sábado, 20 de diciembre de 2008

Tinta azul marino

Y es que acostumbro a cometer errores, forma parte de mi propia naturaleza, y no lo puedo evitar. Es de estas cosas que nunca jamás vas a poder parar y te da igual. Tú sigues viviendo hacia delante, y si hay que ir mirando al suelo, vas y miras, porque te lo mandan y eres así de tonto. Dime, ¿qué es lo que te queda por decirme? Yo llevo tantas cosas dentro que algún día mi mochila reventará y después tendré que recoger todo lo que caiga. Todo. Uno por uno. Y entonces me llevaré sólo un bolígrafo conmigo. Le voy a pedir a ese niño que espera en la esquina que escriba tu nombre en la pared, que yo tengo miedo de gastártelo. Y después voy a usarlo yo para decirte por escrito todo lo que no supe decir antes. Te lo pintaré en las paredes, en lo bancos de los parques, en cada uno de los hierros de la Torre Eiffel. En todos los lugares que puedas imaginar. Y en los que no. Mírame y dime que tienes ganas. O no lo hagas. Méteme dentro de tu maleta, ocupo poco. Haz lo que quieras.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Ladridos de invierno

¿Sabes qué pasa? Que hay jodidos perros y perros jodidos. Unos se calientan el cuerpo con café y tres gotas de coñac. Los otros nunca jamás desharán la maleta. y mientras alguno de ellos esperan en el portal, yo pienso en dónde estará mi collar de color verde, ese que tanto te gusta. No llevo demasiado colorete, nunca es demasiado. Nunca se está a gusto con uno mismo. Ni con los demás.

viernes, 12 de diciembre de 2008

La vida moderna

Te doy mi enhorabuena, ya ha dejado de llover. Las madres ya no llevan a sus hijos en los brazos porque esta vida de hoy en día las cansa demasiado. Arriba, abajo y arriba otra vez. No se sabe cuan alto podría saltar cualquiera que pase por tu calle a las nueve de la mañana. Y tú, ingenuo, te preocupas de que no te cabe la cabeza dentro de la capucha. Querido, eso no es un problema. Hay cosas mil veces peores, como por ejemplo, ser un perro abandonado en una caja de cartón ondulado. No me da la cabeza para pensar, ni en ti ni en qué demonios voy a hacer de comer hoy, porque no tengo hambre. Me está vibrando el móvil y no me da la puta gana de coger. Malditos aparatitos electrónicos. Joder, esta mañana amanecí en un charco mojado. Ai, qué ilusión. Los neumáticos no dejan de gastar las carreteras en nuestra estúpida manía de ir a todas partes en un solo lugar y todo a la vez. Puede que el viernes que viene, cuando menos te lo esperes, te invité a un café. Yo lo tomaré descafeinado y sin azúcar, porque a la vida hay que cogerla por los huevos, con la cabeza bien alta. A ver si se dejan de esconder las cosas.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Los amantes del círculo polar


Me encanta. Suena de repente una música y, en un primerísimo plano, hay unas notas que no dejan de resonar en mi cabeza. Una y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. No dejo de repetirte que tengo frío, que me traigas una manta de sofá. De esas que sólo yo uso para meterme en la cama. Fuera llueve y hace frío. Y las madres pelean con lo niños para que vayan bien abrigados. Dentro, debajo de la luz de la lámpara, todo es azul y acogedor. Y se está muy calentito. Uno de mis altavoces siempre estará inactivo, castigado mirando a la pared. Y las notas vuelven a mi boca. Nunca supe silbar. Ni andar en bicicleta. Pero sé perfectamente que existen dentro de mi miles y miles de conexiones que harán que cuando aprenda, nunca más me olvide. Aunque sea vieja y tenga un montón de críos correteando alrededor de mí para que les cuente como era el antes. Pero igual nuca aprendo. Mi pequeña inspiración irregular viene y se va, porque le gusta mucho jugar al escondite para hacerme rabiar. Y a mí no me importa. Un día exploraremos el mundo con una mochila a cuestas, porque para ir y venir lo imprescindible es más que necesario. Si la compañía es buena. Si estás tú en el asiento de al lado. Va a llegar un día en el que, tras perderle el miedo a volar, coja un avión al norte para irme y no volver jamás. Mi casa me echará de menos y nunca volveré. Porque allí hace más frío. Porque dentro de esas casas se tiene que estar más calentito. Porque allí vas a estar tú. Y eso me encanta.

sábado, 22 de noviembre de 2008

12 de la noche

Ella era una de estas princesas chapadas a la antigua, con hora de llegada. De llegada a su casa, a la del vecino o del chico de turno de esa noche. Eso daba igual. Ella siempre besaba con los ojos abiertos. Las mañanas de resaca bebía zumo de naranja con miel y escuchaba rock del duro a todo volumen y en inglés, así que no entendía una palabra. Se miraba en el espejo y le daba igual a quién veía. Su vida le llenaba. Tanto que tenía para dar y regalar. Y nunca sabía qué hacer con ella. Siempre tramaba algo. Siempre hacía planes que nunca se cumplían. Siempre lo sabía todo. Siempre estaba en todas partes. A la salida sus zapatos siempre estaban limpios, impecables. Pero nada más lejos de la realidad. Se fijaba en los pequeños detalles para no tener que parase a pensar en el todo que los rodeaba. Era rara de por si. Miraba bien atenta a los aviones por si podía alcanzar a ver a algún niño sonriendo en la ventana. Era una jodida princesa y una princesa jodida a la vez. Ni se llamaba Alicia, ni vivía en el País de las Maravillas. Pero era irremediablemente guapa. O, al menos, yo la recuerdo así.

martes, 28 de octubre de 2008

"Lo bonito de la música es poner tú las imágenes"

No me pidas la vida que te la doy. No me pidas tanto, que reviento de lo poco que tengo dentro. Reviento por ti. Y por ti río. Y lloro. Y me muero. La sangre corre por mis venas. No entiendo tu manera de hacer las cosas. Y no me pidas la vida, que te la doy. Me compadezco de tu vida, de la mia y de la muerte. Me dejo llevar por las guerras. Dale un beso a tu madre cuando llegues a casa. Y cada uno en su cama cuando cae la noche. Fría. Áspera. Sin ti. Mi pobre guitarra ya no aguanta mis acordes de cada noche. Las cuerdas se me rompen. La vida se me escapa. Las batallas me persiguen. Las derrotas se me acumulan. Y yo no digo nada. No hago nada. Porque una vez me llamaron cobarde.




http://es.youtube.com/watch?v=VFcwbjt856Y

domingo, 12 de octubre de 2008

Dos entradas

Tonterías. De un día. De otro. Del siguiente también. Tengo un montón de fotos de carnet pegadas una detrás de otra en papel fotográfico y no tengo tijeras para recortarlas. Las líneas rectas siempre se me dieron mal. Yo soy más de retorcerlo todo para aprovecharlo, bien lo sabes. Te cuento mi vida por capítulos y me doy cuenta de que ya es verano. Y del verano deriva el otoño. Y después el invierno. Y un buen día te levantas y ya es primavera. Y así sucesivamente hasta completar el ciclo. La nada, la rutina. Lunes. Viernes. Sábado y domingo. Jueves. Te levantas porque es por la mañana. Vives, comes, consumes, descansas y mueres. Yo no tengo paciencia. Tú tienes prisa. No nos vemos. Se intuye. Rabia. Alegría. Fuerza. Fiestas de final de curso con globos y caramelos. Con niños corriendo alrededor de la piscina. Sería bonito tener un montón de hijos para poder celebrar sus cumpleaños con una gran tarta. Pero aun queda mucho. Las mujeres en la plaza gritan que sus precios son los más baratos. No sé por qué le llamo plaza en lugar de mercado. Los libros se amontonan en donde se les antoja. Sucios. Desordenados. No les hago caso. Saltamos. Subimos. Me sacas dos entradas para el cine y yo no soy capaz de llegar puntual. Imágenes de cartón. Pasión metida en una lata. Me callo. Me agarro. Las flores ya no son capaces de guardar su olor con ellas. ¿Y si vamos a tirarles piedras a las palomas? Yo no quiero morir cuando caiga la noche.

Estamos vivos, del bando de los vivos. Y vamos a pasar este enero en la playa. Y a las seis de la mañana, la luz en la ventana, luce el sol y desde el este nos quiere iluminar. Y no lo consigue. El monstruo de las ramblas nos persigue. La fuerza lo destruye, al monstruo, al sol, al gigante, a los niños que corren. Sólo con combates cotidianos, que al verlos me tiembla el alma. Pasan las luces, y los coches y, poquito a poco, vuelve el sol. Me echas crema solar, que más que sol, lo que hay aquí es mar. El poder del mar. Del mar Mediterráneo. Me cuentas historias, son sólo palabras, poesía, pronombres. Y tras una buena ducha, una capa de after sun y a la cama. Yo lo que quiero es dormir solo. A tu lado.

viernes, 10 de octubre de 2008

Desayuno

Suave. Muy suave. Lento. Dulce. Con leche desnatada. Mi respiración al ritmo del tacto de tu piel. Es por la mañana. Amanece. Apetece. Se huele. Se siente. Se palpa en el ambiente. Las letras se me desordenan en el tazón de cereales. No me salen las palabras.
Tengo una espina. Dos. Tres. Cuatro. Cien mil. Clavadas en el corazón, en la médula, en la mente. Más allá del cuerpo. Tiritas de frío. Tiritas pegadas en el alma. Tus dedos en mi pelo. Estrellas en el cielo. La luna. Muy llena. Muy vacía. Tu cara. Mi vida.
Y he de confesar que muchas mañanas que me quedo durmiendo en la cama, sólo tengo los ojos cerrados. Mientras, las ideas van pasando ordenadas en fila india. Letras. Números. Fotos borrosas. He perdido el norte mientras intentaba contar hasta cien. Pero dos más dos son cuatro. Y más dos, son seis. Por la mañana, es de buena educación decir buenos días. Y poco más sé. Si alguna vez caí fue para conseguir la satisfacción de levantarme por mi misma.

