costumbres y me acostumbré a temer. Tengo miedo de seguir convirtiéndome en lo que siempre odié y no poder remediarlo. ¿Sabes? Yo creía que esta vez si que era posible, que tal vez, que quizá, que podría ser. Pero no eran más que tiempos verbales en un futuro hipotético que los dos sabíamos que nunca llegaría. Mi miedo y yo dormimos con el enemigo y seguimos sin saber nadar. Tu teléfono comunica y las gotas de la lluvia hacen ruido en mi ventana. Sigo teniendo miedo. Y no es cosa que se solucione hoy o mañana. Me llevará toda la vida. ¿Ves porque tengo miedo? Mi droga particular pasa detrás de mi las horas para apretarme el cuello cuando me despiste y no dejarme vivir. Mi droga personal. Los últimos años de mi vida. Mi furia momentánea, mi rencor acumulado. Los cristales de las gafas, siempre empañados. Todas las palabras que te dije. Y las que no te dije. Y las que quise decirte. Y mi miedo. Mi miedo de no poder salir nunca de algo tan grande que me sobrepasa por momentos. Y no lo acepto. Y me persigue. Y me asfixia. Y me ahoga. Y sabe dios cuántas cosas más. Y sigo teniendo miedo. Mucho miedo.

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