martes, 30 de septiembre de 2008

Levantando el dedo corazón


Que el fuego no me quema ya no me pilla de sorpresa. Porque me duele el corazón, como dedo y como órgano. El primero me lo mordí yo por accidente, y el segundo me lo llevan mordiendo toda la vida mis amores adolescentes. Y si la sangre sigue fluyendo por mis venas es porque ella sola quiere, que corazón mordido no late, si lo sabré yo. La nada de siempre en la que se basa mi vida, ha dejado de ser de siempre para ser ya tan solo nada. Y me rodea todas las tardes a las cinco y media. ¿Crees que es eso lo que más me importa? Tengo el corazón mordido, un dedo con una tirita y la cabeza a punto de explotar porque todas las noches noto como el líquido fluye por lo vasos sanguíneos y, en un arrebato de ingenio, digo que me late.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Barrenderos de vocación

Un gran hombre me dijo una vez que debería ser un poco egoísta y pensar más en mi y por y para mi, pero yo no sé si hacerle caso. En el mundo ya hay mucho egoísmo, que sobra por todos lados. También hay mucha mierda por limpiar y muy pocos barrenderos, porque eso es vocacional y la vocación no se hace durante la infancia, si no que se nace con ella. Así que con lo que se nace, no se hace, que ya viene hecho de fábrica y es tontería repetirlo. El egoísmo, como todo en este mundo, está mal repartido, así que los de arriba tienen más que los de abajo y no hay nada más que hablar. El problema es que yo no sé siquiera si existe el punto intermedio en dónde creo que vivo y, en caso de si, si podría estar ahí, que igual a los que mandan no les parece bien y, aunque la mayoría no tenga la razón, siempre se la lleva, que para eso son más y son llamados mayoría. Así que tú, por ser tú y no ser cualquier otro, deberías pensar en si de verdad quieres seguir cargando con una escoba el resto de tu vida y si tienes a algo o alguien a qué agarrarte cuando la mayoría venga hacia ti con intenciones de seguir arriba. Y yo, por ser yo, seguiré pensando hacia dónde debo tirar.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Jueves improvisado

Y es en una de estas noches de principios del otoño cuando empiezo a recordar. Hace tiempo ya que creía muertas esas palabras a las que en un día pasado yo di vida. Y así, llena de vueltas está la vida, porque cuando yo ya había enterrado esa historia, una pequeña alma la revivió y descubrí que el pasado no era tan confuso como yo lo creía. Por miedo. Por esperanza, quizá. Porque el que espera, espera que todo vaya bien, que las cosas sigan su curso viento en popa.
Y es este recuerdo que me oprimía, el que no me dejaba ver que muchas veces el tiempo pasado no es el mejor. Es así que aun está presente ese jersey azul. Ya no me gusta que huela a "ti" porque eres un recuerdo muerto que sólo otro puede avivar. Porque la arena ya no me envuelve como antes y las olas de aquel mar quedan ya muy lejanas.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Miércoles

Según el calendario londinense que hay en mi pared es el cuarto día de la semana, pero yo sé que es mentira. Los niños con uniforme juegan en el recreo. Yo los oigo porque tengo la ventana abierta. ¿Sabes? Una vez en el colegio mi media de química era 4,6 y a la profesora le daba un 5,0 y yo no dije nada. Me voy a comprar un vestido gris para que me haga juego con el invierno, que en él siempre es de noche y los días no rebajan mucho el color negro. Aunque no sé si es pronto para hacerlo. Las niñas saltan a la cuerda. Tú estás a tres kilómetros de aquí y me da pereza hasta coger un autobús, porque me tendría que poner los vaqueros. Las canciones se repiten y yo sólo sé contar hasta dieciocho porque ahí me quedé. Y no supe seguir adelante.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Más puta que cualquiera

Jodida prostituta de extrarradio,
date por aludida de una vez.
Deja de darme sexo barato
y de pintarme los labios con miel.

martes, 16 de septiembre de 2008

Love of lesbian


Ayer me metí en mi cápsula de albal a no pensar. Una niña imantada me dijo que las noches son reversibles. Y los días también. Y que podría recordar un día en el parque en cualquier momento de reflexión. Tanto en el 1 como en el 2. Todos sabemos que repetiría debido a mi personalidad. Después, por teléfono escucharé la historia de una hache que no quería ser muda. Me amo, me diría toda orgullosa de su grafía. Y yo la escucharía como quien escucha la parábola de un tonto.
Querida mía, mon petit cabroin, quiero que recuerdes que dios más dios son cuatro. Aunque a mí siempre me gustó eso de que uno más uno es igual a dos. A día de hoy los niños del mañana escuchan música de ascensores dentro de limusinas. Y Marlene, la vecina del Ártico, usa maniobras de escapismo para que cuando tienda las sábanas mojadas no se les noten las manchas que aun quedan de aquel domingo astromático.
Estoy pensando en escribir una carta a tus catástrofes. A todas. Sobre todo la primera. Mi primera combustión, donde te atreviste a confesar eso de que (Houston) tenemos un problema. Y es que me llaman octubre y a mi me da vergüenza. Creo que voy a empezar a romperme. A no importa qué dice la gente. No hay manera humana de escapar.

domingo, 31 de agosto de 2008

Blanco


Mi etapa oscura de quererte a escondidas se acaba hoy. Por fin.
Ya era hora de admitir que llego siempre puntual por ver cómo tus prisas satisfacen a la impuntualidad que viaja por tu cuerpo. Ya era hora de reconocer que me gusta verte llegar.
No hay nada peor que perder la inocencia. No hay nada mejor que compartirla después.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Miedo (II)

Sigo teniendo miedo. Mucho miedo. Escucho canciones en inglés y no las entiendo porque me dejé olvidado el vocabulario en el cajón del pupitre del colegio. ¿Y ahora qué? Pasé la mitad de mi vida queriendo buscar una cosa por la que nunca me atreví a preguntar y en pleno ecuador de mi no tan lejana adolescencia la encontré, sin pedirla ni pensarla. Y aun así, sigo teniendo miedo. No es que yo naciese así, es que me tuve que hacer así a mi misma para sobrevivir y ahora ya no hay remedio, porque soy un animal de costumbres y me acostumbré a temer. Tengo miedo de seguir convirtiéndome en lo que siempre odié y no poder remediarlo. ¿Sabes? Yo creía que esta vez si que era posible, que tal vez, que quizá, que podría ser. Pero no eran más que tiempos verbales en un futuro hipotético que los dos sabíamos que nunca llegaría. Mi miedo y yo dormimos con el enemigo y seguimos sin saber nadar. Tu teléfono comunica y las gotas de la lluvia hacen ruido en mi ventana. Sigo teniendo miedo. Y no es cosa que se solucione hoy o mañana. Me llevará toda la vida. ¿Ves porque tengo miedo? Mi droga particular pasa detrás de mi las horas para apretarme el cuello cuando me despiste y no dejarme vivir. Mi droga personal. Los últimos años de mi vida. Mi furia momentánea, mi rencor acumulado. Los cristales de las gafas, siempre empañados. Todas las palabras que te dije. Y las que no te dije. Y las que quise decirte. Y mi miedo. Mi miedo de no poder salir nunca de algo tan grande que me sobrepasa por momentos. Y no lo acepto. Y me persigue. Y me asfixia. Y me ahoga. Y sabe dios cuántas cosas más. Y sigo teniendo miedo. Mucho miedo.

domingo, 24 de agosto de 2008

La habitación roja


Nos metieron en cárceles caseras de la vida moderna. De esas en las que acabas cuando no hay dinero. Ella dice que son agujeros negros lejos de la gran ciudad. Y cada vez está más claro que París está ardiendo en la mente de un fotógrafo del alma que nos acompaña. Y cuando ya no quede nada, sólo la destrucción y el adiós, saldremos en busca de los amantes y la paz. Ellos nunca lo sabrán.
Y mañana, al anochecer, si me dejas, pintaremos las paredes de la habitación de color rojo.

Miedo

Me da miedo que cualquier mañana o cualquier noche, el coche se me pare cuesta arriba y tenga que salir de él porque me asusta la luz o la oscuridad, y en vez de correr hacia abajo, para que me sea más fácil, corra hacia arriba y cada vez más lento, para conseguir demostrarme a mí misma que no soy capaz ni de aguantar una carrera contra el viento, que en la primera curva me pararé a descansar porque las subidas son demasiado grandes y el arriba está cada vez más lejos. Me da miedo que algún día deje de tener curiosidad por el mundo y deje de escuchar conversaciones ajenas en el autobús. Me da miedo que algún día no recuerde qué cifra va después del catorce en el número pi, porque hubo un momento en el que estoy segura que lo supe, que lo aprendí de quien quiso enseñármelo. Me da miedo que pueda llover sin parar, tanto, que tenga que aprender a nadar para seguir adelante y no tragar agua continuamente. Que llueva tanto, que el agua suba el nivel del mar y se borren los cuentos de los libros, las sonrisas de las fotografías, tu imagen de mi cabeza. Me da miedo el olvido porque una vez leí que las últimas neuronas en desaparecer son las del recuerdo, y si no puedo recordar nada, no quedará dentro de mi algo que merezca la pena.

Amoríos

Pensaba que ella ya no me amaba. Pero su amor era tan largo como su pelo, tan largo como las bolas de su collar. Tan largo como el infinito, que nunca tiene fin. El amor de una mujer nunca tiene fin.

Me voy

Esta vez si. Ya está llena la maleta. No me cabe nada más. No me cabes tú, así que tendré que llevarte en el recuerdo, si es que aun sé cómo se deja de olvidar. A la bombilla del flexo de mi mesa le queda poca vida. Cuando se funda, compra una nueva, de las que ahorran energía. De sesenta como mucho, que no aguanta más. No encuentro la agenda y ahora no sabré qué días pasé bien, qué días pude aprovechar, qué días tiré a la basura. Mi marca páginas se ha roto. Ahora no sabré en qué página dejé la historia de aquel hombre de negocios que hizo todo mal en su vida, excepto escoger la mujer que de verdad debía estar a su lado. Mi vinilo favorito sigue en el tocadiscos, tengo miedo de que se rompa en la maleta. ¿Crees que hará frío? Tengo miedo de que me pese el abrigo. Y no, no me olvido de la bufanda que me tejió mamá hace algunos años ya.
Me voy. Tiraré el tabaco en la papelera que hay delante del portal. No te preocupes, hay yogures de fresa en la nevera, con trocitos. De esos que están tan ricos. Y con cuidado, no vayas a subir muy alto el volumen del silencio, que el vecino protesta con nada.

Él y ella

A pesar de que arde en deseos de que sus sueños más inconfesables los protagonice un ella, hay un él. Si, hay un él. Es el que se empeña en revolver sus sábanas cada día y dejar la cama hecha un desastre. Que hace que todas, absolutamente todas las noches, se acuerde de él antes de dormir y por la mañana, al levantarse. Eso, suponiendo que duerma y no se pase las horas mirando al techo en la oscuridad. Le hace pensar en canciones en inglés, le escribe cartas de amor en viñetas y nunca se va hasta que abre los ojos del todo para demostrarle que sigue despierta.

Hay un él y él lo sabe. Yo hago como que no sé que lo sabe. Y así le dedico versos y canciones a ella. Y a él, si se da el caso

Tirando de archivo

Entrando en un tema delicado, les diré que esto no es normal. Que es inadmisible, inaguantable, inimaginable y todos los adjetivos que usted puedan imaginar que empiecen por in-. Exceptuando claro está, intrauterino y similares, que empiezan con intra-, y ese prefijo ya es otro cantar.
Y esta noche volveremos a dormir con el enemigo. Verdaderamente increíble.





(A buen entendedor, canción y beso en una plaza)

Iván Ferreiro


Cuando pude conocerte querías navegar en un velero con bandera negra. Cambiaste de velero a un barco más grande, por la magnitud de la situación, y lo quisiste llamar segunda parte. Después te convertiste en romántico. Hablabas de amor como si fuese lo único que existía en el mundo junto a tu música. Y lo rodeabas de playas desiertas, de lunas llenas y de guerras que nunca quiso ganar nadie. Lo rodeabas de tiempo y de distancia.
Luego se te antojó ser barroco y adornarlo todo. Todo. Adornar el paso del tiempo y los muebles de madera, ya destartalados, con palabras que decían mucho y nada a la vez. Adornabas para ocultar el significado de las cosas, empezando por la primera y más importante: la tristeza. Otras seis y media iban detrás de ella. Y no menos importantes.
Ahora se te da por mentir. Por mentir descaradamente y admitiéndolo en público. Eres muchos en uno solo y cada uno hace lo que cree conveniente. Mientes. Y aun así consigues que siga escuchándote.
Enhorabuena.






-Sabes que te engañé más de una vez
-¿Y qué?

Paracetamol

Esta noche soñé que despertaba en la cama de un hospital con una enfermedad cerebral incurable, pero que se hacía más llevadera a base de un tratamiento que consistía en que por las noches los médicos nos ataban a la cama, nos pintaban la cara con una serie de sustancias que la piel absorbía e iban al cerebro, y llenaban la habitación de un gas extraño que sólo los enfermos de eso podían respirara sin morir. Después tenían que darnos una pastilla, pero para ello teníamos que desatarnos (que no era muy difícil) y esperar a que el gas extraño desapareciese. En ese momento, todos los enfermos podían salir de su habitación y empezar a buscar al médico correspondiente con su pastilla. Y que conste que cada enfermo sabía cuál era su pastilla, que previamente habiamos recibido unas nociones básicas de Química Orgánica.
Yo intenté escaparme, pero me cogieron (no era muy difícil). Y como castigo me tocó pintar a los demás enfermos (aun a riesgo de poder morir por incompatibilidades de no sé qué) y buscar escondites para los médicos con las pastillas.
Y era tan real que pensé que me daba miedo convertir la Medicina en un eficiente juego de niños.

Que me tiembla el alma


Dime si serías capaz de aguantar la distancia. Si la distancia es olvido o es recuerdo. O es sólo distancia. Dímelo y no me mientas. Que mañana me voy a caminar el mundo. Con los zapatos que gasté en caminarte cada noche. Suave. Lento. Deletreando. Cantando. Temblando. Inventando el mundo y el alrededor. Alternando realidad y ficción. Con una manera de hacer las cosas que sólo encontré en el metro y treinta y cinco de tu habitación. Las paredes querían no poder oír. Las sábanas se revolvían. Y el amanecer pedía siempre unos minutos más para seguir durmiendo.
Dímelo. No me valen reciprocidades. Esas cosas no existen. Dímelo.

Introducción-nudo-desenlace



Arte manual para solucionar problemas de andar por casa. Nada más práctico. Nada mejor. Fuera hace sol. Mi corazón se ha vuelto de plástico. Y lo llevo colgado por no deshacerme de él, aunque sé que el cordón romperá. Ya no te echo de menos. Ya no escribo de amor. Ya no escribo recuerdos. Ya no hay canciones románticas, ya no. Sólo me dedico a matar el tiempo bajo el sol. Sin ti. Sin corazón. Sin compasión.

A la intemperie

Declaro no ser de nadie y me considero ciudadano del mundo. Cuatro paredes no podrían encerrar mi cabeza. Mientras pienso eso, voy por el mundo como quien no quiere la cosa y me dedico a escuchar. Y cuando cae la noche, maldigo una y otra vez por qué no he encontrado el sitio adecuado para dormir. Yo, habitante de ninguna parte. Yo, ser humano. Yo, orgullo.
Pronto me llevarán y no le importará a nadie. Porque no son ellos los que serán llevados. Seré yo. Y ya no habrá remedio.

Golfa



Cuando se me da por volver a las andadas, me mira y yo le suplico que duerma esta noche conmigo para ver si lo engaño y se queda para siempre. Que me he olvidado la manta en la maleta. Y la maleta está en la parte de arriba de cualquier autobús.

un, dos, tres, catorce


Es esa sensación, la de que tus pies de repente, sin avisar, se elevan y no te das cuenta hasta que tu cabeza mira hacia abajo y ves que todo lo que te rodea(ba) está mucho más lejos de lo que nunca creíste pensar. Y la baldosa que pisan tus pies se hace cada vez más pequeña porque el universo entero está en contra de que te alejes, por lo que acabas apoyándote en el dedo de un pie, derecho o izquierdo qué más da. El caso es que pones a prueba tu dotes imitadoras de una bailarina de caja de música. Así, en esa posición, maldices tu suerte, que es una puta con todas las letras. Maldices tu poco equilibrio porque por su culpa nunca has sabido mantener la vertical perfecta. Después tu dedo se rompe. Caes. Y las consecuencias que tenía que traer tu caída, son las que tenía que traer. Y punto.

Matrimonio a gananciales


Que vayas, vuelvas o te quedes aquí es todo tres cuartos de lo mismo. Me acuerdo de ti. Lo empiezo, lo dejo, lo retomo, lo doy por terminado. Pienso. Pierdo el tiempo. Reviento. Lo rompo por dentro. Le canto canciones al aire y al viento. Me vuelvo a perder entre calles mojadas. Repetimos la toma que ésta ha salido mal. Se hace de noche. Me pongo el abrigo, que hace frío. Vienes. Te vas. Es todo igual. ¿Así esperas que escriba canciones de amor? Pasan las horas y sigo sola por dentro. El resto de gente no sabe tu nombre. Así cualquiera se esconde. Elijo. Decido. Y al final me quedo con la luna, que en la noche más oscura siempre hace compañía. Todo tuyo el sol, que se esconde tras las nubes. Hoy parece que va a llover.

Sábado

Seis letras. Solo de guitarra.
Obsesión momentánea.
Capricho pasajero.
Un último beso.
Perdición.

Verano herculino típico

De cómo el verano viene y se va antes de tiempo. A ratos llueve, a ratos hace sol y piensas que si no será muy de día para tener ya sueño. Y no vale que hayas madrugado mucho para coger un tren por los pelos. No sé yo muy bien si hacerle caso al señor de la boina en eso de que vamos a 90km/h. Creo que más bien la vida va a setenta y ya le llega, porque el poco caos que hay últimamente no es cosa de la velocidad. No señor. No. Es cosa de que el "ojo por ojo dejará al mundo ciego". Por muy dulce que sea el caos, siempre acaba en caída. Siempre. No hay más vuelta que darle. Siempre contra el suelo. Hay mucha mierda escondida en esta vida.
En esas veces en las que el verano parece que viene para quedarse y bajo el sol me prometes que haremos un paréntesis. Que necesito un descanso. Tengo que juntar todas mis piezas.

184

De cuando amar no es delito pero está prohibido y todo lo que puedas decir en tu defensa es pura tontería.

Inevitable


Inevitable es eso que no se puede evitar, que no se puede parar. Que hay peligro inminente. Inevitable también es que no pueda dejar de mirar tus fotos de camas revueltas entre sábanas blancas. Impolutas… Impuras. Y de cómo hacer que me dejes usar tantas pausas para respirar cuando me apetezca. O cuando lo necesite. O las dos. Para avanzar lento. Muy lento. He ahí el gran secreto para lograr todas las metas propuestas y por proponer. Poniendo todos los asteriscos y anotaciones a pie de página que sucedan, para no olvidar detalle. Inevitable es que yo me pregunte por qué los ingenieros se dedican a escribir versos para enamorar.

Triple concierto


Que no. Que vamos, Simone, esta vez no pudo ser. Pero sabes que son preciosos nuestros besos, aunque este amor se apaga, como se apagan los impulsos de tu amor. Pero siempre podremos echar un polvo en el aire, para que vuelvas a ser mi pequeño rock and roll, mi miss camiseta mojada. Y después todos los pájaros estaremos mojados, fumando en la ventana, con el bolso lleno de pequeñas monedas y grandes mentiras. Así que no le des tus datos a la chica de la lavandería, aunque estés de paso puede meterte en problemas. Yo ya te lo dije. Amor, la casa está vacía y dentro de esa extraña habitación están las gafas de Mike. Pero nosotros daremos un paseo en bicicleta por la playa de Riazor. O saldremos por la ventana hasta Nueva York. Así que adiós corazón, ten cuidado con los números primos, que se dividen entre uno y entre ellos mismos. Yo recordaré los momentos en los que ya no distinguía tu piel de la mia en el colchón. Me voy que ya son más de las tres. Son las siete y media.

El primero

Asteriscos, positivos, hermanos pequeños, secretos, líneas "suspensivas", enfados y puntos discontinuos. Rojo carmín, azul petróleo, verde manzana, amarillo canario, blanco roto, negro azabache, gris marengo y naranja butano. Zara, bershka y pull & bear. Hello kitty, Spider-man, Snoopy, Zipi&Zape, Curro, Cobi, Wonderwoman, Daredevil y Elektra. Converse all star. Productos notables dentro de Matrix. La one mariposita que fly on de garden. Peter Parker. Marta, Sebas, Guille y los demás. a, b, c, d, x, y, z. Menta, chocolate, sandía y melón. 100% pura lana virgen. La Viuda negra y iron man. Lavar a máquina máximo 30ºC. ¿Angel or devil? Ángeles de Charlie, Sunday,bloody Sunday, Sexo, drogas y rock & roll. 8x1= 8. Sal, pimienta, perlas y azúcar. The O.C., Final Fantasy X. Vestidos, negros, calcetines naranjas, bolsos de charol, zapatos rojos y limonada bien fresquita. 4 horas con Santi y 5 horas con Mario. Café y confesiones. Vive con la muerte, muere con la vida, baila un tango con la tristeza, lava en seco, bucea con ositos de gominola, duerme con la alegría, besa a la duda, da un paso a frente con la timidez, salta a la cuerda con la curiosidad, canta con el odio, muerde con la pasión, visítame en diciembre, envuélvete en la felicidad, roba una sonrisa, respeta al miedo, vete de compras con la misantropía, báñate en una lágrima, fala galego, escúpele al respeto, lee tu destino, ahógate en un vaso de agua. Are you still having fun? Que se note que has vivido. Peces de colores, a rayas, cuadros y topos. Con flores y algún que otro dibujo extraño. Caballitos de mar que galopan al viento. hierba que crece lentamente. Flores que sonríen a las nubes. Árboles sin hojas en pleno agosto, que florecen en diciembre. Hierba roja, amapolas verdes. 10 de enero, 4,16 y 24 de febrero, 21 de marzo, 27 de mayo, 10 de agosto, 20 de septiembre, 20 de diciembre. 20 de abril del 90. 7 de enero del 2000. Mayo del 68. Abril del 57. Octubre del 98. Barcelona 92. Agosto del 36. Wake me up when September ends. I never really knew that she can dance like this. Dicen que dicen que anuncian que existe. I Can´t live with or without you. All around the world. Bienvenidos a los hijos del Rock and Roll. Zippers&your pearls, hey girl. Miro tu jersey azul, me gusta que huela a ti. Say goodnight and go. Eso somos tú y yo, el cielo y el suelo, putadas y amor, pereza y desvelo, lija y terciopelo. So if you're lonely, you know I'm here waiting for you. Tied to the Ninetees. Todo, todo, todo, todo, yo quiero contigo todo, poco, muy poco a poco, poco, que venga la magia y estemos solos. Jacqueline was seventeen... Y cuando acabó de zurzir las heridas de las noches mal dormidas llegué yo. I'm still haven´t found what I´m looking for. And birds go flying at speed of sound. Y no puedo dormir desde que me dicen que también piensas en mí. Duerme conmigo, yo te canto, te arrullo, te arropo, te abrigo, te mimo. I can´t believe that I tried to freeze your heart. Decía que tenía el corazón alicatado hasta el techo, que a ver si no podía hacerle yo una cenefa a besos. I've heard it all before. And she will be loved.

4139 caracteres

Una de las peores cosas que pueden pasarte en un viaje de tren es ir en el las 21:20 solo. Es tan frío, tan impersonal, tan puntual. Va tan vacío que asusta. Incluso el siguiente es mejor. El de las 21:20 está marcado por el olvido y la pereza. "Venga, vamos en el siguiente". No hay crucigrama que se resista últimamente. No sé si es que soy muy lista o demasiado estúpida. O es que llevo haciéndolos desde que, a los siete años, se me ocurrió probar y, evidentemente, lo hice mal. Armani dice algo así como que la elegancia no es cara, y Coco Chanel que no hay nada más elegante que una mujer vestida de hombre. Yo le diré a mi madre quiero una americana para presentar telediarios, que así a la hora de la comida encenderemos la televisión y alguien dirá algo como que si me imaginan en la pantalla dando alguna noticia desagradable. Y eso me hace recordar que queda sólo una semana de clase y el viernes que viene no tengo que ir a prácticas. Yeah beibe. Una semana sólo, y me parece que fue ayer cuando decidimos probar los miércoles y llegué tarde a la (no) explicación de la escaleta. Segundo cuatrimestre, ¿por qué pasas tan rápido? Con esa Semana Santa más pronto de lo normal y una Ascensión improvisada, estaba claro que esto iba a pasar. Sigue lloviendo y me niego a ponerme las botas. Por mucha tormenta que haya, estamos casi en junio. Si no me las ponía en febrero, no voy a hacerlo ahora. Las fotocopias de audiovisual y yo nos llevamos muy mal. Los tipos de focos y luces quedaron bien en mi cabeza, pero me gustaría decir lo mismo de las cámaras de video. Con lo bonita que es la fotografía, ya me ven, estudiando video. Maldita vocación. Oh, all that I know, there's nothing here to run from and there, everybody here's got somebody to lean on. He dejado mi vicio de Lost hasta después de los exámenes. Llevo tanto tiempo sin ver esa serie que ya no me acuerdo en dónde voy. 4 8 15 16 23 42. Execute. Mi mente está procesando en modo exámenes y no soy capaz más que de hablar de la vida misma. En general y en particular. De cuántas horas necesito y no tengo, de cuánto podría haber hecho y no hice, de cuánto voy a inventar en esos papeles que me darán el aprobado. Suenan Los Campesinos en mis altavoces y me los imaginaba diferentes. Algo así español, más popero. Básicamente, en castellano. Pero no. It's you! It's me! It's dancing! Qué cosas. Noto las gafas un poco flojas, debería llevarlas a apretar. Pero ya, que llevo diciendo unos cuatro meses lo mismo. La discografía entera de Sigur Ros acaba de bajarse y tengo mucha curiosidad. Cuánto mundo estamos aprendiendo este curso. Quemé todos mis trajes de color, brindé por el blanco y el negro, noté lleno de arena el corazón y vi que hago canciones para ti. David dice que mis textos se parecen a las canciones de Facto Delafe y las flores azules e igual es verdad. Sólo que mis textos no tienen métrica, no tienen ritmo, no tienen poesía. No nací para hacer versos. Lo sé porque cuando lo intenté, tuve que dejarlos libres para que se convirtieran en prosa sin ton ni son. Me pregunto si las letras podrán ser impares. Si de verdad existe la alternativa número A, B o C. Si habrá que salir por la salida de emergencia. Y sólo me doy cuenta de que tengo miles de vicios que confesarte, que necesito una batidora en Compostela, que nunca uso el punto y coma. Sólo el seguido o los suspensivos. Me da miedo el punto final. Y las páginas en blanco. Y la oscuridad de mi habitación cuando me voy a dormir pero aun no tengo sueño. Todos tenemos algo de arte dentro, el caso es vomitarlo, por ejemplo, llenando una página en el InDesing en tiempo record. El tiempo pasa y yo me pregunto si no se cansa de tanto caminar. Porque a mí ir a la facultad por las mañanas, cuando voy dormida aun, me cansa. Y mucho. No me imagino haciendo ese camino toda la vida. El mundo también gira y no se cansa, igual están hechos de lo mismo, del valor de seguir andando. Y yo aquí sentada con la necesidad urgente de un viaje de vuelta en tren. Resacosa, con sueño. Contigo. Sin motivos. Sin sentido. Como todas las palabras que van después de la primera que escribí líneas más arriba.

Dicen, del verbo decir


Dice mi abuela que en unos quince millones de años se acaba el mundo. También dice que no le preocupa, que ella no estará allí para verlo. Después dice que eso no lo dice ella, que lo dice la radio. Si lo dice la radio, igual es verdad. Y a ella sigue sin preocuparle. Sólo son cosas que dicen.

(Dedicado a la libertad de expresión)

Reconstrucción


A veces vivir es simplemente estar. Sin respirar, mirando por la ventana, mirando al calendario. Y siento que se han llevado el mes de marzo, así sin avisar. Y nos dejaron el buen tiempo, pero eso no llega. Se llevaron las noches largas y frías, la cerveza que había en la nevera, la música a todo volumen. Se llevaron mis paraguas de varillas torcidas, el abrigo que nunca terminarás de abrocharte. Se llevaron tus sueños. Se llevaron mi insomnio. Se llevaron la energía que solía tener por las mañanas, las fotos enmarcadas, las ganas de trabajar. Se lo llevaron todo. Hasta la noción del tiempo. Y recordé que alguna vez deseé que todo desapareciera. Ahí supe que hay que tener cuidado con lo que se sueña. Porque puedes tener como respuesta un abril de hierba mojada, un gran calor que marea y un texto que parece no acabar nunca.

Tres galletas de canela

Recuerdo que desayunaba tres galletas de canela y un vaso de leche templada. Siempre de botella de cristal. Le gustaba pasear por las mañanas, quizá por eso se levantaba una hora antes de lo debido. Nunca quiso decirme si era así, y yo decidí imaginarlo. En la ducha tarareaba alguna de los Beatles o la que hubiese escuchado en el autobús de vuelta el día anterior. No se esforzaba en la letra porque creía que nadie la escuchaba. Yo lo hacía, pero nunca tuve el valor de confesárselo. Por las noches, si salíamos, se ponía los tacones. Estaba tan guapa. Me gustaba ver cómo se maquillaba ante el espejo y sorprenderla con un beso. Esos siete centímetros que aguantaban su cuerpo hacían que su boca estuviese a la altura de la mía. Mejor dicho, que mi boca estuviese a la altura de la suya, porque la suya era mejor. Toda ella era mejor. Y me hacía serlo a mí. Cuando viajaba en tren exprimía los últimos segundos en la estación. Me decía cosas que nunca supe descifrar porque un cristal no me dejaba oírla y no soy muy bueno leyendo los labios. Pero asentía y sonreía. Mucho. Y a ella se la veía feliz cuando el tren arrancaba. A los pocos minutos me llamaba por teléfono porque decía que ya echaba en falta mi voz. La excusa era mala, pero se disculpaba diciendo que la ventana le había privado de ella unos minutos más. Y yo la creía. Y la escuchaba hasta que el primer túnel cortaba la llamada. En el viaje de vuelta también me llamaba. Decía que me tenía que preparar para el sinfín de historias que tenía que contarme. Pero yo sé que, en el fondo, me echaba de menos y que por eso dejaba el libro y cogía el teléfono. A su llegada, tocaba una buena juerga. Hasta el amanecer. “Si se sale, se sale hasta que salga el sol; si no, no se sale” solía decir siempre que deshacía la maleta. Y yo la miraba como un niño impaciente, esperando a que se calzase sus amados tacones y nos fuésemos a bailar. A bailar hasta que cerrase el local y nos tuviésemos que ir a otro que abriese hasta más tarde. A bailar hasta que mi pequeño cuerpo no resistiese más y ella me repitiese una y otra vez su frase. Los desayunos de esas noches no tenían galletas de canela. Eran de churros y chocolate muy caliente con leche fría, al más puro estilo de Año Nuevo. Pero no todo era fiesta. Entre semana, cuando llegaba a casa, me daba un beso en la cabeza para que no tuviera que levantarme del sofá. Pero yo iba tras ella cuando se quitaba el abrigo y dejaba el bolso encima del taburete. Para cenar se quitaba las gafas sin razón alguna. Y cuando acabábamos, los platos quedaban en el fregadero hasta la mañana siguiente, porque, aunque hiciese frío, salíamos al balcón y hablábamos. Más bien ella hablaba y yo escuchaba embobado. Me contaba que el futuro no era más que un grupo de artistas de circo con las manos vacías, que no quedaban más que electrodomésticos oxidados en las afueras de la ciudad. Que de pequeña dibujaba corazones de tiza en el encerado con sus compañeras de clase, que quería irse a vivir a otro sitio, pero no sabía cual. Y yo estaba invitado. Antes de dormir la miraba como si no la hubiese visto nunca y me daba la vuelta dejándola siempre con la palabra en la boca. Yo tenía demasiado sueño y ella decía sufrir de insomnio. Pero yo sé que lo que le gustaba era contarme historias para dormirme.
Estaba seguro de que ella era la mujer de mi vida. Me dio más de cien motivos para quererla, más de cien razones para amarla, más de mil sonrisas para que siguiese junto a ella. Nunca había creído en el amor, pero me amaba como nadie lo había hecho. Me dejaba estar a su lado y, de vez en cuando, adentrarme en ella. Me abrazaba por las noches y me susurraba estribillos de canciones en francés que me hacían sentir que volvía a ser niño. Fue ella la que me engañó, diciéndome que me enseñaría a besar, para robarme un beso. Fue la que me regaló su sonrisa gris mientras mirábamos cómo el mar se retorcía sobre sí mismo. Y en una de esas veces en las que la brisa chocaba contra mi cara, me juré que jamás me enamoraría de ella. Pero que nunca la olvidaría. Ni a ella ni a su sonrisa.

Butacas de cine

Sin quererlo se vio en medio de una cola. Venga, dame una para la que antes empiece, porque total, para qué seguir perdiendo el tiempo. Podría haber estado allí toda una vida, pero el niño de detrás era demasiado impaciente como para dejarle decidir con calma. Para las siete menos cuarto, la entrada era para las siete menos cuarto y eran las seis y cinco. Si el bus hubiese sido puntual, posiblemente ya estaría dentro y la película ya habría empezado. Y sería otra. Otra que le gustase más. O que prometiera mejor pinta.
A las seis y media se metió en una sala de cine vacía. Y se empezó a preguntar si le iba a pasar, como otras tantas veces, eso de ir a ver una película que ya lleva un tiempo considerable estrenada y que la sala esté vacía. Le respondieron un grupo de señoras que se ocuparon parte de las filas doce y trece. La suya era la nueve. Butaca ocho, para ser más exactos. Según se quitó la gabardina, dudó en qué lado ponerla. ¿Qué asiento se ocupará? se inclinó por el derecho, pero pronto tuvo que cambiarla porque una tierna abuela ocupó la butaca de al lado. Tierna abuela con su nieto, el impaciente niño de la cola de la taquilla. La puso encima de sus rodillas porque estaba visto que no era el día de suerte de su gabardina. Y el matrimonio de las palomitas le dio la razón.
Y comenzó la película. Se oía a un hombre peleándose con un teléfono móvil que parecía no querer ponerse en silencio. Pero qué más daba. Empezó una sucesión de imágenes que hablaban de viajes y de amor. Contaban infidelidades, ilusiones y aventuras de gusanos de seda. Y revelaron el gran secreto (a voces) de los hombres que parten en busca de algo mejor para su familia. La abuela se emocionaba, el nieto no hacía caso de la pantalla. La parte masculina del matrimonio parecía dormido y a su mujer le brillaba la mirada, como si se hubiese enamorado de la película. O como si sintiese algo aun más fuerte. Y en el medio estaba ella. Pensando en la hora qué sería y si habría bus para volver a casa.
Al salir, llovía. Y las señoras que llevaban paraguas se agolpaban en los soportes. Resultaba curioso. Ellas ya tenían con qué resguardarse de la lluvia. Los que iban sin paraguas las sorteaban, pero más de uno se llevó un varillazo. Ella hizo de tripas corazón y se dijo a si misma que venga, vamos a mojarnos, para eso están las gabardinas, ¿no? Y al llegar a la parada del bus pudo encontrar un rinconcito en el que no llovía. Estuvo veinte minutos esperando. Veinte minutos en los que vio pasar tres taxis, un coche de policía, dos hombres en bicicleta, una pareja de adolescentes y un autobús que se dirigía a otro lugar. Y llegó el suyo. Una moneda para el conductor, pasar el torno y buscar un sitio donde sentarse. Los ocho centímetros de tacón eran cómodos. Pero no aguantables, sobre todo si tenemos en cuenta que llevaba poniéndoselos tres días seguidos.
Se empapó al bajar del bus. Pero qué más daba, si estaba llegando a casa. El portal no quería abrirle, pero no hay nada que no solucione un buen forcejeo con la llave. Del ascensor fue directa a la cama. Se quitó la gabardina y lanzó los zapatos. Y tal como estaba, se metió entre las mantas. Mojada. Hundida. Sin aliento. Total, para cuando despierte mañana, ya estará seco…

La felicidad tiene nombre de mujer

Y tiene el pelo rizo. Y ojos marrones. Y pantalones pitillo. Y estaba convencida de que su abrigo era negro. Pero no. Y ahí comprendí que no puedo fiarme ni de mis propios ojos.

Las ganas que te tengo


Me dan ganas de coger el coche e irte a buscar al portal de tu casa. Para irnos a la ciudad bautizada mil veces. O a la calle donde los enemigos se miran de reojo, que sé que te hace ilusión. Para empezar de cero o de cien mil. Para saber que tu respiración estará siempre detrás de mi oreja. Y podríamos comer salmón con patatas y ensalada. Y el postre lo pondrías tú. Tengo ganas de que vayas en el asiento de al lado, como en el libro que ayer terminé de leer. De copiloto, para indicarme el camino y dejar que no te haga caso. Ganas de reír, de llorar, de robarte el mes de abril y el de mayo para que los pase a tu lado. De aspirar la alfombra del salón, de pasarte una nota por debajo de la mesa, de lavar tu ropa interior y dejarla secar al sol. De estar despiertos por la mañana sabiendo que no hay nada mejor que hacer que estar hasta mediodía tumbados en la cama. De hacer tu imagen digna de ser fotografiada. De que me quites las gafas, de que me mires mientras escribo, de dedicarte un texto. De rodar sobre la hierba mojada, de dormir en el coche, de empezar la barra de pan. De ver cómo el cielo se pone rosa para que sepamos que mañana puede llover. De repasar las tablas de multiplicar. De sentarme en el sofá con los pies en alto, de ver cómo una mujer corre detrás de un autobús, de pensar en la foto de tu carpeta. De darte un beso en la nuca mientras miras el mapa y canturrear esa canción de la que no sabes el título porque no te da la gana. De tirar mi cartera con el carnet de identidad dentro, de romper las fotos en blanco y negro, de pasar página contigo. De poner música para dormirnos. De echarle orégano a todo lo susceptible de ser comido, de morderte una oreja, de tumbarnos en la hierba y que yo use tu vientre como almohada. De pintar de azul tu habitación, de hacerte la cama y desatarte los cordones de los zapatos. De no llevar paraguas, de coger un tren que nos lleva a ninguna parte, de hacerte el amor después de comer. De cenar pollo con zanahorias y pimiento para que escojas del plato lo que quieres dejar. De que no suene el despertador, de que la antena de la radio nunca coja bien las emisoras, de que no pasen los días en el calendario. Sólo leer un par de viñetas. Ansío celebrar que seguimos vivos igual que celebramos en aprobado de aquel examen del uno de septiembre. Después de todo esto, dejarte en los columpios del parque donde te espera tu hermanita. Y que me preguntes que si te doy un beso de despedida. Y contestarte que no.

Con la vocación por los suelos


Estudiar periodismo es decir lo que el otro quiere oír. Darle lo que quiere recibir cuando lo necesita, aunque aun no lo sepa. Se trata de buscar el momento adecuado, el titular perfecto, la palabra perdida. Poder convertir la realidad en algo más que palabras. Y acompañarlas siempre con una foto borrosa que no tiene por qué publicarse. Se trata tan solo de atraer la atención de una persona sin tiempo, de inmortalizar la sonrisa de un niño. Es pasar frío, pasar miedo y saber
que el mañana está ahí y que hay que contarlo como mejor se pueda. Dejarse olvidados los puntos en el teclado y abusar de las comas para que el lector pueda respirar. Es aprender a mirar donde otros ven, a escuchar donde otros oyen. Aprender a separar lo que de verdad importa cuando los demás quieren contarlo todo. Porque sabes que el todo es demasiado grande. Y el ser humano, demasiado pequeño para asimilarlo de golpe. Es mentir para bien y para mal. Con excusas o sin ellas. Porque bien dijo un gran sabio que "nadie tiene tanta memoria como para mentir siempre sin ser pillado". Es saber que el alrededor depende de cómo tú lo cuentes. Tener siempre presente que pueden creerte y que sus conocimientos sobre el mundo dependen de ti. O no. Pero te encantaría. Es vivir la calle, que no en la calle. Vivir la calle para saber qué
pasa, qué ocurre, qué siente el mundo. Es aprender a respirar sin pulmones, prestar atención en aquello que en breves será roído por los ratones. Es saber que no debes andarte por las ramas. En nada. Ni siquiera grabando a la gente de la calle. El periodismo es sujeto más verbo más predicado. Saber que debes abrir todos los días, incluyendo domingos, festivos y fiestas de guardar. Y hoy quiero que alguien me diga por qué me metí.

Un beso

Piensa en un beso. Tan solo en uno. Uno. Un beso. Piensa en el mejor beso de tu vida. Y dime, ¿ha pasado ya?

The People's Choice

¿Pero de verdad que entiendes lo que te estoy contado? ¿Estás hablando en serio? No se trata de una tontería de las mías como siempre. Es algo grande. Lo presiento. Es algo que llevas esperando mucho tiempo pero no lo sabes. Deja ya de mirar el suelo y mírame a la cara. No vale con que observes el mundo, tienes que actuar. Y tienes que hacerlo ya. Si no lo haces ahora, con veinte años más no podrás hacerlo.
Si no me escuchas con atención, te arrepentirás. Y te levantarás todos los días de tu puta cama pensando en por qué coño no me hiciste caso y te fuiste por tu lado. Es muy simple. Porque todo sucederá en uno de esos días en los que despiertas mal pero acaba con una noche de puta madre. Una noche de puta madre, ¿me oyes? Es algo más que estupendo, más que genial. Ahí te coronarás, querida. Así que préstame atención. Que la foto poco tiene que ver con el texto. Sólo quiero que me escuches. Que no llega con oírme. Después empezarás a vivir.

Tengo, del verbo tener

Tengo en mi cabeza un montón de recuerdos que se agolpan de repente. Tengo demasiadas expectativas y poco tiempo, una cola por delante para hacer cosas que me piden ocho brazos como mínimo. Tengo frío, tengo sueño y una montaña de periodicos viejos a punto de caducar. Tengo demasiadas piezas que no encajan entre si, un héroe acabado y dos recién casados que lo que quiere es estar juntos, nada más. Tengo que ver, tengo que oír, que callar. Tengo que estudiar. Tengo trece rosas estropeándose en un jarrón con agua y una guitarra de madera devorada por las termitas. Tengo que saber cuándo pasará el tren que me llevará a casa. Tengo miles de palabras sin significado y un sinfín de ratones que saben dibujar. Tengo que acudir, tengo que entender, que aprender. Tengo un portal envenenado y el mapa de todos los sitios unidos en ninguna parte. Tengo que comprar el periódico de ayer. Tengo un corcho sin un hueco, un marco de fotos vacío y su imagen en la cabeza.

Tren del viernes

Cuando era muy pequeña, mi abuela me contaba historias de Alemania. Historias que hablaban de una fábrica, espaguetis y viajes en tren. Como el que duró tres días que nunca supe a dónde llevaba. Y entre tanta historia, decía: "El camino de vuelta siempre es más corto." Y yo la creí. Pero mis cuarenta minutos de hoy se hicieron eternos. Porque ya no soy capaz de distinguir entre la ida y la vuelta. Porque es tan solo un viaje más.
Una voz destartalada se oye a lo lejos. Y me veo en medio de una muchedumbre de gente que no entiendo que yo soy yo, y mi bolso y mi maleta. Y que además tengo prisa. Cuarenta y cinco minutos al volante. Me acuerdo de la señora, del perro, del ceda que siempre me salto y de lo mucho que me estresan los coches en general. ¿Y de dónde salió ese semáforo?
Murmurando entre dientes, arrastro la maleta hasta el portal desde el autobús. El sensor del ascensor es el único que parece entender las tres partes en las que me divido al viajar. Giro la llave. Huele a espuma de afeitar de papá. No cierro la puerta hasta que se va el olor. No enciendo la luz. Porque estoy en casa. Por fin.

071110

De cuando yo me sentaba en los sofás mirando al frente, con los pies en alto, y no de reojo.



Hay días que uno recuerda que las noches están hechas para olvidar. Para dar media vuelta en cama y seguir durmiendo. El centro de esta historia se basa en que si al mundo le suena la historia, es que uno no ha aprendido nada. Y así sigue la vida.
Aunque mi voz ya no hace cosas raras, como aparecer por momentos y desaparecer un buen rato, no puedo gritar todo lo que quisiera porque mis cuerdas vocales o vibran tanto. Lo que sí puedo hacer es cantar en la ducha hasta molestar a los vecinos y hablar en bajito cuando yo quiera. Para decir todo lo inconfesable y no digno de publicar en alto. Pero eso no es más que literatura barata.
Y hablando de ahorrar dinero, decía un gran hombre que una vez conocí: "gratis, cueste lo que cueste". Con esa gratuidad, corren malos tiempos para los soñadores. Y así nos va la vida.

Vidas cruzadas

Dicen que hay momentos en los que uno se vuelve viejo de repente. Supongo que esa vejez repentina e inesperada no es la que te obliga a calentar la leche por las mañanas, subir a clase alguna que otra vez en bus o ver fotos del año pasado. Seguramente sea el olvidar las viejas costumbres, para cambiarlas por otras nuevas. Malas costumbres, que les dicen. Y no las voy a citar, que el concepto de bien y mal acostumbra a ser bastante relativo. Dicen por ahí también que viejos son los trapos. Supongo que será verdad. Pero el cansancio de vivir es difícil de esconder. Porque la cara es el espejo del alma. Y también del cuerpo, aunque no se diga en alto. También dicen que Compostela me ha cambiado. Y ahí ya no supongo. Ahí sé. Ahí afirmo. Y ese rumor se resume en tildes omitidos, la cama sin hacer, carteles robados y un bolígrafo rojo. Y, posiblemente, a partir del lunes me siente cuatro sillas más allá. Porque siempre se me ha dado mal definir. Porque siempre se me ha dado mal argumentar.

06.53 a.m.

Es una de estas veces que una se quita las gafas, las deja en la mesilla y empieza a ver la realidad sin intermediarios ni terceros que la distorsionen. O al menos, que lo intenten. Desde esa perspectiva, se pone a mirar a la luz del techo en la inmensidad de una cama de noventa centímetros. Con ese final eterno que está siempre al lado. Y el blanco del techo incita a pensar en lo rojo que han dejado de ser los autobuses, lo sucia que está su americana blanca o lo bonito que es el color amarillo y lo olvidado que lo tiene. Ah, y que las casualidades no suelen existir. Sólo lo hacen por primera vez. El resto, se busca que parezcan casualidades. Y a veces se consigue.

Quique González


La casa estaba vacía. Tal vez invadida por los rusos o por las consecuencias de habitar la ciudad del viento. Decían por ahí que esta noche hay partida, que el dinero estaba caminando en círculos y me dijeron: “vete con cuidado”. Por precaución. Más que nada. No fuera a pasarme lo mismo que a Romeo y Julieta. Y aun así, me agarraste, para no soltarme. Para que viese en tus manos los arañazos de piel roja.
Al rato, sonó un pequeño rock and roll, cuyas notas viajaban como polvo en el aire. Música procedente de un pequeño músico de guardia. enfermo, con 39 grados de fiebre. Esperando una respuesta tan pacientemente como el que ve cómo crece la hierba. Y en el disparadero del rompeolas murió años después, en una tarde de perros con olor a salitre.
Yo ya te lo dije, los conserjes de noche han cambiado. Ya no son como cuando éramos reyes. Que ahora hay pequeñas monedas y grandes mentiras, que nada es lo que parece, que hasta hay que pedir permiso para aterrizar. Y me dijiste que se equivocaban contigo, que hay días que se escapan, días de feria y noches de luna llena. Para compartir conmigo. Y de tanto que lo intenté en ese momento vi que te hice comprender que somos kamikazes enamorados. Y fue ahí cuando me sentí como el campeón, al que no le importan los motivos.

Momentos


Es uno de esos momentos que pasan rápido. Deprisa. Sin que te des cuenta. Es donde ves que el resto te rodea y te ignora. Y la nada te roba la intimidad. Es uno de esos instantes, en un segundo, en un suspiro. Donde sólo te da tiempo de respirar. Donde uno no piensa. Es ahí, amigo mío, cuando todas las canciones de amor comienzan a tener sentido. Así que ponte la chaqueta, afina tu guitarra y sal fuera. Que aún tienes mucho rock 'n' roll que demostrarle al mundo. Al mundo y a ella. Sobretodo a ella.

Recomendaciones, conclusiones y avisos

El 29 se considera final de mes. Los lunes son uno de los peores días para estudiar. Las definiciones de comunicación e información escrita son imposibles de retener en la cabeza. El chocolate todo junto empacha. Una caña es una caña y no se puede sustituir por nada. Ya no soy capaz de recortar la yema del huevo bien. Vivir sola es un aburrimiento. Un zumo de lima, naranja, pomelo y limón necesita una cucharadita de azúcar para poder beber tres vasos enteros seguidos. Ver las fotos del año pasado saca una sonrisa. Un café no es una caña, pero ambas son muy compatibles. Cuando llueve a las ocho de la mañana todo el día va a estar empochado. Las casualidades no existen. Los buses compostelanos no esperan. Bajar andando después de comer puede ser reconfortante. La espera siempre se hace eterna. Quique González hace llorar hasta al más cabezota. La terquedad es hereditaria. Cuando las cosas tienen que pasar, pasan. Todo puede tener dobles sentidos. Una conferencia sobre Israel y Palestina da lugar a muchas fotos. Las suelas de los zapatos son susceptibles de ser pintadas.

Pasado farmacéutico

Cuando uno se va, los demás se acuerdan. Un niño nace. Los errores, las equivocaciones. Las casualidades. No saber por qué. El miedo a lo nuevo. Alrededor del mundo. Como jugar con los coches. Promesas que no valen nada y lo quieren todo. Laboratorios. Dos millones. Tiempos compuestos y mala construcción sintáctica. Afonía e insomnio a las cuatro de la tarde. Carreras de bicicletas estáticas. Hijos embotellados, deseos en lata y puertas que sólo cierran. El despertador siempre suena en el momento equivocado. Una caña. Dos. Un sueño, una ilusión, una tradición familiar. Todo vale si es en equipo. Líos, entuertos y las cosas claras. Dudas y confesiones. Atún y ronda de chupitos. 150 años. Generalismos, organismos y algún que otro ser inerte. Tablas periódicas. Caminos cruzados y compartidos. Vivir de noche y dormitar de día. Un paraguas verde, un coche azul turquesa y los jueves de peluquería. Proyecciones. Transparencias vivientes y opacidades incompletas. Fotocopias de apuntes. A veces miro hacia atrás en clase y os echo de menos…

Soberbia

Hay momentos que se quedan grabados en la memoria por mucho que pase el tiempo. Supongo que este será uno de ellos. Porque lo recuerdo perfectamente. Como si hubiese sido ayer. Que digo ayer, esta mañana.

Recuerdo que era el último fin de semana de noviembre del 97. Sábado por la tarde. Y llovía. Llovía a cántaros. Corrían ríos por las calles y las plazas eran auténticos lagos. Había llovido todo el mes de octubre y todo noviembre. Sin parar ni un día. No hubo tregua. El diluvio universal de nuevo, que decían algunos. Y, tras dos meses de intensa lluvia, llegó ese sábado. Ese sábado en el que cogí mi gabardina color gabardina (para qué esforzarse en definirlo mejor) y me puse el gorro para la lluvia. El que nunca antes había querido usar. No sé por qué. Digamos que ese día lo estrené para una ocasión especial.

Me fui corriendo a la parada del autobús con la esperanza de que no hubiese pasado. La esperanza debe ser lo último que se pierde, porque yo, desde luego, perdí el autobús. Y, ni corto ni perezoso, me fui andando sin dudarlo ni un segundo. El siguiente pasaba a la media hora y no estaba dispuesto a mojarme allí, quieto, sin un triste entretenimiento. Al fin y al cabo, ni mi gabardina ni yo somos 100% algodón. No hay miedo de encoger.

De tanto andar deprisa, mis piernas quisieron correr. Y así se hizo. Chapoteando en el agua como si nada existiera. Ni siquiera el deseo. Era sin querer. Hacía tiempo que había dejado esa fea costumbre. Allá por dónde olvidé mi infancia.

Pasó a mi lado una mujer en bicicleta. Loca, que dirían algunos. A quién se le ocurre montar en bicicleta con la que estaba cayendo. Hizo una curva tan perfecta que me dieron ganas de aplaudirle. Fue todo un logro que no se hubiese matado.

Bicicletas aparte, seguí mi camino. Maldije al autobús por haberse ido sin mí. Y recordé las palabras de mi abuela: el autobús no espera nunca. Lo hubieras pensado antes, guapito. A partir de entonces, fui corriendo más rápido, que las calles desiertas aun me daban miedo. Entonces aun era capaz de sentir miedo. Ahora todo me es un poco indiferente.

Vi algún que otro niño curioseando por la ventana, y supuse que en breves le rogaría a su madre que le dejase salir a jugar entre los charcos, “igual que el señor de la gabardina…” Negativa de la madre y no se hable más del tema. El que salía a la calle con ese tiempo tenía algo importante que hacer.

Al salir de la zona urbana me metí por un camino embarrado. Nada mejor para levantar el ánimo. Si señor. Maldije de nuevo al autobús que me habría dejado más allá de ese barrizal. Y, tras llenarme de barro hasta las rodillas, vi de lejos la puerta. Pensé en buscar un atajo, pero visto el estado de mis pantalones, no merecía la pena. Total, el daño ya estaba hecho.

Una vez dentro, hice memoria para recordar el camino que debía seguir. Tercer pasillo, a la derecha. Al fondo de todo. Poco después, encontré tu tumba. Esa misma que te regalé cuando cumpliste 53. Aunque no te habías muerto. Una lápida perfecta. Flores de plástico de esas que parecen reales. No sé de qué te quejas. Sabes que siempre estarás muerta en mi cabeza. Una vez delante, me reí como nunca lo había hecho desde que tengo uso de razón, pensando que los únicos fantasmas que existen son los que no queremos ver. Me reí a carcajadas. Con fuerza, para que todos los muertos me oyesen.

Tres porros después, me fui a casa. Esta vez en autobús.

Ira

Ella comenzó a gritar. De repente. Sin avisar. Recuerda haberlo hecho sólo un minuto. Pero dicen las malas lenguas que fueron más. Que llegó al cuarto de hora. O más. Quién sabe. Y hemos de suponer que el subconsciente hizo el resto. Lo que ella no es capaz de recordar.
Ella comenzó a gritar. Porque existen momentos en los que uno pierde el control de sí mismo, siendo ahí cuando el mundo cambia. Se vuelve blanco, negro y rojo.
Ella comenzó a gritar. Para dejar de ser ella. Para huir. Para ser otra. Para no ser. Y al rato, abrió los ojos. Se encontró atada a un suero que dice mantenerla con vida. Con vida. Dice… Y no fue capaz de recordar la última hora. No sabe qué fue de su vida entre la una y las dos de la tarde de aquel día. Y, al darse cuenta, un temblor la recorrió de pies a cabeza. Mientras, una frase se repetía en su cabeza. Constantemente. Una y otra vez. Toda junta, sin espacios. Como una sola palabra.
Es ahí cuando comprendió que la vida es esa palabra que a uno le prohíben decir de pequeño. Que uno repite constantemente cuando cree ser mayor. Que uno calla cuando verdaderamente es mayor.
Ella quiso comenzar a gritar. Pero no pudo. A partir de entonces, sólo supo balancearse repitiendo la palabra de su cabeza. Esa palabra que ella misma inventó.

Menosmalqueaunnosquedaunpocodeheroína

Entonces, sin avisar, en un solo segundo, sin que te des cuenta, la vida coge y te da la espalda. Se marcha. Y si te he visto no me acuerdo. Ahí te quedas, que a mí no me molestas más. Que-te-den. Yo a partir de ahora voy a lo mío. Y a la pobre muerte, que intenta acompañarte como buenamente puede, tú vas y la ignoras. Porque no la crees compañera de viaje. Porque no la crees digna se tu compañía. Echas de menos a la vida. Que tiene la culpa de todo. De que hayas respirado, de tus victorias, de tus derrotas, de tu muerte. Porque fue ella la que decidió irse de incógnito por la puerta de atrás. Escondiéndose de ti como para hacerte una jugarreta estúpida que nunca olvidarás. Y así te quedas. Atontado, mirando al cielo y escupiendo hacia arriba. Maldiciendo como nunca lo habías hecho en tu vida. Como si no supieras pensar. Dices joder, cuántas cosas haría yo ahora. Y blablablabla llueve sobre mojado, al igual que en la canción. Y tras muchos pasos en falso acabas concluyendo que estás igual que los que dejaste atrás. Sólo que ellos respiran y a veces se oye latir un corazón. Por el resto todo debe ser la misma mierda.

Pereza

..Y despertar, abrir los ojos,
sentir tu piel contra mi cara
mi piel contra tu boca.
Y después describir este amor de medio pelo
en un poema sin rima,
en una canción sin letra.
(Quiero-irme-a-la-cama-contigo-princesa!)

¿Punto y seguido o punto final?


Sencillamente creo que acabo de entrar en una elipsis con fundido en negro. Al principio y al final. Y ya va siendo hora de buscar esa libreta vieja con miles de palabras escritas. Para ponerles orden. Para que tengan sentido. Para vestirlas con acentos. Antes de que se muden del papel a unos cuantos píxeles. Para confundirlas, engañarlas y atraer su atención. Estoy dispuesta a coger carrerilla. Y cambiarlas por vivir

Creo que me iré a retomar esa historia que terminaba en un punto y seguido

Jugar al escondite

No sé por qué

Pero me sorprendí a mí misma

Corriendo detrás de un tren

Que no aparecía en los horarios

Para el que tenías billete

Y yo no lo sabía





Y así se fue alejando

Ruidoso, enorme, brillante

Y me quedé entre la gente y sus maletas

Porque ahí supe que cogías ese tren

Y comprendí

Que me lo habías dicho todo

Yo no lo sabía

Tú no lo sabías

Me lo habías dicho sin querer

Ser humano

-Ingredientes:

glúcidos, lípidos, proteínas, aminoácidos, células, sangre y algunas conexiones nerviosas

-valor nutricional:

inteligencia, imaginación, memoria, responsabilidad, fuerza de voluntad, ironía

ojo: puede contener alérgenos como, por ejemplo, miedo

CDR (Cantidad Diaria Recomendada): una conversación inteligente al día es suficiente

lote:160288

consumir preferentemente antes de: (ver futuro impreso en tapa)

precacución: manejar con cuidado, contiene alma

sírvase frío o caliente, pero mejor solo que mal acompañado

Aceras llenas de lluvia

Después de un día en el que no ha parado de llover a mí me queda tan solo una cajita de cristal. Y dentro, pedacitos de papel.
Hoy cogí la paleta y el pincel para pintar de colores las baldosas por si vienes a verme para que no te pierdas entre tanto cuadrado desigual.

Bomba de sodio sin potasio

y ahi fuera andan las gotas de agua, despreocupadas, chapoteando en los charcos que la lluvia anoche dejó sin importarle que en el aire que está entre el cielo y los charcos estoy yo (y no soy impermeable)



mi paraguas verde está a punto de morir (y esta vez de verdad)


{knock, knock, knocking on Heaven's door}

Esquina inferior izquierda


ahora mismo solo hay un disco rallado en la gramola de mi mente

diez canciones que me dan todo lo que siempre quise soñar y nunca me atreví

Marabilla con b

deixar en branco a mente

por un intre

por un segundo

deses que me gustan tanto

dos que se fan eternos

cun e aberto

porta pechada

e luz ¿reflexógena? (xD)

inventando palabras

creando historias

de cabaleiros sen cabalo

e raíñas incompletas

:D

Cuando los versos se convierten en prosa

Me gusta mirarte. Me gusta mirarte cuando me miras, cuando tu sombra me da la espalda y las palabras parecen sonreír. Y sé que no puedo mirarte eternamente, salvo que pudiera parar el tiempo. Pararlo por toda una vida, por un segundo eterno. Pararlo para echarte de menos cuando estás. Cuando eres la parte oscura de la luz y el alrededor parece observar. Y así, esconderse en el fondo de un silencio. Un silencio poco común, lleno de ruido y rebosante de intranquilidad. Y tras ese silencio, te pensaré en bajito, no vaya a ser que estés dormido. Te pensaré en bajito no vaya a ser que te despierte…

Adán y Eva III

Esta mañana he sido yo la que me levantado de la cama. Sin hacer ruido. Hoy no toca madrugar. La verdad es que ni siquiera llega a ser mañana. Una tormenta de verano intenta iluminar noche aun por terminar. Y café en mano me pregunto si Adán desea recuperar su costilla o no. Al fin y al cabo fue un olvido. Y no muy importante para él. Si no, ya habría adivinado lo que es. Sería injusto no decírselo y seguir haciéndome la loca. Pero más injusto sería devolvérsela. Fue un olvido. Para mi desgracia. Ahí lo tengo, durmiendo en mi cama. Despreocupado ya. Ya no le importa haber dejado en mí un pedacito suyo. Ya no le importa nada. Y cuando se vaya me dará uno de sus últimos besos. Como el otro día. Como la otra vez. Como en cada parada de autobús. Mientras él es ajeno a mí. Mientras yo le quiero.


-Eva, ¿qué haces levantada? ¿En qué piensas?
-En nada. ¿Un café?

Adán y Eva II

Esta mañana Adán se ha vuelto a levantar de mi cama. Esta vez haciendo ruido. El despertador no estaba tan cerca como él creía. Todo un detalle, hoy tocaba madrugar. Y esta vez se ha preocupado de abrocharse la camisa por completo. En el desayuno me comenta otra vez lo de su olvido. El pequeño olvido de la mañana anterior. El que ahora es una mezcla de compasión, miedo y arrepentimiento. Lo veo desesperado pensando qué y dónde se olvidó algo. Y yo me hago la loca.
Una vez fuera me mira. Yo le miro. Sonreímos. Y así fue como poco después, llegó el último beso. Uno de esos besos rápidos que se dan cuando llega el autobús. Y que nadie pregunte por qué.

Adán y Eva I

Esta mañana Adán se ha levantado de mi cama sin hacer mucho ruido. Todo un detalle por su parte. Consiguió esquivar la alarma del despertador como un maestro en dicha disciplina. Se ha puesto los pantalones abrochando botones alternos, dejando el cinturón colgando, y se ha marchado. Con la camisa abierta, una galleta aun a medio comer y sus gafas de sol que amenazan con caerse. Con tan solo salir a la calle y entrar en el coche se ha dado cuenta de que algo le falta. No es la cartera, ni las llaves. Repasa todos sus bolsillos. Y nada. No falta nada. Pero siente que tiene un pequeño vacío por dentro. Aun así, arranca y que sea lo que Dios quiera. Él no lo sabe explicar, pero lo nota. Nota el vacío. Y lo llamaría vértigo, timidez o arrepentimiento. Pero no. No le da nombre. Y al llegar a casa me pregunta que qué se ha dejado en la mía. Pobre infeliz. No sabe que ese vacío es la costilla que, con las prisas, olvidó dentro de mí.

Porque sí

Establezco que a partir de ahora las cosas pueden ocurrir porque sí. Que el "porque sí" es una razón. A pesar de que toda la vida me he esforzado en que no lo fuese. Y así es como las cosas ocurren con (alguna) razón, ocurren sin razón y ocurren porque sí.


Y a día de hoy, yo me quedo con el porque sí. (Aun a riesgo de ser repetitiva)





-Y si ocurren porque sí, ¿de quién es la culpa?
-La culpa, querida mia, es del chachachá. (O de la cafeína de la cocacola, a veces algo traicionera ella...)

pasado-presente-futuro

De nada me sirve que me digas qué es lo que quieres ahora si no sé qué fue de ti antes de mi llegada y qué será de nosotros una vez que se acabe este momento…

Folga de castelán

Algún día heilles contar:

A historia dos verbos rematados en –bir, que se escriben sempre con b, agás servir, vivir e derivados

A historia do grupo –ct- que desaparece coa nova normativa cando o precede un i ou un u

A historia do infinitivo conxugado, que é un tempo verbal que non aparece no castelán

A historia de cómo se poñen ben as comas

A historia das maiúsculas de despois do punto

E sobretodo a historia das palabras agudas rematadas en –ón, que levan tilde, coma traizón, nación ou corazón…

(que ven sendo a máis interesante)



Iso si, eu considérome en folga do galego ata que saiba a historia do punto e seguido e o punto final.

(Re)iniciando sesión


Lo llamaban problemas técnicos o falta de imagen(es).
Lo llamaban como un país asiático que vendía poesías a cambio de besos robados.
Pero su nombre ya estaba ocupado y decidió adoptar un número.
Aleatoriamente. No todo tiene por qué tener sentido.



(Yo, en el fotolog fui /quevivajapon)